Criterios
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ALEJANDRO DE BERNARDO

Miedo

4/nov/07 24:41
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NO HARÁ más de siete u ocho años. Durante unos carnavales. Comenzaba a amanecer y, como otros cientos más de ese rosario de zombis, subía por la calle Castillo con el piloto automático puesto. No era cuestión de tropezarse con la hoja de palmera de los empleados de la limpieza y perder algún diente. Casi la única preocupación. Nunca me consideré un valiente. Tampoco un cobarde. La verdad es que la vida nunca me había puesto a prueba. Al llegar a la plaza Weyler, un chico de entre veinte y treinta años increpaba a una chica sin ningún miramiento. Por lo que entendí, era su novia. Caminaban a un par de metros de mí. La discusión -aunque ella apenas hablaba- iba por unos derroteros que aventuraban un mal final. Miré de reojo varias veces mientras, interiormente, me animaba a intervenir.

El chico era más corpulento que yo. Eso me cortaba bastante. Qué digo bastante? me cortaba todo. Me parecía que aquel chimpancé encabronado no iba a entrar en la vía del diálogo, así es que ahí estaba yo, luchando con mi cobardía, mientras el gilipuertas se envalentonaba y la amenazaba con los puños, a la vez que le iba dando empujones a aquella pobre chica cada vez más diluida entre la vergüenza y el miedo. No había ni un policía. Ni siquiera disfrazado.

De repente solté un "¡ya está bien!, ¡deje a la chica tranquila!", que no sé cómo ni de dónde me salió. El corazón me iba a doscientos. Aquel sabueso de tan malas pulgas quedó un tanto sorprendido.

-"¿Eh? ¿Quién es éste?", balbuceó entre dientes.

-"Por eso. Porque no sabe quién soy, si no quiere tener problemas, váyase y deje a la chica en paz", dije con teatralizada firmeza.

-"¿Cómo?"

-"Que usted no sabe quién soy yo. Le repito: si no quiere problemas? váyase".

Funcionó. Aunque por momentos me vi sin dientes y sin cabeza, el viejo truco había funcionado. Entonces comenzaron a temblarme las piernas. Ni siquiera la mirada agradecida de aquella mujer pudo acercarme a la calma que tardó en llegar. Hoy, ante la misma circunstancia, confieso que no sé lo que hubiera hecho.

Todos ustedes conocen el desgraciado suceso de la jovencita ecuatoriana agredida en un tren de Barcelona. Y también la contundencia con la que se ha reprobado la actitud del pasajero que presenció impasible la agresión sin hacer nada. La valiente presidenta de Madrid, Esperanza Aguirre, ha condenado la "pasividad escandalosa" del testigo que no intervino, y concluyó con rotundidad: "Así empezó el nazismo, porque los demás miraban para otro lado". Ha habido otros valientes ciudadanos que han insultado a ese hombre acongojado que no se lanzó como un jabato sobre el maltratador.

No voy a ser tan pérfido como para desear ver a tantos valientes en semejante trance. Que vuelvan a ver las imágenes. Entra en el vagón un joven violento, claramente fuera de control, que despotrica contra moros e inmigrantes en general y que empieza a maltratar a una joven. El muchacho que lo ve no se mueve, y a nadie se le ocurre pensar que, tal vez porque se quedó quieto, no se complicó más la situación. Hace menos de dos semanas, en Valencia, un joven de 24 años perdió la vida en el intento de defender a una chica que era insultada por su novio en plena calle. Recibió un puñetazo que le hizo caer al suelo y golpearse mortalmente en la cabeza.

Comprendo al chaval. La fuerza de su miedo. Su rabia e impotencia contenidas. Yo, como él, no soy tan valiente como doña Esperanza. Probablemente hubiera hecho lo mismo. Respetable señora, a la hora de la verdad, no todos somos tan "valientes". Y no es una vergüenza. Aunque lo parezca.

Feliz domingo.

adebernar@yahoo.es

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