ME FASTIDIA REINCIDIR en un tema, pero no me puedo quitar de la cabeza el editorial dedicado hace unos días por "The Wall Street Journal" a José Luis Rodríguez Zapatero. Realmente no es habitual encontrar algo tan demoledor hacia el presidente del Gobierno de un país aliado y amigo, salvo que ya no lo seamos. Porque la opinión de dicho periódico -eso lo sabe todo aquel que conozca como funciona el entramado político-mediático del Imperio- es, en esencia, la opinión directa de la Casa Blanca sobre cualquier asunto.
Dicho de otra forma, "The Wall Street Journal" no le ha enviado un mensaje a Zapatero para decirle que ya está bien. Con él no cuentan para nada desde hace bastante tiempo. Y en Europa, que lo saben, no le hacen ningún caso. Algo que conoce muy bien un gran amigo como es Manuel Medina -un gran humanista; una persona cultísima y excepcional- que, atrapado entre lo que le dice su inteligencia y la lealtad que le debe a su partido, tiene que escribir de incendios para esquivar una dolorosa cuestión: desde que Washington considera -oficiosamente, claro- persona no grata al hombre del talante, en Europa se apartan de nosotros como apestados. Nadie quiso nunca enemistarse con el César; eso jamás fue bueno para el bienestar. Incluso para la salud personal. Y eso lo sabe perfectamente Manuel Medina, porque hay pocos españoles, si realmente existe alguno, que conozca el funcionamiento de los Estados Unidos mejor que él. No sólo en el ámbito político, sino también en el entorno del ciudadano normal y corriente. Eso que se denomina, coloquialmente, el hombre de la calle.
Pero si la advertencia del "Journal" no es para un Zapatero con el que ya nadie cuenta, ¿a quién va dirigida? He hablado del asunto con dos amigos de signo político diametralmente opuesto, pero coincidencias extraordinarias en este tema. La advertencia, y esto es lo grave, se la están haciendo al pueblo español en su totalidad, si me permiten una frase rimbombante pero cómoda. El mensaje es diáfano: dentro de unos meses tienen elecciones; si insisten en que este señor los siga gobernando, allá ustedes.
Es grave porque coaccionar, aunque sea entre líneas y para sobreentendidos, la voluntad política de una nación soberana, supone un agravio mayor que no levantar las posaderas de un banco cuando pasa una bandera. En cualquier caso, un error -uno más- en la política internacional del señor Bush. Si yo fuera uno de sus múltiples y bien pagados asesores, le aconsejaría lo contrario. Le suplicaría que recibiese a Zapatero ya mismo y lo condecorase con cualquier medalla por los muy valiosos servicios prestados. ¿Le conviene a Estados Unidos un país como España? ¿Le conviene a alguien un país al que le matan doscientas personas, y se rebela rabiosamente no contra los agresores, sino contra quien lucha junto a él contra los agresores? En una situación así, lo que conviene es que tal país desaparezca cuanto antes y lo sustituyan un montón de nacionalidades, con las que es fácil entenderse -y doblegar-, en algún caso habiendo posibilidades de petróleo por medio. El oro negro: esa es la clave. Lo ha sido para Irak y posiblemente lo esté siendo para Canarias.
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