MUCHAS PERSONAS se emocionan al verme en el Palacio de Justicia, con la toga puesta, a punto de entrar en sala para defender a cualquier persona que lo ha menester.
Me dicen: "Creía que estaba muerto; así me lo aseguraron". Otras pensaban en mi jubilación. "Me dijeron -afirman otras- que estaba en su despacho, pero no iba a juicios, y ahora al verlo compruebo que todo es mentira y casi me atrevo a decir que se le ve radiante de fortaleza y de juventud".
Yo no quiero apartarme de mi profesión de abogado, porque me encuentro joven, cargado de esperanzas y de ilusiones, que precisamente son hijas de la juventud.
No se puede ser viejo cuando siguen intactas, como el primer día, la memoria y el entendimiento. Cuando nuestro espíritu no se arruga. Cuando está terso. Cuando está fresco.
En algún sitio leí, tiempo ha, que el hombre se hace viejo a medida que caen sus ilusiones como hojas arrancadas por el viento. No envejecen tanto los años y las enfermedades cuanto unirse a lo caedizo. La hiedra que se agarra al muro fuerte, cuanto más vieja, más frondosa se muestra. La universidad y la Jurisprudencia -con mayúscula- nos infundieron ilusiones que no mueren y, con ellas, con el espíritu joven, se puede reír siempre.
A este respecto escribió el famoso general Mc Arthur: "La juventud no es período de la vida, es un estado de ánimo, un efecto de la voluntad, una cualidad de la imaginación, una intensidad emotiva, una victoria de valor sobre la timidez, del riesgo de la aventura sobre la comodidad. No se hace uno viejo por haber vivido muchos años. Se hace uno viejo por haber defraudado su ideal. Los años arrugan la piel; desertar del propio ideal arruga el alma.
Las preocupaciones, las dudas, los temores y las desesperanzas son los enemigos que lentamente doblegan hacia la tierra y nos hacen polvo antes de la muerte.
Eres tan joven como tu fe, tan viejo como tu duda, tan joven como tu confianza en ti mismo, tan joven como tu esperanza, tan viejo como tu abatimiento. Me conservaré joven mientras sea receptivo, sensible a lo que es bueno, bello y grande; sensible al mensaje de la Naturaleza, del hombre y del infinito. Si un día mi corazón fuese a ser mordido por el pesimismo y roído por el cinismo, que Dios tenga misericordia de mí.
Pensamientos como éstos pienso que van bien a nuestras edades. Pensamientos que nos hagan aferrarnos a cuanto ponga ilusión en nuestras vidas. ¡Y es tanto lo que todavía nos puede ilusionar!
Puedo asegurar, si Dios lo permite, que se nevarán mis cabellos, se fatigará mi cuerpo, pero nunca nadie puede robarme el placer de ejercer, con la misma ilusión que el primer día, mi bella profesión: la abogacía. Ahí seguiré -como lo hago- cada día, con esperanza y con ilusión. Un abogado con larga experiencia tiene todavía mucho que enseñar.
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