ESTO SÍ QUE ES UNA RENTRÉE política en condiciones, como corresponde a unas vacaciones marcadas por el signo del final de la Legislatura y la inminencia de unas elecciones generales: primero, el ucase de Ferraz a los socialistas navarros para que se comporten exactamente al revés de como les dijeron que se comportasen con Nafarroa Bai, y rebelión del socialismo foral contra esta imposición electoralista en beneficio de Zapatero; después, regates dentro del PP protagonizados por Ruiz-Gallardón para colocarse en la pole position en caso de fracaso electoral de Rajoy; y como traca final, anuncio formal de la aparición de un nuevo partido surgido formalmente del colectivo ¡Basta ya!, pero a efectos políticos una escisión en toda regla del PSOE por parte de muy relevantes militantes como Rosa Díez. ¿Quién da más?
Regeneración
La aparición del nuevo partido, que se presentará en sociedad en breve, tiene, a mi modo de ver, más trascendencia que lo que ocurrió en las últimas autonómicas catalanas con Ciutadans de Catalunya, porque tiene alcance nacional, pero también porque las personas que han decidido jugársela han empezado predicando con el ejemplo. En el caso catalán, los promotores rehuyeron la confrontación política y el riesgo personal, y en las listas aparecieron unas personas enteramente desconocidas del gran público; ahora, en cambio, la socialista Rosa Díez empieza dándose de baja del PSOE y renunciando a su magníficamente remunerado escaño de eurodiputada sin estar obligada a ello por ley. Gestos así inspiran un respeto enorme y gran admiración, circunstancias absolutamente esenciales para el empujón inicial de una aventura como ésta. Ciutadans lograron tres escaños. Ya veremos qué ocurre con esta nueva formación; pero de eso nos ocuparemos unas líneas más adelante.
El nuevo partido nace con un propósito fundacional claro: regenerar la democracia española, corrompida últimamente porque el PSOE ha abandonado el sentido del Estado para echarse en brazos de minorías nacionalistas, falsificando así la voluntad de la mayoría del electorado. Para lograr esta regeneración propone, si es necesaria, una reforma constitucional basada en la experiencia de estos últimos treinta años. No es, pues, casual que entre los promotores principales de este proyecto figuren personas hasta ahora militantes y simpatizantes del PSOE, que discrepan radicalmente de la política de Rodríguez Zapatero y han comprobado que es inútil plantearle batalla dentro del partido, compuesto hoy más por empleados de una empresa que por militantes de una causa.
La emergencia de esta nueva formación tiene además una importancia singular porque nace del seno del partido que gobierna. He dicho en este lugar muchas veces que los problemas españoles de fondo no tendrán solución mientras la reacción no surja de la familia socialista. Pues bien, parece que eso está empezando a suceder, para bien del conjunto del país.
Amenaza
Esta iniciativa va a perjudicar doblemente al PSOE, porque no es lo mismo que Rosa Díez y otros militantes y simpatizantes se vayan a casa o que presenten batalla en las urnas. A la hora del reparto de escaños, la abstención no cuenta. Muchos votantes del PSOE, furiosos contra la política de Zapatero respecto a los nacionalismos y a la negociación con la ETA, preferirían abstenerse antes que dar su voto al Partido Popular; pero, si tienen a su alcance una candidatura socialista con sentido del Estado, les será más fácil darle su confianza. Ésta es la doble amenaza que se cierne hoy sobre el PSOE: los votos perdidos, por un lado, y la competencia de otra candidatura a la hora de adjudicarse los escaños.
Se entenderá mejor con un ejemplo: si hubiera una abstención del 80 por ciento, tendría mayoría absoluta el partido que lograse el 11 por ciento, que sería más del 50% de los votos emitidos, únicos que se computan. En cambio, si la abstención es del 20 por ciento, la mayoría absoluta requiere el 41 por ciento del favor del electorado. Pongo ejemplos muy extremos para que se vea con más claridad la diferencia entre perder votos porque se van a la abstención y perderlos porque se van a otro partido.
Las primeras reacciones de portavoces socialistas ante la noticia de la aparición de esta nueva fuerza son más propias de un boxeador sonado que de un analista político, por rudimentario que sea: el portavoz parlamentario socialista en el Congreso, Diego López Garrido, ha dicho que al PSOE le da lo mismo que Rosa Díez y los que la sigan se vayan a casa o que se unan al Partido Popular. Esto no tiene ningún sentido. La mayoría de los apoyos que reciba el partido recién creado le vendrá de sectores abstencionistas y de antiguos votantes socialistas; los votantes del Partido Popular, o se han mantenido fieles y razonablemente conformes con su partido, o si lo han votado con la nariz tapada, como suele decirse, no van a encontrar en una formación impulsada por socialistas de corazón el remedio para su descontento. Muy al contrario, se verán fuertemente estimulados a no castigar a su partido justo cuando el principal adversario puede debilitarse. Además, la aparición de un posible socio que libere al PP de establecer alianzas con los nacionalistas es, probablemente, la mejor noticia que podían recibir los votantes populares inquietos por este perverso uso de los efectos de la ley electoral.
Éstas son, sin embargo, las primeras impresiones tras la noticia política del verano. Faltan por ocurrir aún muchas cosas, y estos meses que vienen prometen emociones fuertes, sin duda alguna. Pero el primer golpe, de momento, lo recibe el PSOE directamente, y de rebote pueden recibirlo los partidos nacionalistas, que pueden perder su condición de elementos indispensables para formar mayoría parlamentaria y, en consecuencia, quedar reducidos a su verdadera dimensión de formaciones locales pequeñas, sin más.
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