Alto, con pelo rubio que comenzaba a escasearle, parecía más un deportista consumado que un inspector de policía. Moreno de tez y rasgos regulares, aparentaba unos cuarenta años. Llevaba más de quince en el Cuerpo y estaba considerado un buen profesional; sin que él lo supiera, muy pronto iba a ser trasladado a la Jefatura de Santa Cruz, lo que iba a proporcionarle una gran satisfacción pues le permitiría visitar más a menudo las instalaciones del Real Club Náutico. Allí, con otros amigos, se escapaba siempre que sus ocupaciones se lo permitían para jugar al frontón, un deporte que le permitía mantenerse en forma.
Había tenido un día muy ajetreado, con dos llamadas para investigar unos robos y otras tres por desórdenes públicos. Era ésta la parte negativa de su profesión, la que le mantenía en constante contacto con el día a día de la sociedad, cuando a él lo que le agradaba era la investigación de un crimen. Desde muy joven había sentido pasión por las novelas policíacas y esa era la razón de que hubiese elegido su profesión, pero la realidad había sido otra: los robos y hurtos, las discusiones callejeras, las violaciones, las redadas en zonas marginales, el tráfico de drogas, etc, solían ser los delitos que estaban en el orden del día. Por eso no pudo evitar que el pulso se le alterara cuando, tras ocupar su asiento con el propósito de reponerse un poco después de tanto trajín, sonó el teléfono. Lo descolgó con cierta desgana, temiendo que se tratara de alguna denuncia rutinaria, pero se despertó su alarma en cuanto oyó lo que le decían:
-Tienes trabajo, Tejera -dijo el telefonista-, y de los que te gustan. La policía municipal ha encontrado el cadáver de un individuo en una cantera de picón, cerca de Los Baldíos.
No había ningún coche policial disponible en aquel momento, pero Tejera no dudó un momento y se trasladó al lugar que le indicaron en el suyo propio, no sin antes ordenar que se avisase al forense y al equipo del laboratorio para que acudiesen también allí lo antes posible. Le costó un poco atravesar la ciudad, pues después de habérsele concedido el título de Patrimonio de la Humanidad las obras de conservación se habían incrementado sobremanera. Innumerables edificios públicos y privados estaban siendo restaurados, intentando rehabilitar lo que el inexorable paso del tiempo había deteriorado. Con paciencia y resignación, los laguneros vivían día a día el cierre de calles para la reposición de su pavimento, el arreglo de fachadas, el adecentamiento del entorno, etc, comprendiendo que lo arduo del trabajo tenía que provocar retenciones en el tráfico que trastocaban los planes de muchos.
Los Baldíos no era todavía lo que suele llamarse un barrio, sino más bien una zona donde se habían construido a lo largo de los años un sinnúmero de casas, muchas de ellas obras clandestinas que sin duda alguna proporcionarían en el futuro bastantes conflictos al ayuntamiento de la ciudad llegada la hora de su legalización. Había todavía por los alrededores algunas canteras de picón, ya sin explotar por el peligro que entrañaban sus paredes casi verticales, pero que a menudo eran frecuentadas por coches con parejas de novios que buscaban soledad para sus escarceos amorosos. En esta ocasión, sin embargo, el hallazgo del cuerpo de Juan Escobar -que así se llamaba el interfecto- lo realizó la policía municipal lagunera. Denunciada su desaparición por su esposa desde la noche del viernes anterior, los agentes habían rastreado toda la zona desde San Miguel de Geneto, donde vivía, hasta la carretera de La Esperanza, sin resultados que permitieran averiguar su paradero. Enfermo del corazón, su mujer temía que hubiese sufrido un infarto aquella misma noche, pues como era habitual en él, siguiendo consejos facultativos, había salido a caminar durante una hora. Los días siguientes la policía había continuado la búsqueda por todos los caminos y senderos situados en un radio de unos tres kilómetros -distancia que se suponía podría haber recorrido caminando en un solo sentido-, y sólo aquella tarde sus esfuerzos habían dado el resultado apetecido: el cadáver fue encontrado en una cantera abandonada, cercana a la carretera, y había sido posible debido al mal olor que despedía su cuerpo en descomposición.
(Continuará)
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