A la vuelta de las vacaciones, intentando actualizarme en los asuntos de Tenerife, he leído con verdadero placer un artículo publicado en EL DÍA por Ángel Isidro Guimerá. Una bella reflexión sobre el magnolio de la casa de sus padres, en el callejón Briones de La Laguna. Recordó la gente del callejón, donde vivía, sin duda, el hombre mejor trajeado de todos los tiempos nacido en Canarias, don José Valcárcel. Se decía que tenía tantos trajes como días el año y que los trajes se los hacía a medida el mejor sastre de París. Mis pupilas fueron atrapadas por el título del artículo periodístico y mi curiosidad recorrió sus líneas con gran satisfacción. Por unos momentos me sentí transportado a la gozosa primera orilla de la vida, a los veranos laguneros y, en especial, a sus días de luz intensa, a las subidas de las tardes suaves con sus cielos áureos, y a sus noches claras y frescas, envueltas en la quietud silenciosa, sólo interrumpida por el canto ubicuo de los grillos.
Para los de Santa Cruz, el veraneo en La Laguna era no sólo un alivio climático sino un cambio de vida. Algunos tenían casa propia en La Laguna, especialmente en los grandes y amplios paseos. Otros se hospedaban en el Hotel Aguere. Y los menos alquilaban viviendas, que los laguneros dejaban libres porque se iban a La Punta del Hidalgo o a Bajamar. Los de Santa Cruz huían de las playas del Sur y los de La Laguna se iban hacia las rocosas costas del Norte. La cuestión era cambiar. El veraneo de los chicharreros en La Laguna se iniciaba después del Carmen, después de embarcar a la Virgen, y terminaba en la Octava del Cristo, con los fuegos del risco y la traca final, cuando comenzaba el otoño, las primeras lluvias y los árboles, ya desnudos, caídos sus ropajes verdes, se separaban.
Aunque se les distinguía fácilmente, los laguneros y chicharreros se mezclaban. En el Ateneo o en el Casino, en el paseo de "Las desesperadas" o en los cines se fundían en amigable soldadura. Compartían las fiestas de San Cristóbal, Los Remedios y la del Cristo. Los de Santa Cruz eran los que más disfrutaban, los más bulliciosos, fuera y dentro de los ventorillos o en los fuegos. Iban a los conciertos nocturnos de la Banda Municipal -entonces, había Banda Municipal- en La plaza de El Adelantado. O a la Recova -entonces, había Recova-. Acudían a la misa del mediodía en La Catedral -entonces, había Catedral-. Y al bar Casino a por ensaladilla rusa. El Camino Largo era el principal punto de encuentro de los más jóvenes.
El invierno, aunque venían muchos estudiantes, era de uso exclusivo de los laguneros. Por mi memoria siento la lluvia caer, el fresco penetrar, la nubes envolverme. Siento el viento colarse por la rendijas de las casas y la lluvia azotar los tejados y las ventanas. Siento las noches oscuras y heladas, los días pálidos, atravesados por el "chipichipi". Los cielos cenicientos. El sosegado frío. La leve tiniebla. La espesa bruma. Las calles mojadas, oscuras y deshabitadas. Los campos verdes. El toque de las campanas, marcando la liturgia de las horas. El agua, que todo cambia y renueva. La germinación de las semillas amortajadas en la tierra, antes reseca.
Se dice que cuando el olvido trabaja en el derribo de la memoria deja para el final las sensaciones olfatorias almacenadas. Lo contrario ocurre cuando comienza a fabricarse la memoria, los primeros recuerdos son los olfatorios. Marcel Proust escribió muchas páginas en busca de las sensaciones de la magdalena y té, que, en su infancia, le ofrecía su tía. El olor de las magnolias sigue en las mejores estancias de la memoria de Ángel Isidro Guimerá. En mi casa no existía árbol alguno. El patio era pequeño y sombrío. La humedad era permanente, resistente a los calores. La Laguna me trae siempre el recuerdo de la humedad, el olor dulzaino de lo mohoso, el umbrío frescor, el verde sin caducar, el agua, siempre el agua.
En el recuerdo sensorial de aquellas noches de verano lagunero, me queda el austero silencio, sólo interrumpido por las notas del piano de una vecina, que nunca conocí, ni intenté conocer, porque siempre creí que era música venida del cielo. Por las noches, cuando el calor languidecía sin desfallecer del todo, cuando abría las ventanas para que el fresco entrara en las habitaciones, oía unas magníficas interpretaciones de los nocturnos de Chopin. Parecía que el piano estaba dentro de mi casa. Era como una canción de cuna. Las melancólicas notas, fusionadas con el poderoso aliento del silencio, en mi cansada mente, se convertían en un alegre deseo de vivir. Pasaba de la vigilia al sueño arrullado por el ritmo de las notas, bendiciendo la noche y la vida. La oscuridad sonora me conmovía. Era una señal de arriba. Un espíritu que me alentaba. Los confusos temores de la noche se desvanecían. Aun en la impenetrable noche hay algo que vive. Soñaba y soñaba. Soñaba que viajaba entre las estrellas, por encima de la oscura capa de la tierra, instalado en la noche de los cielos. Y, al despertar, volvía a una nueva mañana, a una nueva vida.
Entonces los automóviles eran pocos y las guaguas y tranvías descansaban buena parte de la noche. La noche era propiedad de la naturaleza. Pura como el olor de una flor, transparente como la luz, suave como el aire, silenciosa como lo que mi alma ignora. Hoy, muchos años después, en la otra orilla de la memoria, he oído una música inspirada en el "Canto de cuna de una foca" de Rudyard Kipling. Una foca que huye de la cacería de los humanos y se refugia en un lugar seguro para salvar a su familia. Y canta a una hija pequeña una tierna canción.
El magnolio y la canción de cuna de la foca han arrancado del fondo de mi corazón un sentimiento que tenía adormilado: la ternura.
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