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DOMINGO, 23 DE SEPTIEMBRE DE 2007
LO QUE ES ENRIQUE GONZÁLEZ

La química del bien y el mal

SARKOZY, el presidente de Francia, con su firme propósito de castrar químicamente a los delincuentes sexuales y retenerles en hospitales, y no en cárceles, hasta su total curación, ha levantado las más distantes opiniones. El francés ha demostrado que es hombre de decisiones atrevidas, que no se queda en palabras huecas ni se pasa los días armando frases demagógicas o inventando estrategias con dinero ajeno para salir del paso y mantenerse, en frágil equilibrio, en el poder.

Sarkozy, más práctico que teórico, ha profundizado nada menos que en las bases químicas de la maldad, en la interpretación científica del comportamiento humano. La delincuencia como enfermedad. La sangre insana de Caín, aun en los tiempos de la razón y del bienestar, sigue circulando por los humanos con la misma concentración que en los primeros tiempos. Por muchos que hayan sido los medios de castigo, a pesar de lo crueles que hayan sido las penas, no se ha conseguido desterrar la maldad. Se duda si los malhechores deben terminar en el manicomio o en la cárcel, porque, se quiera o no, la maldad tiene bastante de locura.

En los Evangelios se lee que, si tu ojo o tu mano es objeto de escándalo, arráncalos. No soy un entendido en Textos Sagrados, pero de su lectura se desprende que es mejor y más sano perder parte de nosotros, como si de gangrena se tratara, antes de perdernos en la totalidad, antes de perder el alma. Es cierto que tiene un matiz personal, de voluntariedad. Que no es una amputación impuesta, ni siquiera una amputación en el sentido anatómico. Es un modo de evitar el mal, aunque se pierda algo que parece importante en la vida. Cortaron las manos a los ladrones, se lapidó a las adúlteras y se llegó a la castración quirúrgica por motivos sexuales o enfermedades hereditarias o hasta con pretextos racistas. La horca, la silla eléctrica, el fusilamiento, el garrote y el fuego no han solucionado la delincuencia, la han agravado.

La castración química nos trae a la memoria al doctor Jekyl, de R.L. Stevenson. Un médico obsesionado por la ciencia, probablemente un esquizofrénico, que explora los más recónditos abismos del alma humana, y se vale de la química para liberar el lado perverso de su carácter. También nos recuerda al monstruo Frankestein de la Shelley, La Isla del Doctor Moreau de H.G Wells y otras obras de ficción, en las que la conducta de los seres humanos puede ser manipulada por impulsos físicos o por sustancias químicas. La imaginación, antes que la ciencia, clonó a los seres vivos. Aldo Huxley buscó "el espléndido mundo nuevo que tales gentes produce". Una fábrica de seres iguales, múltiples gemelos de un solo origen. Perfectos para trabajar en fábricas similares, en ocupaciones iguales, resistentes a sus labores, indiferentes a la belleza y la cultura, sin más gustos que sus monótonas ocupaciones. Aldo Huxley imaginó lo que la ciencia tiene ahora en sus manos.

El pensamiento de Nietzsche fue más atrevido: concebir a los superhombres. El fantástico Williamson, en su "Hermano de los demonios, Hermano de dioses", pretende separar a los humanos en homo verus, homo mutatus, homo divinus, homo ultimus. Lombroso, aprovechando teorías anteriores, estudiando los rasgos físicos y fisonómicos de los delincuentes, creyó descubrir la patología de la maldad. Hasta se atrevió a señalar algunas causas desencadenantes, como el clima, la naturaleza del suelo, la producción agrícola. Y algunos determinantes sociales: densidad de la población, costumbres, religión, familia, alcoholismo. Un médico llamado Galton que, en su tiempo libre, diferenció a los hombres por las huellas de los dedos, inventó la palabra Eugenesia, que es como decir bien nacido. Una manera de separar por los genes a los buenos de los malos.

Y llegó la fisiología de la maldad. El descubrimiento de los transmisores químicos entre las células nerviosas y el reciente hallazgo de sustancias sensibles a la luz en las neuronas, sustancias que, según se ha demostrado, al ser estimuladas pueden variar el comportamiento de ciertos animales, hacen concebir la mente como un laboratorio, donde los niveles de distintas sustancias son responsables de emociones, pasiones y, sobre todo, la esencia del bien y del mal. Y, como consecuencia, mediante sustancias químicas, hacer que los hombre sean mejores o peores.

No hay que olvidar que la naturaleza tiene sus errores, engendra errores. De los errores nace la variedad. De la variedad, los conflictos. De los conflictos, los desastres. Y, de los conflictos, la adaptación y la evolución. No existe el determinismo biológico total, siempre hay circunstancias que dan un resultado distinto. Cada mente creada es siempre una forma distinta de pensar. Sin llegar a la clonación biológica, ya sufrimos los efectos de la clonación social, la clonación que imponen los medios de comunicación, intentando que todos los hombres y mujeres piensen lo mismo sobre lo mismo. Y si todos piensan lo mismo sobre lo mismo, la forma de gobierno democrática es absurda, puesto que no hay criterios variables ni deseos distintos. El progreso social no puede retroceder a la esclavitud de muchos por unos cuantos. Si fuera así, la ciencia y el pensamiento, que es lo mismo que gen y ética, han fracasado. El hombre, entonces, perderá su dignidad. Y si no tiene dignidad, ¿de qué le vale conocer el mundo si se ignora a sí mismo?

Se podrá cambiar la forma de pensar, las emociones y las pasiones, pero queda la voluntad, que es algo muy personal, la medida de cada hombre o mujer. La voluntad que decide navegar por mares de bonanza o por aguas revueltas. La voluntad es la voluntad. La que decide el bien y el mal, que siempre existirán. Si un hombre no tiene la posibilidad de elegir, no es un hombre.

La química del bien y el mal es un asunto muy complicado porque incluye nada menos que las bases del comportamiento humano. Aunque los delincuentes deben ser aislados, entrometernos en los entresijos de la mente es algo complicado, cuyas consecuencias se escapan.

El mal es un bien necesario. Sin el mal no existe el bien. El mal es la gran prueba del hombre. El bien es una lucha. Las campanas del cielo celebran más la llegada de un pecador arrepentido que la arribada de una legión de justos. Que se lo pregunten al hijo pródigo.

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