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EDUCACIÓN, FAMILIA Y SENSATEZ FRANCISCO-M. GONZÁLEZ *

Y... ¿si hacemos las paces?

12/oct/07 02:31
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Las vacaciones deberían ser una época para el descanso, el placer, el ocio y el tiempo libre; entonces el matrimonio tiene mayor posibilidad y tiempo para reencontrarse, compartir ilusiones, comunicarse de una manera más sosegada -dialogar cariñosamente- y divertirse juntos. Se da la paradoja de que al final de las vacaciones estivales y al inicio del año son los momentos en los que se da el índice más elevado de disfunciones matrimoniales, separaciones y divorcios.

Los motivos de estas disfunciones o crisis de pareja son muy variados; sin embargo, existen unas causas concretas, en relación con las vacaciones, que pueden ser las detonantes de las rupturas postvacionales: lo más probable es que la crisis estuviera latente y viniera de atrás. Las causas inmediatas pueden ser variadas, pero, por lo general, las más frecuentes son las provocadas por las fricciones de quienes no saben convivir durante veinticuatro horas al día. Seguro que hay problemas encubiertos, durante la ajetreadas jornadas laborales del resto del año, que salen a la luz en las vacaciones. Las expectativas irreales o ilusorias de uno y otra; las discrepancias sobre el lugar de veraneo elegido; los niños, si se llevan a los abuelos o no; con mucha frecuencia, son las discrepancias sobre la economía familiar, porque las tarjetas quedan "echando humo". En definitiva, la mayoría de las veces lo que ha habido es: improvisación y falta de una buena programación, que debe acordar la pareja hablando, que no es algo muy corriente del carácter español. Y ya se sabe, "para un barco sin rumbo todo son tormentas".

No voy a analizar aquí la etiología de todo este "petardo" vacacional, sino, sin ánimo de agotarlo, sugerir algunas ideas que les puedan ayudar a salir de la crisis, por si a estas alturas todavía siguen enfurruñados, dándole vueltas o engarzados en el conflicto.

Antes de nada hay que tener en cuenta que es normal, "bastante normal", que en la vida matrimonial de vez en cuando surjan conflictos o aparezca algún tipo de crisis; lo cual no quiere decir que el amor se haya terminado; tal vez todo lo contrario, porque siguen hablando, aunque sea enfadados.

Los conflictos conyugales son normales, sólo que es mejor tenerlos muy de tarde en tarde. Resolverlos es, por tanto, también normal. Como en ellos siempre se da un problema de comunicación, -que unas veces es la causa, pero en la mayoría es el síntoma- alguien tiene que romper el hielo, ceder y empezar a dialogar: ?y "por qué no hacemos las paces"; a veces basta una mirada comprensiva, acogedora y tierna. Y, ¿Quién debe ser el primero en ceder?, a mi modo de ver, el que cree que tiene la razón, que ceda, ya habrá otro momento, más adelante, para explicar por qué manteníamos ese punto de vista; ahora no, ahora ceda.

Que empiece a ceder el que tenga mayor capacidad asertiva o negociadora, siempre hay uno que la tiene más que el otro; o bien el que sea más generoso o sea más expresivo en el cariño. Y, en último extremo, ceda el que se considere más inteligente; porque no, no es más sensato querer que el conflicto vaya a más: sufrir, sufrir y sufrir. Eso no es de inteligentes. Porque, de lo que hay que huir, como del fuego, es de la lucha por el poder, que tantas veces es la causa del conflicto.

Una vez serenados los ánimos, hay que negociar y nunca buscar culpables, por lo general no los hay y si se profundiza normalmente la culpa sería de los dos. Lo ideal sería pedir perdón, perdonarse mutuamente, puesto que las reconciliaciones son el aspecto más positivo, lo mejor de las discusiones. De esta forma, nadie pierde, los dos salen ganando y les dan una alegría a los hijos, si los hay. Si la cosa ha ido muy lejos, antes de tomar una decisión drástica o extrema, se debiera acudir a un especialista en terapia de pareja, que les pueda ayudar.

En conclusión, ni las crisis ni los conflictos son malos. Son naturales; se han dado, se dan y se darán toda la vida. Ahora bien, hay conflictos que hacen crecer al matrimonio y otros que son letales y sirven para su defunción, si no se resuelven a tiempo o se pide ayuda a un experto. Conviene distinguir unos de otros y obrar en consecuencia. Cuando los conflictos se resuelven, las uniones conyugales se fortalecen, se robustecen y vigorizan y, en vez de conformarse con una vida rutinaria y pobretona, la mutua felicidad alcanza una mayor dimensión y el matrimonio va cristalizando como una roca.

* Orientador Familiar

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