En aquel momento reclamaron la presencia del joven en la sala mortuoria y Tejera aprovechó la ocasión para marcharse. Durante el trayecto en su mente se aglomeraron tantos pensamientos que, en un momento, lo distrajeron y a punto estuvo de tener un accidente por invadir el otro carril. Quizá por interés profesional había seguido con mucho interés toda la información facilitada por los periódicos respecto al caso de las momias, intuyendo desde el primer momento que estas y las vasijas halladas estaban relacionadas. Sabía por lo tanto que el caso lo llevaban Pardo y Miranda, de modo que los llamó en cuanto llegó a la comisaría. Tenía bastante confianza con ellos pues habían intervenido juntos en alguna investigación, así que no dudó en pedir el teléfono móvil de Pardo al ser informado de que ninguno de ellos se hallaba de turno. Al contarle lo que había descubierto, la reacción de Pardo le hizo darse cuenta de que el hallazgo de Escobar iba a ser de gran importancia. Quedaron pues en verse al mediodía siguiente, una vez estuviesen en poder de Tejera las vasijas de barro. Aunque era un día festivo, el Día de Canarias, Pardo prefirió no esperar hasta el viernes para recogerlas. Quería llevárselas a Sosa ese día, a primera hora, para que el antropólogo pudiese decirle lo antes posible si las halladas en el vertedero, en el enterramiento guanche y ahora en casa de Escobar eran iguales: si el polvo que había en su superficie era del mismo tipo -ventajas de la policía científica tan en boga durante los últimos años-, no sería una locura pensar que el asesino de Solís, el "Pulpo" y el "Miserias" había vuelto a actuar en la persona de Juan Escobar; a pesar de que el doctor Bastos afirmara sin género de dudas que su muerte se había debido a un infarto.
31 de mayo, viernes
Pardo había llamado a Miranda a su casa poco después de que Tejera le pusiese al corriente de los acontecimientos que rodeaban la extraña muerte de Juan Escobar. Sabiendo que al día siguiente, por ser festivo, nada podrían hacer para acelerar la investigación, lo dejaron para aquel viernes. La escasez de inspectores hacía que, con frecuencia, cada uno llevase varios casos. No resultaba extraño, por lo tanto -incluso era conveniente para ver las cosas más claras-, que a veces se abandonasen las investigaciones durante unos días para retomarlas posteriormente con más brío. Hacía ya unos días que Miranda y Pardo no comentaban nada sobre los crímenes que investigaban, pero aquella mañana, con el hallazgo de las vasijas en casa de Escobar, Pardo y Miranda se pusieron de acuerdo para desayunar juntos y se vieron a primera hora en la comisaría. Abandonaron el edificio por la puerta trasera y se dirigieron a uno de los muchos bares establecidos por los alrededores, pero antes Pardo encargó al agente Mendoza que le llevara a Felipe Sosa las dos vasijas que Escobar le había entregado el día anterior, las cuales, según pudo constatar a simple vista, eran exactamente iguales a las halladas con anterioridad.
Cincuenta años atrás toda aquella zona, situada al oeste del barranco de Santos -que como ya se ha dicho dividía la ciudad en dos partes bien diferenciadas, con la mayoría del terreno dedicada al cultivo de plataneras-, albergaba muy pocas edificaciones, pero poco a poco la explosión demográfica también había afectado su entorno y ahora ocupaban el lugar enormes edificios que formaban una ciudad nueva. A su amparo se habían creado numerosas empresas -bares, restaurantes, floristerías, entidades bancarias, supermercados, peluquerías, gimnasios, etc.-, de tal modo que su población ni siquiera tenía que cruzar, como antaño, el puente de Galcerán para ir al centro y resolver sus problemas diarios, realizar compras, etc.
El bar que solían frecuentar estaba a aquella hora lleno de gente, por la costumbre que muchos chicharreros tenían de no desayunar en casa. Además, se mantenía la costumbre tradicional del cortado al mediodía, de modo que muy pocos se quedaban en su centro de trabajo durante los quince o veinte minutos que tenían de descanso durante la jornada matutina. Tras esperar un rato varios compañeros de trabajo le cedieron la mesa que ocupaban en un extremo del local. Una vez el camarero les hubo servido Pardo abordó sin más demora el asunto que a ambos preocupaba.
-¿Se te ha ocurrido alguna idea? -preguntó.
-Pues... no -respondió Miranda mientras removía con aire ausente el azúcar en su café con leche-. Sólo lo que ya tú pensaste: enviar estos dos últimos gánigos a Sosa para que los compare con los demás. Estoy seguro de que serán iguales. Sin embargo, en una cosa sí he pensado: en la posibilidad de que otros objetos similares que había en ese enterramiento hayan seguido el mismo camino.
Pardo no pudo menos que sorprenderse.
-¿Qué quieres decir? -le preguntó aún con un gesto de incredulidad en su rostro-. ¿Qué los autores del robo cometieron ese acto para desprenderse luego de los objetos robados de esa manera? Perdona... me resulta absurdo.
