EN ESTE VIERNES 26 que ya amenaza frío, y convocados, una vez más, en sus citas casi semestrales por nuestro grande amigo Pedro Tarquis, nos hemos reunido en Madrid una decena de canarios en gastronómica cita, en un conocido restaurante con reminiscencias de pelota vasca, ésta vez para rendir homenaje a un canario y herreño ejemplar, Matías Díaz Padrón, recientemente distinguido por la concesión del Premio Internacional Gabarrón en su modalidad de "Restauración y Conservación". Allí, en medio de un gratísimo acto de camaradería insular, regada con buen vino tinto de la Rioja y cimentada con excelente comida, hemos comentado, como siempre, los temas destacados de la vida canaria y el casi secular olvido para con los compatriotas ausentes de la tierra con la que nuestras autoridades viven el creciente regionalismo y la llamada canariedad, dedicados más bien a un encerrarse dentro de sus propias limitaciones y miserias, en lugar de tratar de expandirse y reflejarse en aquellos paisanos nuestros que van dejando por el mundo honda estela de su saber y conocer.
No es éste de la Cultura, con mayúscula, un tema que atraiga especialmente a nuestros compatriotas, y así como saben las veces que el Tenerife ha subido a Primera División o Las Palmas ha bajado a Segunda o si hay en los veranos festivales de música rock en cualquier pueblo del Archipiélago, y hasta cursillos intensivos de verano en otras tantas localidades ultraperiféricas, como nos bautizan ahora ante la Comunidad Europea, lo ignoran, sin embargo, todo, incluidas las autoridades, de los triunfos intelectuales de los canarios no residentes y que se han buscado la vida en otras latitudes, hasta el punto de que, como se dolía amargamente hace un par de semanas Santos Miñón en este mismo periódico, pasase ante la mayor indiferencia oficial un acto previo al homenaje a rendir próximamente a un canario absolutamente impar como fue el portuense Agustín de Bethencourt, que descansa su sueño eterno nada menos que en el cementerio de hombres ilustres de San Petersburgo, la hasta hace poco rebautizada Leningrado, acto que sólo contó con la presencia de Alfonso Soriano, fiel a su etapa de historiador y caballero canario.
Como se ha recordado bien recientemente, Matías Díaz Padrón ha desarrollado toda su actividad profesional, cultural y científica en la Península, mayormente como maestro restaurador de la pintura flamenca en el Museo del Prado, aspecto éste de la pintura de la que es la máxima autoridad nacional, europea y mundial, al tiempo que profesor universitario de Historia del Arte y jefe de Departamento del Instituto Central de Restauración, donde también ha tenido que luchar contra la incomprensión y la envidia que, por desgracia, sigue siendo una de las características principales de nuestro carácter de españoles, pero que no han desmerecido ni un ápice su voluntad férrea (por algo proviene de aquella su isla) de estudio, trabajo y consagración a su labor científica de investigación y enseñanza.
Nosotros, los canarios, nos pasamos la vida en diaria polémica con el dichoso pleito insular, o ahora con la controversia de una descafeinada independencia insular o con un sufrir angustiado por cómo resultará al final lo que los suizos están armando en la plaza de España (que igual la cambian de nombre por aquello de la Memoria ésa, ahora con fuerza de Ley), mientras nos desentendemos de noticias y acontecimientos culturales protagonizados por compatriotas nuestros que no dependen de determinadas habilidades como el cuarteo en el fútbol o la habilidad en el volante, sino que son fruto único de un continuo trabajo de formación, dedicación y estudio, una austeridad de vida y una vocación intelectual.
Las primeras páginas de nuestros periódicos se llenan con la noticia de la triste y lamentable llegada a nuestras costas de centenares de sub-saharianos y magrebíes en una sola jornada, o con el relato del crimen cometido en uno de nuestros centros turísticos por extranjeros de diversas nacionalidades o por el discurso de políticos de una y otra extracción o la detención de autoridades acusadas de malversación, sin duda noticias de primera plana, pero hasta nos olvidamos de mencionar que a un ilustre, modesto y abnegado paisano nuestro le han concedido una distinción cultural con parangón similar a los Premios Erasmo o a los del Príncipe de Asturias, premios estos últimos que se están entregando en estos momentos en que redacto estas líneas por nuestros Príncipes, en medio de una formidable y emocionante ceremonia, en el teatro Campoamor de Oviedo.
