1.- Es cierto que siempre se habla bien de los muertos; pero yo de Julián Sáenz , amigo entrañable, no tuve nunca queja. Compartimos plaza -la de Ireneo González -, yo desde 1974; él estaba antes allí. Era un irónico, pero su corazón generoso se desparramaba a lo largo y ancho de Tenerife. Tenía un especial sentimiento para defender lo nuestro, lo de esta isla, y esto lo convertía en un patriota. Las notas necrológicas siempre tienden al tópico, una actitud esta del cronista de obituarios de la que procuro huir. Julián Sáenz Rumeu había colaborado en la fundación de ATI, había costeado parte de su sede, había creado una emisora de radio (que nunca funcionó) para defender el nacionalismo, había presidido CajaCanarias y había trabajado desde la empresa privada para continuar la labor familiar iniciada por su padre y que ahora está en manos de sus hijos. Quien lo acababa de conocer creía firmemente que Julián no rompía un plato; pero les aseguro que rompía muchos.
2.- Hablaba con un hilito de voz, pero debía uno alejarse en el momento en que algo lo perturbara. Cuando lo necesitabas, siempre estaba allí. Le tocaron vivir tiempos económicos difíciles y los superó con la habilidad de un prestidigitador. Entraba y salía de su casa muchas veces; algunas de ellas se quedaba mirando para los mismos edificios de siempre, los de la placita, aunque, como era el caso, se supiera las tejas de memoria; porque aquél es uno de los pocos paisajes urbanos de Santa Cruz que permanece inalterable. La reciente muerte de su esposa le tocó mucho los sentimientos. Julián había envejecido en unos meses lo que los años y los años no pudieron influir en su aspecto. Le encantaba hablar con el doctor José Emilio García Gómez , que vivió en su edificio y era uno de sus amigos del alma.
3.- Ahora Julián se ha marchado a no sé dónde. Tenía 72 años. Yo sé que he perdido a un buen vecino, pero es que Santa Cruz también se queda sin un chicharrero de pro, un patriota canario, un defensor de nuestra identidad, un hombre difícil: divertido en ocasiones; ácido en otras; raro en sus juicios; pero siempre certero en sus comentarios, hechos invariablemente con voz queda y con la muletilla esa del "¿eh?" después de cada frase lapidaria. Se nos queda, poco a poco, vacía la placita recoleta que preside la estatua maltratada de don Ireneo. Se nos alivia la ciudad de amigos. Qué pena; y un abrazo, Julián.
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