CONOZCO una castañera que se coloca en Las Ramblas, no bien el otoño llega, no bien el verano pasa, con su asador de latones en donde cuida las brasas y del que surge un aroma que las narices traspasa y que a los tejados sube y a los zaguanes alcanza y que hasta aquel que conduce de forma hasta apresurada le llegan dichos efluvios del fuego a la pituitaria.
Conozco a una castañera que igual que las sus castañas en este paisaje urbano y en este otoño se asa. Y es que el tiempo no coadyuva (perdónenme la palabra) a que mi querida amiga, a que mi amiga del alma venda muchos cucuruchos hechos de papel de estraza con las castañas calientes, que no, no apetecen nada.
Es la castaña señores fruto de la temporada. Flor erizada de espinas, igual que un erizo en rama. Yo las veía caer en el gris de la calzada de los castaños floridos camino de Las Cañadas. Fruto que se come seco o que se guisa en el agua y, cómo no, hasta en la leche, después de bien endulzada. Fruta que cuando es milonga, no hay modo de masticarla, pero que en marrón glacé, según se inventara en Francia, es golosina estupenda, sabrosa y muy apreciada.
Fue la castaña ingrediente de la cocina canaria -y de otras muchas regiones presente en sus culinarias-, porque servía de entullo y salsas enharinaba, pero cedió el privilegio en cuanto llegó la papa y se hizo de nuestros platos la imprescindible monarca.
En fin: que están ya en la calle, como las fechas lo mandan, los asadores que venden en Santa Cruz las castañas. O, para ser más exactos, que de vendérnoslas tratan. Pero, es que el cambio climático extiende su telaraña y a todos va jorobando de formas muy variadas. Lo cierto es que a treinta grados y, en fin, a media mañana, no pega mandarse uno ni una ni media castaña. Si acaso un polo de menta, pongamos quizá una horchata y, bajo la umbría sombra, una heladísima caña. Pero una castaña no, que tibia no tiene gracia.
Me temo que otra costumbre, antaño muy arraigada, se va a perder para siempre en un cercano mañana, en tanto el otoño sea una estación que es de guasa y en tanto que los termómetros no jueguen nunca a la baja. Será una pena, lo sé. Mas no se puede hacer nada. Según cuentan don Al Gore en esa la su campaña en torno al calentamiento global y otras cuantas vainas, no dice ni pío del hombre acerca de las castañas, que tienen también su enjundia y habrían de ser salvadas, lo mismo que las ballenas, los linces, las avutardas, las coles del Paraguay, las setas del Himalaya, los magos de medianías, las lapas y las bubangas.
Yo en plan de ejemplo hoy iré, de noche, presto a Las Ramblas y juro que he de comprar por mucho calor que haga, en gesto testimonial y solidario, castañas.
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