EL METRO DE MADRID siempre fue más o menos seguro. Caluroso en verano, un poco sucio y maloliente durante los doce meses del año, pero a salvo de la delincuencia violenta que, por otra parte, tampoco era habitual en la capital de España. Ni en la Villa y Corte, ni en la más lejana de las periferias. Pero las cosas han cambiado.
En mi obligado vuelo semanal a Barajas, la otra noche coincidí con un par de estudiantes tinerfeños. Me comentaron que cuando llegasen al aeropuerto tendrían que esperar a otro compañero de Facultad que en ese momento viajaba desde Las Palmas. Entre los tres repartirían el precio del taxi. "¿Y el metro?", les pregunté ingenuo. "Hoy con el metro se llega a cualquier parte". "Si no te roban por el camino", me objetaron ambos casi al unísono. Pocos meses antes le habían robado el ordenador portátil a uno de ellos. El portátil y todo lo de valor que llevaba encima. Hasta un suéter con marca de pijo, aunque el pibe procede de una familia modesta que hace enormes esfuerzos para que el retoño estudie en Madrid. El trayecto desde Barajas al piso donde viven no le cuesta más de dos euros a cada uno. La carrera en el taxi rara vez baja de 35 ó 40, pero, qué remedio. Los que se quedaron con el ordenador parecían ciudadanos del Este. Dos chicos y una chica que les pusieron afiladas navajas en el cuello. El más perjudicado todavía está pagando el portátil, pues lo compró -cómo no- a plazos. "Lo peor es que tenía un montón de trabajos dentro y los he perdido. Paso del metro, colega". Me pregunto si Gallardón -o cualquier otro alcalde- piensan en estos detalles cuando recomiendan el transporte público como lo adecuado para combatir el cambio climático, evitar atascos, mejorar la calidad del aire y, en definitiva, elevar el nivel de vida. Aunque esto último sí lo están consiguiendo. De momento se reduce sólo a un incremento en el bienestar de los chorizos, aunque ya nos llegará a los otros; todo se andará.
Me ha emergido de la memoria la citada conversación al leer que una banda de menores sudamericanos asaltan últimamente a los usuarios del metro con pistolas eléctricas. Capaces de generar una diferencia de potencial entre 150.000 y 900.000 voltios, paralizan a las víctimas y las desvalijan. Hace poco le quitaron a un chico hasta las botas que calzaba. Lo del artilugio voltaico me gusta. Más refinado, indudablemente, que los trabucos usados en su día por el Tempranillo o los Siete de Écija. Sólo por citar a conocidos bandoleros del solar patrio.
El hecho de que los atracadores sean inmigrantes resulta secundario. Y no lo digo para enjabonar antes del afeitado -después del rasurado, en este caso-, sino porque realmente la delincuencia carece de nacionalidad. La única relación que la une, aunque indirectamente, con la masiva afluencia de foráneos, es el clima de saturación social que se ha creado. Porque con una economía en receso, con unos aeropuertos en los que descienden -en lugar de aumentar- el número de pasajeros, con un turismo que ya no crece y un sector de la construcción tambaleándose, cabe preguntarse de qué van a vivir -con qué van a pagar los caros coches que se han comprado- tanto los vernáculos como los foráneos a partir de ahora. De hecho, estoy pensando en poner una tienda de antifaces y palanquetas.
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