¿VIVEN USTEDES la sensación de que el pasillo de los chocolates en el supermercado siempre está vacío? ¿De que únicamente son ustedes quienes camuflan en la cesta algunas de sus variedades, mientras, de soslayo miran para garantizar que cualquier probable testigo aún espera su turno en la pescadería? Pues, con esas mismas precauciones, me enfrento a diario al ordenador, a la televisión, al móvil. De esa manera?y sólo sola.
Sólo sola puedo superar el rubor que me da apretar la tecla de reenviar -con cierta obediencia compulsiva-, bajo la amenaza de los desafortunados acontecimientos que me sobrevendrían de no hacerlo, cuando una de esas presentaciones de desconocido autor, y más o menos reflexiva, invade mi correo electrónico. Tan solo así, desde esa soledad, pueden justificarse los minutos que nos ocupan los consejos, recomendaciones, bromas y complicidades de los muchos mensajes amigos que anexan aquel desnudo espectacular, alguna imagen grotesca o esa contundencia soez.
Es el aislamiento el que protege. El que provoca poder llegar a asumir la imposibilidad, claramente humana, de apartar los ojos de la pantalla, siquiera la enésima vez que pinchamos para activar el vídeo de la edición digital, y volver a ver cómo un maletero de Barajas registra las maletas; cómo se derrumbó con toda su espectacularidad un puente en Dubai; cómo la misma ola que amenaza de catástrofes en las costas del Mar del Norte parece tan diferente cada vez que la miramos, mientras los ciudadanos son evacuados.
También, cómo excitan y paralizan las imágenes de las carreras ilegales de los coches potentísimos en las carreteras de nuestro país o las declaraciones del estudiante que protagonizó la matanza en Finlandia. Y cómo nos puede dejar sin parpadear la ovación estadounidense a Sarkozy?o la llegada de los tres españoles liberados en Chad.
Sólo solos podremos -en este tiempo de los vídeos y de empalagos- plantearnos por qué nos sentimos tan únicos si únicamente podemos volver a mirar cuando se repiten ante nosotros los puñetazos y patadas que captó la cámara del metro de Barcelona; los de los policías que agreden en la comisaría o los de las brutales imágenes de las palizas que los adolescentes se propinan. ¿No viven ustedes con la impresión de que buscar el porqué sería tan poco útil como justificar la sensación de que somos los únicos que, en absoluta soledad, compramos chocolates?
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