Al Gore, conocido ex vicepresidente de los Estados Unidos de América y no menos famoso activista contra el cambio climático, es sin duda una persona muy ocupada. Sobre todo ahora, cuando tras recibir el Premio Nobel se especula con la posibilidad de que vuelva a la arena política en su país; es decir, que compita con la señora Clinton por la Casa Blanca. En fin, lucubraciones aparte, Al Gore, insisto, no debe tener libre ni un minuto al año.
Sin embargo, como cualquiera encuentra tiempo para dedicarse a lo que realmente siente en su corazón -eso dijo un sabio-, le sugiero al autor de la verdad incómoda que pasee de vez en cuando por la playa de La Teresitas a eso del mediodía. No para ahondar en presuntos pelotazos urbanísticos, ni para tumbarse sobre la arena, a la sombra de una palmera, y languidecer de sana molicie mientras contempla el paso de los barcos más allá del rompeolas. Nada de eso. Tan sólo aspiro a que Gore contemple -y luego saque conclusiones- un espectáculo descorazonador: el de un individuo que acostumbra a estacionar su coche también a la sombra de las palmeras que jalonan el aparcamiento, cierra las ventanillas y, sin parar el motor, pone el aire acondicionado para dormir una plácida siesta sin que lo perturben los calores del momento. Una temperatura la santacrucera que acaso sube un poco durante los días caniculares, pero que ahora, en el otoñal octubre, resulta bastante soportable. Hasta más bien fresquita, incluso a la hora del meridiano.
Si nadie hubiese dicho nunca nada sobre la necesidad de no contaminar más de lo necesario, de no inyectar en la atmósfera toneladas y toneladas superfluas de gases con efecto invernadero, hasta el propio ex vicepresidente gringo podría encogerse de hombros. Cierto es que de momento la gasolina que consume el motor de ese coche -y de todos- hay que refinarla a partir del petróleo, y que España importa hasta la última gota de petróleo que consume. Sólo por eso, al individuo de la siesta climatizada habría que considerarlo un criminal. Si añadimos cuanto se ha dicho y escrito sobre las calamidades que nos aguardan por calentar la atmósfera más de lo debido, no sé -ya me pierdo- qué calificativo se le podía adjudicar a semejante irresponsable. O desalmado, como lo calificaría Zapatero. Vaya por delante que el fulano en cuestión no ha cometido ningún delito. Su actitud moral es harina de otro saco.
No creo, empero, que ningún ecologista enarbole una pancarta y se manifieste junto al coche del bergante; al menos para amargarle la siesta. Las convocatorias callejeras hay que rentabilizarlas de otra forma. Tampoco me imagino a Paulino Rivero abandonando durante un rato sus quehaceres diarios para llamarle la atención, habida cuenta que el presidente regional ya ha cumplido en este asunto con la creación de un departamento para abordar el cambio climático. También las iniciativas políticas han de tener una rentabilidad colateral; en caso contrario, no sirven.
La verdad más incómoda en este tema no es la forma despiadada en que contaminan las grandes empresas -con todo lo grave que es esa polución-, sino la indolencia de las masas. Una cuestión de mera educación en la que queda mucho por hacer.
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