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EDUCACIÓN, FAMILIA Y SENSATEZ FRANCISCO M. GONZÁLEZ *

"Un diálogo entrañable": padres e hijos mayores

23/nov/07 07:31
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UNA DE LAS MAYORES dificultades o limitaciones que solemos tener los padres -siempre que digo padres me refiero a la madre y al padre- es la de enterarnos, darnos cuenta y aceptar que nuestros hijos se van haciendo mayores, que son ellos los protagonistas de su propia historia, que nadie puede vivir por otro, que hay que respetar su libertad y su proyecto de vida, aunque no coincida con la "película" que hemos soñado para ellos. Y, a la vez, no se puede dejar de ejercer como padres, puesto que mientras uno viva no deja de ser padre o madre. ¡Si tiene hijos!

Decía mi abuela Encarnación, "hijos criados trabajos doblados", algo de cierto hay en ello, pero yo soy más optimista en este sentido. Claro que, en nuestra conversación, diálogo o comunicación con nuestros hijos jóvenes que han dejado de ser adolescentes hay que tener en cuenta sus peculiariedades, -hoy, en algunas familias bastante complejas- hijos solteros que viven en casa -también cuando digo hijos me refiero a las hijas-, hijos solteros que se han independizado e hijos casados.

En cualquiera de estos casos, si desde pequeños hemos hablado, dialogado con ellos y no hemos roto la comunicación, en la adolescencia no se presentarán problemas graves. Tampoco hay que perder el optimismo, porque no se haya actuado correctamente en todas las etapas anteriores, los hijos siempre vuelven aunque en una época de su vida se distancien de nosotros. Cuando van siendo mayores es mucho más fácil hablar con ellos, se puede tener una conversación interesante, seria y profunda, aun cuando su modo de ver la vida sea muy distinta a la nuestra. Tampoco con los hijos hay que tocar siempre temas transcendentales; hay que hablar de todo, de lo divino y de lo humano ¡con sensatez, con optimismo y con sentido del humor! Aunque algunas veces, ¡pocas! haya que llegar a la discusión, por moda, comodidad o mantener una aparente convivencia pacífica, los padres no podemos callarnos, llamar las cosas por su nombre o tolerar lo intolerable.

Por ejemplo, de lo hijos solteros que viven en casa y han terminado o están a punto de terminar los estudios, hay que conocer su proyecto de vida, hemos de hablar con ellos escucharles, para saber qué es lo que quieren, y después sin lecciones magistrales, paseando, tomando un café o cenando con ellos, animarles, estimularles, sugerirles cómo sacar adelante ese proyecto, perder el miedo a la vida -típico hoy en muchos jóvenes- o hacerles ver que no es realista o acertada la trayectoria que se han trazado y ofrecerles alternativas, pero que sean ellos los que decidan y tengan la última palabra. Aunque también a estas edades, se guían más por lo que ven en casa, por la coherencia de sus padres, que por lo que se les dice y algunos copian hasta los defectos o limitaciones de los padres.

Si los hijos han terminado sus estudios, sus peculiaridades también pueden ser complejas: se hayan independizado, o sigan viviendo en casa. A la vez, si siguen viviendo en casa, si trabajan o no trabajan, si se "apalancan" en la casa o refugian en el paro... En cualquier caso, nunca se debe cortar la comunicación o el diálogo con ellos. Si trabajan, para saber qué hacen, cómo lo hacen, cuáles son sus ilusiones, éxitos, alegrías o frustraciones. Si todavía no han encontrado trabajo, para animarles, orientarles, tranquilizarles, ayudarles, sin sustituirles. Si se refugian en la casa, buscan la disculpa "de paro" o lo difícil que está la vida, hacerles ver, que "el que la sigue la consigue...", que a partir de cierta edad, cada persona tiene que buscarse la vida, y la vida no viene dada, cada uno hace su propia vida; que todo el que empieza, al comienzo va a tener dificultades; y que la casa no es un hotel, un refugio ni un asilo. Como dice la profesora Montoro, al llegar a cierta edad, "cada mochuelo a su olivo".

En cualquier caso, siempre hay que hablar con los hijos mayores, tener conversaciones más o menos frecuentes, escucharles, estimulares, sugerirles sin recurrir a aquello tan original como, "yo a tus años...". Aunque, a veces, en una conversación más o menos íntima, se pueda abrir el corazón para contarles nuestras ilusiones, éxitos y fracasos a su edad, cómo todo se fue superando, cómo todo fue saliendo, cómo empecé a ligar con mamá y como terminé casándome con ella. Pienso que todo esto ellos lo valoran mucho, porque, en el momento actual, hay muchos jóvenes, tanto chicos como chicas, con miedo al trabajo, con miedo al matrimonio, con miedo a la vida; que no es otra cosa, que miedo al compromiso. Y el entorno no les ayuda nada. Somos los padres, los que, con nuestras vidas, con nuestras palabras, con nuestra exigencia, con nuestro cariño, tenemos que hacerles ver, ¡que los hijos, el matrimonio, el trabajo y la vida, son una aventura apasionante!, es lo que da respuesta, a esa felicidad que el hombre busca sin descanso.

* Orientador familiar

 

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