A LOS DELEGADOS del Gobierno en las comunidades autónomas los nombra -y los cesa- el Consejo de Ministros. Con los subdelegados hace lo mismo el propio delegado, claro. Precisado esto, conviene recordar que José Segura Clavell no quiso pasarse otra legislatura -en concreto la actual, ya casi finiquitada- apretando botones cada vez que toca votar a favor, en contra u abstenerse en el Congreso de los Diputados. Por eso aceptó representar en Canarias al Ejecutivo central. Ciertamente aspiraba a algo más. Verbigracia, un ministerio o, en el peor de los casos, un alto cargo en algún ministerio relacionado con la labor que había desarrollado anteriormente como diputado, pues Pepe Segura -injusto sería no reconocerlo- había hecho más cosas en el Palacio de las Cortes que apretar botones. Pero como el cupo de hombres estaba lleno y la cuota canaria cubierta, no tuvo otra opción que presentarse en Las Palmas acompañado por Salvador García y Domingo Medina para asumir su nueva función. Medina siempre ha sido su hombre de confianza. A García lo rescató del Puerto de la Cruz cuando dejó de ser alcalde. Los otros tres cargos de confianza que podía nombrar quedaron vacantes; Segura nunca ha sido persona pródiga con el erario.
No es necesario recordar que la tarea de un delegado del Gobierno resulta ingrata en el contexto de la España actual, donde el enfrentamiento desde las periferias con Madrid marca el día a día de cualquier político que se precie. Por añadidura, el delegado es el máximo responsable territorial de las Fuerzas de Seguridad. Es decir, está obligado a involucrarse en los asuntos de la Policía y la Guardia Civil, cuerpos que a su vez deben ocuparse en numerosas ocasiones de los individuos menos dignos de cualquier sociedad. Expresado sin rodeos, un delegado del Gobierno llega a conocer un submundo que muchas veces -afortunadamente- no ven los ciudadanos normales. Para completar el cuadro de complicaciones, le ha tocado la peor avalancha de pateras y cayucos que jamás habían registrado estas Islas.
A lo largo de casi cuatro años, Segura se ha enfrentado a estos problemas de la única forma que sabe: llegando cada mañana muy temprano a su despacho y saliendo muy tarde. Es decir, con un horario muy poco parecido al que cumplen -con toda la legitimidad del mundo; eso no se cuestiona- los funcionarios al uso. Exigencia de entrega que Carlos González Segura, subdelegado en Tenerife, no ha querido entender. Eso es todo. Se pueden buscar imbricados intereses políticos y hasta un deseo por parte del delegado de mostrar su autoridad en tiempos complicados dentro de su partido. En realidad, todos los partidos caminan en estos momentos por sendas espinosas. La situación del PP en el Archipiélago, y aun de CC, no es menos difícil que la del PSOE regional. Circunstancias todas ellas, en definitiva, que demandan a quienes militan en una u otra formación comprometerse públicamente con declaraciones a favor de los suyos y en contra de los otros. Detalle que tampoco se le ha visto a González Segura desde que llegó a su despacho de la calle Méndez Núñez. En definitiva, lo raro no es que su jefe lo haya cesado, sino que haya esperado tanto para cesarlo.
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