Criterios
Versión para imprimir
Imprimir
DOMINGO, 11 DE NOVIEMBRE DE 2007
ENRIQUE GONZÁLEZ

El peso de los años

Según las últimas noticias, la esperanza de vida de los españoles ha sobrepasado los ochenta años. Según los científicos, en poco tiempo, se podrá vivir, según los menos optimistas, hasta los ciento veinte años, y según los más optimistas, hasta ciento cuarenta. Pero este alargue será a costa de unos cuantos remiendos, como válvulas cardíacas postizas, articulaciones prestadas, cristalinos sustituidos, dentadura añadida y el trabajo regenerador de las células madres, además de un buen puñado de medicamentos en cada comida. ¡Vaya lata! El ciclo vital no debe alargarse más allá de los límites previstos. Las edades de la vida, compartidas por el ocio y el trabajo, no pueden ir más allá de la utilidad de los órganos ni de la capacidad de las células nerviosas.

Los científicos garantizan la vida del cuerpo, lo que no garantizan, de momento, es la integridad de la mente. A más vida del cuerpo, más posibilidades de deterioro mental. Las estadísticas aseguran que los fumadores tienen menos posibilidades de padecer algún tipo de demencia senil o de Parkinson que los no fumadores. Está claro, el tabaco los mata antes de llegar a tales trastornos cerebrales. Y es que el humo de tabaco pasa por los pulmones antes de llegar al cerebro.

Jonathan Switf, como una demostración más de su sátira, proponía matar a mucha gente de hambre y así seríamos menos a repartir los alimentos. Podemos afirmar que si morimos de jóvenes o adultos, tendremos menos achaques en la vejez. Elemental, amigo Watson. ¡Horroroso remedio, disparatada conclusión! Aunque hay achaques soportables, hay algunos que quitan las ganas de vivir a cualquiera. Se habla de calidad de vida. ¿Qué es calidad de vida? Cada uno tiene su calidad de vida. Porque cada cual se conforma con algo distinto por lo que vale la pena vivir.

Y si hay posibilidades de mantener la vida tantos años, uno se pregunta si vale la pena vivir con el cuerpo remendado y la mente ida. Y esto sí que es grave y de difícil contestación. Porque si la máquina del pensamiento se deteriora de poco vale mantener el parcheado recipiente, como dijeron los antiguos, el vaso que guarda el alma.

Si se pierden los atributos del alma se pierde la vida. La vida deja de ser vida cuando el ser humano no da lo que tiene, no puede distinguir el bien del mal, ni disfrutar del gozo o soportar el dolor, ni siquiera sabe que vive. La eutanasia no es la solución, porque el que no tiene voluntad no puede decidir sobre la vida o la muerte, y cuando se está sano y con la voluntad conservada, lo que se dice no vale para después, cuando ya no puede decidir, pero quizá conserve aún dentro de su deteriorada mente una felicidad desconocida. ¿Quién no ha visto en un demente senil una sonrisa o una mirada fija en un rostro que parece feliz? Conocí a un músico que no entendía lo que se le decía y hablaba cosas sin sentido, pero cuando oía música su cara se alegraba y hasta acompañaba con su afinado canto las notas musicales. Dejar el destino de los viejos en manos de otros no es una buena solución. La eutanasia no puede estar en manos ajenas, porque más de un crimen se cometería.

Envejecer no es malo, al contrario, es una bendición. Para vivir muchos años no sólo hay que tener ciertos favores hereditarios sino tener mucha suerte. Actualmente, hay muchas posibilidades de que un accidente estúpido, casi siempre de automóvil, te envíe al otro lado de la línea desde donde no se vuelve nunca más. Las guerras y las enfermedades han derribado a hombres como grandes murallas, que parecían indestructibles. Nadie está libre de que un mal día un resbalón dé con la cabeza en el duro suelo. Ni de que una teja, desprendida de un tejado abandonado, le caiga en el mismo occipucio. Hay muchos que no necesitan que las enfermedades les vengan de fuera, se las buscan ellos mismos, y, a veces, con todo el empeño posible, fumando sin parar, bebiendo sin límites.

Vivir muchos años te permite conocer muchas personas, te permite leer más, oír más y ver más cosas. Te permite compartir la vida con más generaciones. También te da la oportunidad de conocer nuevas costumbres, nuevos modos de vida. Pero exige el esfuerzo de adaptación necesario a los nuevos modos de vida. Y quizá la mente humana no está preparada para cambios tan rápidos. Si repasamos la historia hay que ver los años que tardó el hombre en inventar la rueda o en obtener el fuego. Los años que los hombres necesitaron para construir una ciudad o montar las primeras industrias. Y colocados en el individuo actual, hay que recordar lo largo, que fueron los años de la niñez, cuando un invierno duraba una eternidad y un verano no parecía tener fin. Fueron los años largos de preparación y formación. Distintos a los días de ahora, que parecen horas, y las semanas de ahora, que parecen días, cuando los años ya han hecho el trabajo de endurecer las arterias.

Sería bueno vivir muchos años, pero con la cabeza en condiciones de hacer su trabajo. Y poder vivir en un ambiente que, aunque cambie, porque el cambio es inevitable, se respete lo mismo a jóvenes que a viejos. Donde nadie sea superior ni inferior. Donde valga la pena vivir.

Hemos progresado mucho, nos asombramos de que las imágenes de otros continentes entren por las antenas, de que podamos comunicarnos con unos aparatitos tan pequeños que caben en el bolsillo más pequeño. Pero hemos retrocedido en la clave más importante de la convivencia de los humanos. Ha desaparecido de la faz de la tierra el respeto.

Bastante tienen estos hombres que van a vivir más años con soportar sus achaques, no añadir más leña al fuego. Gracias a que ellos fueron jóvenes y trabajaron, hoy pueden vivir otros. Y todo esto viene a cuento porque han roto la Cruz de Piedra. Y, de verdad, me ha hecho daño.

© Editorial Leoncio Rodríguez, S.A. Avda. Buenos Aires 71, S/C de Tenerife. CIF: A38017844.

eldia.es Dirección web de la noticia: