SEGUIMOS: "Un país para querer", decía aquel hermoso slogan que en los años 70 promocionaba a Venezuela. Era un preludio de lo que más tarde se convertiría en una publicidad repartida por todo el mundo, en la cual se insistía en los valores turísticos que por entonces se reconocían al país. Los años han ido pasando y los esfuerzos de algunos por fortalecer esta imagen y desarrollar el turismo en Venezuela han tenido escaso éxito.
La estructura necesaria para desarrollar "la industria sin chimeneas" en el país ha estado todo el tiempo ausente. De nada valen los más estudiados planes, las construcciones ultramodernas, o las acciones más osadas si no se ha desarrollado un auténtico programa de concienciación de la población en los beneficios, sociales y económicos, que el turismo les va a reportar. Decía Baroncinni (delegado de la Organización Mundial del Trabajo, ante la UIOOT, allá por los años sesenta) que de nada servían las sábanas de hilo, los cristales de Bohemia, los cubiertos de plata o las cinco estrellas de la fachada, si en un hotel el personal no tenía la debida preparación para saber hacer de auténticos anfitriones.
Dijimos nosotros en esos años sesenta, después de asistir a una Asamblea Nacional de Turismo, allá en Barlovento, en Higuerote, que Venezuela tenía un esplendoroso porvenir, y que el país podía convertirse en un importante destino turístico si se ponían las bases necesarias para hacerlo, basadas fundamentalmente en "la toma de conciencia" del desarrollo armónico que el turismo traería para su población. Insistimos -llevamos insistiendo todos estos años en nuestros trabajos de prensa- en la urgente necesidad de que se eduque a los venezolanos en la comprensión de que el turismo es la panacea que reparte la riqueza de forma proporcional entre toda su población. Es la forma más evidente, segura y eficaz de generar empleos justamente remunerados, calidad de vida estable, proporcionada por una educación basada en la cultura de paz, y generador de miles de secuencias transformadas en proyectos de futuro que obligan a consolidar y conservar nuestras tradiciones históricas, nuestros tesoros coloniales, nuestras más variadas y hermosas señas de identidad... eso por lo que propugna el más concreto "desarrollo sostenible".
Volvemos, entonces, a tratar el tema ante el escenario que el país comienza a ofrecer queriendo integrarse en el "boom" del Caribe, imparable destino que seguirá creciendo en los próximos años, no sólo por sus hermosas y paradisíacas playas, sino por su imponente legado histórico que hay que conservar a costa de lo que sea, con programas serios y obras bien hechas, sin caer en manos de auténticos depredarores ignorantes, que, como hemos visto personalmente -precisamente por estas tierras de Centroamérica-, son capaces de "restaurar" con cemento las históricas ruinas monumentales de ciertas obras hechas piedra sobre piedra por los más expertos artesanos de la época del Descubrimiento.
Conservar, esa mágica palabra que no nos cansamos de repetir, aunque nadie nos haga caso y nos castigue con muchos enemigos. Conservar ha sido la clave para que el turismo recorra las ruinas de Atenas, o las más tradicionales calles de las hermosas ciudades de la vieja Europa, llevándole el bienestar y la prosperidad a todos sus habitantes, desde el limpiabotas, al comerciante de la bodeguita, al taxista, o al vendedor de recuerditos. El desarrollo del turismo reparte la riqueza entre toda la población, donde hasta el más humilde se verá favorecido por su evolución. Es el fenómeno (si se le quiere llamar así) más importante de nuestra época.
El turismo nos incita a cuidar nuestra casa. A poner cada cosa en su verdadero sitio, a ser limpios y ordenados. Eso hay que enseñarlo. No es de recibo el que se supriman los jardines en las ciudades sustituyendo las matas y las flores por mal encaradas piedras. Increíble, si no fuese cierto.
Todas estas tristes experiencias que vamos comentando no son precisamente una exclusividad de Venezuela. En destinos desarrollados catalogados entre los "destinos de éxito", vemos con asombro cómo continúan deteriorándose día a día sus "señas de identidad", víctimas de la especulación, la falta de planificación y los más auténticos disparates, todo ello supuestamente a la sombra de la más supina ignorancia, que se esconde en la prepotencia del poder para hacer valer sus opiniones o sus caprichos, si no es que esconden alguna otra cosa más inconfesable.
Venezuela es un país nuevo para el turismo mundial. Tiene miles de recursos que aportar a la vorágine del turismo del siglo XXI. Preparar a su población para asumir este reto es más que una necesidad si es que de verdad queremos ser alguien en el mundo del turismo. Tenemos una "renta de situación" asegurada por nuestro entorno. Sepámosla explotar, nuestros recursos nos lo permiten con las más absolutas garantías de éxito.
Empecemos por lo que se debe hacer, por lo que está mundialmente demostrado, instruyendo a nuestra población sobre los beneficios que les va a reportar el turismo. Enseñándoles lo que deben hacer para cuidarlo, para mostrarles con orgullo nuestras más hermosas tradiciones, nuestros campos, nuestros pequeños y hermosos rincones coloniales, nuestros ríos, montañas, parques... los llanos de Apure, las playas de Margarita, Chichiriviche, los picos de Los Andes, o las selvas de Guayana... El Salto Ángel o la Cueva del Guácharo... los mil y un camino de esta Venezuela donde el turismo es su solución social y económica. Lo sabemos por experiencia.
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