El caso Madeleine se ha convertido en todo un fenómeno mediático. Resulta increíble cómo se ha podido mantener esta noticia más de cuatro meses. Ha figurado en las primeras páginas de todos los periódicos del mundo. Incluso hay quienes piensan que Madeleine estará en los titulares hasta después de navidades. Como siempre que la imaginación se dispara, y el gran público lo demanda, el rigor en los planteamientos y el análisis ponderado brillan por su ausencia. Hasta el Vaticano ha retirado hace días de su página web cualquier referencia del caso Madeleine, y ello a pesar de que el 30 de mayo pasado sus padres, Kate y Gerry McCann, fueron recibidos y bendecidos por el Papa en la Plaza del Vaticano.
En todo este asunto han primado factores novelescos. Cada vez se parece más a una novela negra. La policía cree ahora que los McCann enterraron a la niña en la iglesia donde rezaban a diario. Un escenario de tragedia y melodrama. El estudio jurídico-penal, que es al que pretendo referirme con estas líneas, ha estado ausente. Y obviamente hay que partir de la incuestionable disyuntiva, en estos momentos, de que o la policía portuguesa yerra y se equivoca (con una manifiesta ausencia de pruebas suficientes), o los padres de la pequeña Madeleine, haciendo gala de una macabra interpretación teatral, mienten fría y descaradamente.
La policía, que ya ha abandonado el supuesto de la desaparición, o al menos lo ha postergado de momento, baraja en estos instantes la sospecha, mas o menos fundamentada, de la muerte accidental de la pequeña en el cuarto del apartamento la noche en la que se comunicó su desaparición. La investigación contempla varios supuestos. Por un lado, una sobredosis de algún calmante dado por los padres a Madeleine, ya que puede que la niña no conciliara el sueño al estar de vacaciones en un lugar extraño. También se considera la posibilidad de que Madeleine ingiriese algún medicamento mientras jugaba o a través de unas jeringuillas de anestesia de la madre encontradas en un cajón. E igualmente posible sería la muerte accidental de Madeleine provocada por un golpe dado por uno de sus padres que le hizo caer y dañarse en la cabeza. En cualquiera de estas tres hipótesis se piensa que los padres decidieron esconder el cuerpo de la pequeña.
En España tales supuestos figuran recogidos en el Código Penal como homicidio por imprudencia grave. En efecto, en el Código Penal español se recogen dos formas de homicidio, el doloso y el cometido por imprudencia grave. Para que pueda darse el homicidio doloso es necesario que exista intención de matar. Una prueba, la de la intencionalidad, que con frecuencia presenta grandes dificultades. En el homicidio por imprudencia grave, en cambio, lo que se castiga es la inobservancia reprochable de cautelas elementales, es decir, actúa imprudentemente el que no observa el deber de cuidado objetivamente exigible a cualquier ciudadano, produciéndose entonces un resultado de muerte.
En este escenario, podríamos preguntarnos: ¿De qué pruebas dispone la policía portuguesa, o en su caso el Ministerio Fiscal, para acusar de la autoría de un presunto delito de homicidio imprudente a los padres de Madeleine? ¿Son suficientes esas pruebas para la apertura de un juicio oral, teniendo en cuenta que no ha aparecido cadáver alguno? Estas, y no otras, son las preguntas jurídicamente relevantes en el presente momento procesal.
La Fiscalía tiene delante determinadas evidencias para, a la luz de las mismas, decidir si procesa a la pareja de médicos británicos. Vemos así, a vía de ejemplo, las siguientes:
a) Incertidumbre sobre lo que pasó el día de los hechos. Un testigo duda de la veracidad de la declaración de los padres, que manifestaron que eran poco más de las 10 de la noche cuando fue la madre al apartamento para ver a los niños.
b) El lavado del peluche. Un pequeño peluche de color rosa, el favorito de Madeleine, fue lavado pocos días después de su desaparición. Como los perros detectaron cuatro meses después olor a cadáver en el peluche, la policía considera el lavado como un indicio muy sospechoso.
c) Los medicamentos. La madre había reconocido que el día de su llegada a Playa de la Luz había administrado a la niña unos analgésicos porque estaba mal. Pero la policía cree que Kate McCann se equivocó en la dosis y esto provocó la muerte accidental de la niña.
d) La cena y el vino. Kate y Gerry bebieron alcohol la noche que Madeleine desapareció. La policía tiene testimonios que apuntan a que la pareja y su grupo de amigos bebieron 14 botellas de vino durante la cena. El matrimonio niega haber bebido.
e) Manchas de sangre en el apartamento. Más restos de sangre en el coche alquilado 25 días después de la desaparición. Comportamiento delator: ¿Por qué se van únicamente cuando son declarados sospechosos?
En definitiva, cientos de pruebas e informes deberán ser analizados al detalle por el Fiscal. Nada se sabe con rotundidad. Ya veremos.
Lo lamentable de historias como la presente es que hay muchos niños desaparecidos en el mundo de los que nadie se ocupa. Sus familiares carecen de los medios más indispensables. Muy cerca revivimos la imagen de Jeremy Vargas, el niño canario desaparecido hace ya bastantes días.
Y es probable también, si buscamos una explicación a tan amplia repercusión del caso, que exista un cierto complejo de culpabilidad en los padres de 30 a 50 años de no hacer lo suficiente por sus hijos. No dedicarles más tiempo y mas atención. Y claro está, no dejarlos solos.
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