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COMENTARIO NACIONAL ANTONIO PAPELL

La peor noticia posible

13/sep/07 02:08
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ESCUCHAR sin intermediarios el discurso de Josu Jon Imaz fue siempre una experiencia refrescante para quienes asistíamos al delirio nacionalista del "plan Ibarretxe", sus prolegómenos y aun sus consecuentes. Aquel personaje joven, menudo y brillante, consejero y portavoz del Gobierno vasco, capaz de hablar con una franqueza sorprendente de asuntos generalmente dramatizados por el radicalismo de sus conmilitones, tenía una idea moderna y tranquilizadora de su partido, que efectivamente fue quedando a la vista a medida que cuajaban los cambios doctrinales que Imaz impuso desde su llegada a la presidencia del partido, pronto hará la friolera de cuatro años.

Las tesis fundamentales de Imaz son simplicísimas: el futuro estatuto del País Vasco ha de ser el fruto de una negociación transversal que asegure la inclusión de ambos hemisferios. Y esta negociación política de gran calado no puede producirse en tanto uno de los interlocutores esté amenazado de muerte por los radicales de la otra parte. ¿Cómo no estar de acuerdo con unos criterios que no son nacionalistas ni españolistas sino que se ajustan al sentido común democrático, a los principios rectores de la convivencia civilizada que emana del viejo humanismo que nos sostiene y nos infunde inteligencia y vida? Frente a él, Egíbar, el epígono de Arzallus, predicaba junto a Ibarretxe la teoría de "acumulación de fuerzas" -nacionalistas, obviamente- y la perentoriedad de la "reforma institucional", resultado de la "voluntad de la soberanía vasca", que a su vez ratificaría plebiscitariamente lo acordado. Tras el fracaso del "plan Ibarretxe", unilateral y rupturista, más "plan Ibarretxe". Y ahora sin disimulo: ni siquiera pervive la condición de que el referéndum se produzca "en ausencia de violencia", que humanizaba el planteamiento general.

Del comunicado de Imaz -poco más se sabe del desastre que lo que se dice en la misiva- se desprende que no hay paliativos, que ni siquiera se ha impuesto una "tercera vía" pactada a medio camino entre sus propias tesis y de las de Egibar. Y que por tanto se marcha a la actividad privada, después de trece años de dedicación al partido. Se va en todo caso diciendo lo que piensa: "creo en una Euskadi en la que los diferentes sentimientos de pertenencia de quienes componemos la sociedad vasca convivan compartiendo un proyecto de país ( ) y en la que los acuerdos amplios entre diferentes sirvan para hacer frente a los retos de futuro".

Frente a tal anhelo, que ahora se pierde, queda, enhiesta, la ponencia que la dirección peneuvista aprobó hace tres días: en ella se apuesta por "recuperar la soberanía nacional" y por avanzar hacia la normalización política mediante "el impulso del derecho a decidir". Algunos pensamos que esta ambigüedad era el precio que Imaz había pagado para sacar adelante sus tesis conciliadoras. Ahora se ve que es la expresión pura y simple de una derrota de la concordia y del sentido común.

Con descarnada franqueza, Rodríguez Zapatero ha manifestado "cierta perplejidad" por la marcha súbita e inesperada de su amigo Imaz, con quien había logrado una relación fecunda y una sintonía tranquilizadora para quienes pensábamos que la cordura había llegado a ciertas circulaciones políticas montaraces de Euskadi. También Rajoy, en esto de acuerdo con su antagonista, ha elogiado la 'integridad' de Imaz y ha manifestado que su marcha es una mala noticia para España.

Efectivamente, así es. Es la peor noticia de todas las imaginables en relación con Euskadi, Y quienes han impulsado esta defección, seguramente a cambio de exacerbar visceralmente sus propensiones soberanistas, han de saber que han entregado raudales de oxígeno a todos los radicalismos vascos, incluido el de ETA, que sale evidentemente fortalecida.

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