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PEDRO MILLÁN DEL ROSARIO

Fin del verano e incendios

1/sep/07 07:55
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BUENO, pues esto se ha terminado. Las vacaciones periodísticas llegan a su fin. Los meses veraniegos, agosto, en especial, constituyen un periodo de pocas noticias trascendentes, salvo catástrofes imprevistas, como fueron los incendios en Tenerife, Gran Canaria y La Gomera. A partir de la semana que viene, lenta y casi dolorosamente, las aguas volverán a su cauce habitual, los coches a las autopistas, los niños a los colegios y todos nosotros a pelearnos con la vida cotidiana.

Con relación al gran incendio de Tenerife tengo que confesar que me resistí a escribir en los días posteriores, porque -por una parte- trabajo directamente y soy amigo de las personas que se dedican a apagarlos, por lo que puede considerárseme poco imparcial a la hora de juzgar los hechos que se desarrollaron y las polémicas que a continuación surgieron. Comprobé, por la profusión de artículos y opiniones vertidas en los medios, que todo el mundo sentía la obligación de decir algo, lo que fuera, aunque no tuviese ni idea de lo que supone un incendio de estas características. El resultado fue una multitud de artículos y declaraciones erradas y erróneas, algo normal en este tipo de coyunturas, cuando nos dedicamos a tocar de oído. Dicho esto con la mayor simpatía posible.

Ahora, con la serenidad que proporciona el tiempo transcurrido, creo inevitable hacer una lectura pausada de algunos aspectos que me sorprendieron durante aquellos oscuros días del ecuador del verano del 2007. En primer lugar, me causó impresión que algunas personas trataran de agredir al consejero insular de Medio Ambiente, Wladimiro Rodríguez Brito, al menos en dos ocasiones, cuando no lo insultaron repetidas veces. Como lo conozco desde hace muchos años, sé el daño personal que le causaron aquellos días, que va más allá de su vocación política. A Wladimiro, seguramente, se le podrían reprochar muchas cosas en su larga trayectoria política pero hay muy pocas personas que hayan demostrado tal compromiso con los montes de Tenerife, con los bosques y con su aprovechamiento forestal.

A eso habría que añadir otro elemento para la reflexión: el lanzamiento de piedras a coches de Medio Ambiente o a los vehículos que abastecían de víveres y de agua al operativo, o los insultos contra los operarios y técnicos que luchaban contra el fuego. Algunos de ellos relativizan esos sucesos, achacándolos al nerviosismo generalizado y me comentan que son anécdotas, sin embargo a mí me parecen nuevos síntomas de una enfermedad que se extiende por nuestra sociedad. Nos estamos convirtiendo en una comunidad cada día más intolerante, más impaciente y más crispada. A la mínima que nos toquen saltamos a la lucha, sin ser capaces de pararnos a pensar, de contar hasta diez, y volcamos toda nuestra frustración, agresividad larvada y complejos con el primero que tengamos al lado.

Las catástrofes naturales en lugares desarrollados son siempre lecciones de humildad para el hombre y la mujer modernos, que tienen tendencia a pensar, de forma inconsciente, que su dominio de la tecnología y los medios técnicos les protegerán de cualquier fenómeno natural futuro. Es provechoso que tengamos siempre presente que no podemos tener la naturaleza confinada en un zoológico para nuestro deleite de fin de semana, para evitar el calentamiento de la atmósfera y que, cuando nos venga mal, podemos desconectarla como un interruptor de la luz. Pasó con el 31 de marzo, con el "Delta" y ha vuelto a pasar con el gran incendio de este verano. Son muchas lecciones en un corto periodo de tiempo. La duda persiste, ¿habremos aprendido? Yo creo que no, hemos demostrado que somos una sociedad que persiste en el error.

Lo mejor de todo: no murió nadie. Las casas se reconstruyen, los pinos rebrotan y la vida siempre acaba triunfando. Una sola vida vale más que 1.000 casas, aunque éstas sean patrimonio cultural o de la Humanidad. Lo lamento por sus propietarios, pero creo firmemente que esa es la primera lectura que debe presidir el análisis general del suceso. Amigos que estuvieron frente a olas de fuego de 40 metros me han relatado momentos de especial zozobra, incertidumbre y miedo que, afortunadamente, se resolvieron favorablemente.

Por otro lado, las catástrofes y las situaciones de riesgo sirven para identificar a cada cual, se caen las fachadas y se demuestra quién está preparado y quién es un incapaz, un inepto o un histérico. Hace falta liderazgo, sangre fría y valor. Valor no es la ausencia de miedo, es la capacidad de superarlo. A algunos alcaldes de los municipios quemados les ha sobrado ese valor y ese liderazgo; en cambio, a alguno le ha faltado. Y me permitirán que no cite nombres, por razones obvias. Espero que también éstos hayan aprendido la lección y traten de mejorar para la próxima.

La ausencia de incendios genera grandes incendios. Es una máxima de los forestales que se demostró en los grandes incendios de los noventa en Estados Unidos. Si la primera potencia mundial y un país con más de un siglo de experiencia en gestión de espacios naturales no es capaz de prevenir y extinguir con facilidad grandes incendios, qué nos hace pensar que nosotros seremos capaces de hacerlo. No existen soluciones mágicas. Volveremos a tener incendios, sólo podemos aspirar a intentar que sean cada vez más lejanos en el tiempo unos de otros. Es un rasgo que demuestra que tenemos una naturaleza viva, no domesticada y eso es un motivo más para la alegría que para la tristeza.

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