Porque esto es lo que ha alcanzado nuestro Matías Díaz Padrón: una de las 9 distinciones que a otras tantas disciplinas concede la Fundación Gabarrón, creada hace ya 15 años y que en su 6ª adjudicación ha tenido lugar recientemente en Valladolid, donde nuestro compatriota fue, junto con Arancha Sánchez Vicario, en "Deportes", y Francisco José Ayala, en "Ciencia e Investigación", el único español que mereció tal galardón, ya que los otros seis eran extranjeros. Para comprender el significado que han llegado a alcanzar estos premios, quizás la mejor prueba será reseñarle a ustedes algunas de las personalidades galardonadas más conocidas de todos nosotros, aunque quizás no sean las más relevantes, y así en "Artes plásticas" tenemos a Anthony Caro y Yoko Ono; en "Artes escénicas" a Milas Rostropovich y Cristóbal Halffter; en "Ciencia e Investigación", a Juan José López Ibor y Valentín Fuster; en "Deporte" a Zinedine Zidane y Miguel Indurain; en "Letras". a Vargas Llosa, Cabrera Infante, Francisco Ayala o Caballero Bonald; en "Pensamiento y Humanidades", a Julián Marías o Hugh Thomas, a Miguel Ángel Corzo y Jean Paul Lederer; en la disciplina de nuestro Matías Díaz Padrón, en "Trayectoria humana", a Guillermo Luca de Tena y Eduardo García Enterría, y en la más reciente de "Economía", a Fuentes Quintana y Luis Ángel Rojo.
No podemos los canarios dejar de sentirnos emocionados al comprobar cómo un paisano nuestro figura con todo merecimiento entre las 51 personalidades mundiales a quienes hasta ahora se ha distinguido con este reconocimiento internacional a su valía. Y uno se pregunta si nuestro Gobierno comunitario tendrá este año en cuenta su persona para rendirle el merecido homenaje a quien ha puesto su condición de canario en un contexto cultural de carácter internacional, cuando igual premia con todo merecimiento a deportistas, poetas y hasta profesionales diversos. En la comida celebrada por este "gruppetto" que acaudilla Pedro Tarquis Fariña se comentó la imparable trayectoria que personas no canarias han dejado en nuestro vivir insular, y así surgieron de nuevo nombres casi olvidados como el profesor Maynard, el rector don Elías Serra Rafols o el historiador Cioranescu, que han hecho por nuestra tierra, con total desprendimiento y. absoluta profesionalidad, más que la inmensa mayoría de todos nosotros. Contaba uno de nuestros contertulios habituales, lagunero él y muy querido amigo, que en una ocasión en la que él participó personalmente se pretendió por parte de la Universidad hacer determinado trabajo de investigación histórica canaria y se dio una semana de plazo para reunir fichas de las referencias a utilizar, y el profesor Cioranescu, cuya colaboración se había solicitado, se presentó nada menos que con 15.000 que había logrado recopilar en tan sólo una semana. Personajes como éstos son acreedores de una permanente deuda de gratitud por nuestra generación y todas las que puedan venir.
A este respecto, muchos de estos extranjeros que realizaron estudios de investigación en nuestra isla han merecido el reconocimiento de la ciudadanía, y calles diversas de nuestras ciudades y pueblos llevan sus nombres, si bien la mayoría de ellos nada dicen a las generaciones actuales, y parece llegada la hora de dar permanente constancia de estas personalidades en algún monumento que recoja sus nombres, sus especialidades y el reconocimiento de los canarios todos. Y que no vuelva a producirse el lamentable espectáculo aún sin adecuada solución, de que el fracasado invasor y derrotado Horacio Nelson posea una espléndida avenida en Santa Cruz, cuando su vencedor ejemplar, el general don Antonio Gutiérrez, tiene una modesta calle en lo que hoy es el costado de Correos y un modestísimo busto recuerda su memoria en una de las calles por las que los ingleses quisieron ocupar nuestra tierra.
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