PASÉ MI INFANCIA entre las fincas de viña que rodean mi casa. Recuerdo saltar entre los troncos de las parras, el olor a hierba húmeda tras las lluvias de invierno, el frío en las manos con los sarmientos de la poda, hundirme en la tierra mojada cerca de las atarjeas, sentir el sol en mi cara corriendo entre los pámpanos, envolverme de tierra con las labranzas de noviembre y disfrutar merendando granos de uva en septiembre.
Al llegar la vendimia recomenzaban los quehaceres. Preparar los cestos y las canastas para transportar la uva, limpiar el lagar, enjuagar las barricas y los cascos. Despierto el recuerdo de treparme hasta quedar montado sobre la barriga del tonel a modo de jinete y sentir el balanceo del agua en su interior al ser agitado por mi padre.
Había que barrer los patios, desempolvar los calderos, buscar la leña... El menú estaba claro; pescado salado, papas guisadas, gofio amasado y vino. Para el postre, uvas blancas.
El día de la vendimia amanecía muchísimo más temprano que otros días. Casi nos despertábamos al mismo tiempo que el sol, yo diría que mis padres, hasta un poco antes.
A eso de las siete y media, comenzaban a llegar los madrugadores, cada uno con tijera en mano, preparada para empezar a cortar los primeros racimos barnizados por el rocío de la mañana... Nos reuníamos todos; tíos, primos, hermanos, sobrinos, nietos, abuelos, amigos... Sigilosamente paseando entre las viñas, unos se encargaban de recolectar la cosecha.
Al grito de "cargador, cargador", acudían los responsables de trasladar la uva hasta el puesto de mando, "el escogedor", un cargo de vital importancia, muy reputado y respetado. Era la persona responsable de seleccionar los racimos y desechar aquellos que no cumplieran un mínimo de calidad para obtener un buen vino, separando los más verdes o atacados por podredumbre.
Una vez relleno el cesto, los más valientes los transportaban hasta el lagar, donde aguardaban los repisadores. Ellos comenzaban a media mañana a estrujar y despalillar los racimos de uva, pero de forma manual, o más bien podal diría yo.
Recuerdo el frío de las uvas bajo las plantas de los pies y sumergirme entre racimos hasta la cintura, claro está, que mis manos alzadas apenas llegaban hasta el borde del lagar. Era una operación que requería un tempo preciso, un ritmo bien acompasado...
Viene a mi memoria la sensación dulce y pegajosa del mosto en las piernas.
Bajo el parral en el patio, la mesa estaba servida. Terminada la vendimia las papas ya estaban al fuego. Entre cuentos y cantares, concluía el esfuerzo de un año.
Poco después, entre el lagar y la bodega comenzaría el misterio y la magia de transformarlo en vino...
Este sábado vendimio. Y ¿saben qué?, apenas ha cambiado nada...
¡Salud!
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