DE UN TIEMPO A ESTA PARTE parece que el mundo político está revuelto, no sólo a escala nacional con esa vorágine progresista tan grata al gobiernillo ese que nos está tocando sufrir, que no lo ocultan ni mucho menos, porque ellos son así, se deben al pueblo a cuyo servicio dice que están, progresía a base de quemar retratos de nuestro Rey, que Dios guarde, de alentar movimientos independentistas por ahora disfrazados de federalistas, y de proclamar en un pueblo de Andalucía así, por acuerdo mayoritario, supongo, de los ediles, la III República, en plan Alcalde de Móstoles de 1808.
Pero no sólo es un problema nacional, sino también regional o interprovincial, como más les guste. Andamos aquí y en este periódico muy preocupados con la provincia hermana y su afán de siempre de irse quedando con todo lo que consigan quitarnos, legalmente, claro, que será porque pueden, digo yo, porque son capaces de pensarlo y hacerlo, mientras nosotros nos sentimos muy, muy ofendidos, nos lamentamos y no hacemos nada para evitar el próximo golpe, porque tampoco sabemos cuál va a ser. Y en este desgañitarse acusando al ¿rival? de todo lo indecible, nada hacemos sino eso, acusar y no tomar medidas, si es que las hay, para evitar ultraje tras ultraje.
Pero tampoco para aquí la actitud de algunos, y de pronto, al calor supongo del hervor independentista peninsular, nos sale de nuevo el señor Cubillo (para el que tengo todos mis respetos) proponiéndonos a través de las páginas de este periódico una Constitución para una Nueva República Federal Canaria, con sus casi 50 artículos donde se desarrolla toda la logística de la nueva nación, con bandera y hasta moneda, como debe ser. Y hasta aquí hemos llegado.
Porque lo para mí esencial como canario, aunque no sea residente, es eso, ser canario y español. O ser español y canario, como ustedes gusten. Me siento orgulloso de pertenecer a una nación que hace 5 siglos fue rectora del mundo civilizado conocido, mientras estas islas eran refugio de piratas y solar de gente brava y sencilla que hasta desconocía la escritura y la navegación, pero capaz de morir luchando en defensa de su tierra y su vivir. Me siento orgulloso de hablar el lenguaje con el que se expresaron Nebrija, Cervantes y Quevedo, por decir algo, mientras el idioma aborigen nuestro ha desaparecido y, que yo sepa, ni se estudia en la Universidad. Me siento orgulloso de ser católico, apostólico y romano, como lo fueron mis padres, mis abuelos y antecesores hasta que se pierden en la memoria escrita y conocida, cristianos sencillos, pecadores y arrepentidos, fieles a Su Santidad, mientras los aborígenes vivían lejos de la presencia del Señor. Me siento orgulloso de haber podido participar en este increíble desarrollo de España en estos últimos 50 años, de haber podido contribuir a la erradicación del analfabetismo de nuestra población, de haber alcanzado un bienestar económico (no ya moral y ético) jamás soñado y de haber podido al fin volver a ser "alguien" en el concierto de las naciones.
Me parece de perlas, y así lo expreso, que este periódico sea capaz de abrir sus páginas a personas de diverso pensamiento y de ideas políticas opuestas, contradictorias y hasta excluyentes, que ese es el gran logro de la democracia, en cuyo juego de posible independentismo no estoy dispuesto a jugar aunque reconozco el derecho de otros a hacerlo. Cuando el mundo se concentra en dos o tres grandes fuerzas y la unidad europea es un hecho más que logrado, el andar con estas cosas, nosotros los canarios que siempre fuimos fieles al Rey, a la Corona y a la Constitución reinante en mucho mayor escala que lo han sido nunca muchas regiones españolas, quizás porque la lejanía, como en el amor, aviva el fuego vivificante, no estamos, o al menos yo no estoy, para inventarnos soluciones que sí puede que sean posibles en tantos países nuevos nacidos del estado colonial o de la inexistencia casi, sino al contrario, para tratar de fortalecernos en esta patria que también otros quieren desgajar. Dediquémonos, simplemente, a trabajar, y ¡Viva España!
* Madrid
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