La inmigración ha pasado a ser una de las principales preocupaciones de los europeos, junto al terrorismo, la inseguridad ciudadana, el paro y la inflación. En general, la llegada de personas pertenecientes a otros colectivos en número considerable a un territorio ocupado por un colectivo ya establecido en él, siempre es fuente de preocupación y enojo para los miembros del colectivo establecido. Los inmigrantes no suelen ser bien acogidos en los lugares de destino.
La existencia de esta preocupación legítima suele servir de base a políticos oportunistas y a formadores de opinión con poca capacidad de reflexión para formular propuestas muy simples, que van desde el bombardeo de los barcos que trajeran inmigrantes, preconizado por el dirigente de la "Lega Nord" italiana, Umberto Bossi, hasta el internamiento de los inmigrantes en campos de concentración o la expulsión forzosa, que defiende hoy el presidente francés Nicolás Sarkozy.
Estas propuestas simplistas suelen olvidar algunos presupuestos básicos del actual problema de la inmigración. En primer lugar, la inmigración no responde al capricho de unos pocos ni puede ser imputada a la simple malevolencia de algunos otros. Estamos hablando de un fenómeno mundial en virtud del cual algunas zonas del planeta (Europa, América del Norte, Australia, Nueva Zelanda, Sudáfrica, principalmente) atraen a los inmigrantes que necesitan para sustituir a su población envejecida, mientras que otras zonas (África, América Latina, Asia) expulsan a grandes masas de población por motivos económicos, demográficos, políticos o ideológicos.
En segundo lugar, aunque resulte deseable controlar los flujos migratorios en beneficio tanto de los países de acogida como de los propios inmigrantes, ello no es siempre posible. Ni los norteamericanos han conseguido sellar su frontera con México, ni los europeos podemos cerrar nuestras muy extendidas fronteras terrestres y marítimas o la multitud de aeropuertos que acogen a visitantes de todo el mundo.
La frustración ante la creciente presión migratoria ha llevado a esas formulaciones simplistas de bombardear los barcos con inmigrantes, de los campos de concentración y de las expulsiones masivas.
Lo malo de sus propuestas es que ya se han ensayado en el pasado y con éxito. Recordemos los campos de concentración de la España franquista, los campos de extermino de la Alemania nazi y los Gulags soviéticos. Recordemos el telón de acero. Recordemos las expulsiones de emigrantes establecidos en aviones fletados expresamente por el ministro del Interior francés, Charles Pasqua.
El problema central es que el inmigrante no es una "cosa" ni una "mercancía". Es un ser humano semejante a nosotros, aunque tenga otro color de piel, hable otra lengua o practique otras costumbres religiosas. Si se renuncia a los principios de humanidad y caridad con respecto a los inmigrantes socavaremos los cimientos de nuestra propia convivencia. Se trata de algo que experimentamos en Europa en el pasado durante los años de entreguerras, en la segunda guerra y con el señorío soviético en la Europa central y oriental. Es algo que los europeos juramos no volver a repetir.
Es posible controlar los flujos migratorios pero no cortarlos de raíz. Es posible devolver a una parte importante de los inmigrantes irregulares a sus países de origen pero con procedimientos humanitarios y no degradantes. Es posible, sobre todo, integrar a una parte importante de los inmigrantes en nuestras sociedades, que los necesitan para su propio desarrollo. No basta, por ello, con hacer propuestas simplistas. Hay que esforzarse por encontrar salidas humanitarias, aunque éstas acarrean costes adicionales para las sociedades de acogida.
* Diputado al Parlamento Europeo, PSOE
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