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O OÍ EL OTRO DÍA en una emisora de radio. Una individua, con coeficiente intelectual supuestamente por encima de los 200 puntos, le respondía al locutor que, "además de superdotada" ?textual? era no sé cuántas cosas más. Ciertamente se trataba de una individua, si bien eso poco importa. Sabido es ?vanitas vanitatis et omnia vanitas? que la petulancia no tiene sexo. Y si lo tuviese, sería más bien masculino. No hay que ir muy lejos para encontrar claros ejemplos. El caso es que cambié de emisora. Realmente me interesa poco, si es que me interesa algo, lo que puede decir alguien que se considera superdotado intelectualmente, máxime cuando las pruebas de inteligencia que miden esa excelencia neuronal están cuestionados desde hace décadas. Cualquier persona, pero especialmente un estudiante, puede ser un genio en matemáticas y una nulidad en literatura o al revés, mientras que un tercero puede destacar en oratoria: ese difícil arte de subirse a una tribuna y cautivar a un parlamento con un discurso de una hora sin necesidad de leer una mísera línea escrita. ¿Quién de los tres es más inteligente?Lo mismo cabe decir sobre la inteligencia del hombre y la mujer. Hace poco participé en un programa de televisión, como comentarista de un acontecimiento, junto a otro colega. En el plató también estaba una presentadora habitual de la casa. Los tres teníamos auriculares para seguir las instrucciones del realizador. Por lo tanto, podía oír todo lo que le iban diciendo a la presentadora. Me maravillaba su capacidad para hablar ante la cámara y al mismo tiempo escuchar las indicaciones. Una sola instrucción, en cambio, que nos dieron a nosotros mientras comentábamos un detalle técnico, nos dejó paralizados a los dos. Y no era la primera vez que realizábamos una tarea similar, pues ambos nos ganamos la vida más o menos con estos asuntos. Las mujeres son capaces de realizar dos tareas ?o cuantas sean precisas? simultáneamente; verbigracia, escuchar y hablar. Los hombres, no. Por eso los mejores apuntes en la Universidad son los que cogen las chicas. Eso lo sabe cualquier estudiante aficionado a saltarse las clases por sistema. Paralelamente, me gustaría que algunas féminas fuesen capaces de medir mejor las distancias cuando tengo el atrevimiento de echarme a la carretera en una bicicleta. Una cierta desventaja para el cálculo espacial, habida cuenta que no fueron ellas, sino sus compañeros varones, los obligados durante milenios a lanzar flechas contra un mamut o un oso de las cavernas. ¿Cuál de estas dos características innatas hace más inteligente a un ser humano?
El caso es que cuando uno se da una vuelta por la Universidad, encuentra las aulas más llenas de alumnas que de alumnos. Es ya un hecho que los chicos cuelgan los libros antes. Tanto, que el Gobierno de Canarias piensa poner en marcha una campaña para corregir el desequilibrio. Espero que no sea permitiéndoles pasar de curso con más asignaturas suspendidas que sus compañeras, que es lo habitual en estos días. Bueno, ya en serio: el asunto es socialmente más complicado de lo que parece, y acaso precisa soluciones no relacionadas directamente con la docencia. Pero de eso les hablo mañana, que es sábado; día propicio y distendido para filosofar, aunque sea domésticamente.
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