-A mí también, no creas. Pero si te pones a pensarlo, tampoco parece lógico que primero aparezcan unas momias debajo de un puente, luego unos gánigos en un contenedor, y, por último, otros dos en casa del tal Escobar; que, por cierto, no vivía demasiado lejos del lugar donde suele estar el contenedor en cuestión. Quienesquiera que cometieron el robo, en principio según parece Solís y el "Miserias", aunque pueden haber participado en él más personas, lo habrán hecho, por motivos que aún ignoramos, para beneficiarse de su robo. Pero los hechos demuestran lo contrario...
Durante unos instantes ambos permanecieron en silencio. El bullicio que reinaba en el bar hasta hacía unos minutos poco a poco había ido disminuyendo, lo que les ayudó a centrar sus ideas en el asunto que los obsesionaba. Al final fue Pardo quien rompió el silencio. Dijo:
-Se me estaba ocurriendo... Oye, ¿no resultaría conveniente que hablásemos de nuevo con el tal Fresneda? No sé... creo que el solar lo adquirió no hace mucho tiempo. Igual pertenecía a alguien que no ignoraba que en su subsuelo existía ese enterramiento...
Tras meditar un momento las palabras de su amigo Miranda respondió:
-Sinceramente, no lo creo. Si admitimos la teoría que él mismo nos apuntó, o sea que la abertura de la cueva se despejó a consecuencia de la riada, no podemos admitir esa posibilidad que sugieres. De todas maneras, no está de más que tengamos un cambio de impresiones con él.
Fue sólo después del mediodía cuando sus respectivas ocupaciones les permitieron realizar la visita que habían decidido. Además, sabían que en las obras se detienen los trabajos de doce a una, de modo que sería el mejor momento para hablar con el contratista. No obstante, antes de dejar la comisaría Pardo recibió una llamada de Sosa, que, entusiasmado, le aseguró que los dos gánigos que le había enviado tenían las mismas características que los demás. Sería preciso analizar las vasijas más a fondo, no sólo el continente sino el contenido -había mucho polvo adherido a sus paredes-, mas su aspecto, sonido y textura indicaban con claridad que su opinión no iba a variar.
-Los guanches tenían una manera peculiar de realizar sus trabajos de cerámica -le dijo rebosando entusiasmo-, como cualquier otro pueblo, y estas piezas que me envió, igual que las anteriores, tienen su rúbrica.
Una vez en el coche oficial que tomaron para dirigirse a la obra de Fresneda, su talante era más optimista. Lo conducía Miranda e hicieron el recorrido hablando de nuevo de los motivos que habían podido tener los autores del robo para cometerlo, aparte de la posibilidad de que uno de ellos fuera el asesino que buscaban. Lógicamente abordaron también el tema de la muerte de Juan Escobar, pues si bien se había debido a un infarto no era menos cierto que alguien tenía que haberlo llevado, Dios sabría por qué, hasta la cantera abandonada. ¿Resultaba descabellada la idea de que Solís, el "Pulpo", el "Miserias" y Escobar habían muerto por la acción de otra persona? No estaban todavía en condiciones de responder esa pregunta, pero ambos barruntaban que no tardarían en hacerlo.
Pero su preocupación se transformó en sorpresa cuando llegaron al solar. No vieron en él a Fresneda, aunque sí a Lucio, el tractorista que llevaba a cabo el desmonte del solar. Cuando le preguntaron a éste si su jefe tardaría mucho en llegar, su respuesta los dejó fríos.
-No viene por la obra desde hace unos días. Desde el viernes pasado, para ser más exacto; hace justamente una semana. El lunes, después de salir de su casa, su coche se quedó sin frenos en la autopista. Gracias al airbag no se mató, pero se fracturó un brazo y está en el hospital. Creo que mañana le dan el alta...
Tras abandonar la obra, los dos pensaron que no sería mala idea continuar adelante con el propósito que les había llevado hasta allí, así que se dirigieron por la autopista hacia el Hospital General Universitario. Situado a medio camino entre Santa Cruz y La Laguna, a su alrededor se habían instalado numerosas naves industriales y empresas de todo tipo, que de algún modo, por el tráfico que estas generaban, hacía poco idónea actualmente su ubicación. No obstante, cerca de él se habían construido la Facultad de Medicina y la escuela de Enfermería, por lo que parecía improbable que en un futuro cercano, debido a su coste, se edificara otro en un lugar más aislado. Tanto el norte como el sur de la isla reclamaban hospitales comarcales que evitasen el desplazamiento de los enfermos hasta Santa Cruz, y para los políticos, con toda la razón, resultaba prioritario atender sus exigencias.
A Fresneda lo encontraron de muy mal humor. Le habían dicho que le iban a dar el alta aquel mismo día y, a última hora, lo habían postergado para el siguiente.
-Tiene el brazo izquierdo y un par de costillas fracturadas -les dijo una de las enfermeras que atendía la planta, también malhumorada-. Se encuentra mucho mejor y quiere que le demos el alta ya, pero el doctor lo ha tenido en observación durante unos días por si sufre una recaída. Es un paciente difícil...
(Continuará)
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