Criterios
Versión para imprimir
Imprimir
DOMINGO, 11 DE NOVIEMBRE DE 2007
LA BUENA UVA JOSÉ H. CHELA

El gemido de la langosta

A ALGUNOS científicos con poco curro a las espaldas les pasa, al parecer, como a los filósofos sin demasiada imaginación. Se siguen preocupando por las mismas nimiedades que sus tatarabuelos de ambos gremios. El filósofo persiste en interrogarse acerca de quiénes somos, de dónde venimos, a dónde vamos y si habrá allí sitio para aparcar, y determinados científicos gastan los presupuestos de sus universidades en averiguar, a estas alturas, algo que realmente sólo ha preocupado hasta la fecha a las/los pinches de cocina timoratas/tos y a las amas de cada obligadas a preparar marisco para la cena de Navidad:

-¿Sufren las langostas cuando se las echa vivas en el agua hirviendo?

Yo siempre supuse que sí, que un poquito, por muy crustáceos que sean las pobres bichas. Pero, tampoco me importaba mucho. ¿Por qué preocuparse del dolor de estos artrópodos y no del que, de seguro, padecen las vacas al fenecer en el matadero o los besugos cuando el pescador los saca de su líquido y natural elemento?... La respuesta a esta simple, pero razonable pregunta, es muy sencilla: los mugidos de la res no son homologable sonoramente a las quejas humanas y los besugos saltan, brincan y se retuercen cuando abandonan el medio marino, pero en silencio, en tanto que la langosta, al entrar en contacto con el bullente líquido del caldero donde va a ser cocinada, emite un grito, un gemido lastimoso, agudo y prolongado parecido al de un bebé al que estuviesen degollando. El chillido de la langosta es, verdaderamente, muy desagradable y hay espíritus sensibles que, tras escucharlo, se niegan a probar la delicada carne del marisco.

La explicación que se dio siempre -acaso un invento piadoso más que una verdad científica, lo admito- fue que la langosta (o el carabinero, pongamos por caso) no puede gritar de dolor porque su organismo carece de cuerdas vocales, garganta u otras herramientas fónicas para hacerlo. Se supone que al entrar la langosta en contacto con el líquido hirviente se produce una rápida evaporación del líquido interior que se halla bajo el caparazón del animalejo, vapor que escapa por entre las capas y entresijos del esqueleto externo de una manera silbante produciendo la sensación de un gemido. Como la válvula de una olla exprés, por poner un símil, ¿vale?

Eso nos habían explicado hasta la fecha. Pero, ahora un grupo de investigadores de la Universidad de Belfast, dirigido por el experto en comportamiento animal, doctor Elwood, tras una serie de experimentos, ha concluido que las gambas, las langostas, los camarones y otros apetitosos crustáceos sufren cantidad cuando van a parar al puchero, a la plancha o a la sartén. Yo prefiero la versión antigua, por cuestiones de tranquilidad de conciencia gastronómica. Y que, además, las pruebas que aporta el tal Elwood no me impresionan nada: echó vinagre (ácido acético) en las antenas de 44 gambas y comprobó que todas se las frotaban desesperadamente. De lo que dedujo que sufrían. Me parece poco científico. Lo único que se puede deducir de esa bobada es que a las gambas no les gusta tener las antenas embadurnadas de vinagre y se las limpian. Fuerte chorrada, oigan.

Total: que seguiré comiendo langostas, langostinos y demás familiares como si nada, en tanto que don Robert Elwood no me aporte una prueba más convincente de que mientras me los planchan o me los guisan lo pasan horriblemente fatal.

josechela@mojopi.com

 

© Editorial Leoncio Rodríguez, S.A. Avda. Buenos Aires 71, S/C de Tenerife. CIF: A38017844.

eldia.es Dirección web de la noticia: