EL NUEVO PRESIDENTE de la República francesa, monsieur Nicolás Sarkozy, que relevó al zorro de François Mitterrand, que ese me caía entre bien y mal porque era simpático aparente, pero muy "franchute" , entró por el Eliseo p'adentro rompiendo todos los convencionalismos y todos los protocolos. Yo no sé si participó hasta en los botellones de los jóvenes galos, que ignoro si se parecerán mucho a los de los gamberros españoles, que no respetan nada, pero lo vi en las fotos metido en lo que parecían tenderetes desde los primeros días de mandato presidencial y luego lo he visto, también, fotografiado en viajes a sitios estrafalarios abrazando hasta a Rubalcaba, que hay que tener exceso de amabilidad para eso. Dicen que la oposición no lo puede ver, pero él no le ha hecho mucho caso hasta que, hace unos días, se le ocurrió pedir al Congreso de la República que dictara una Ley bastante orignal: capar a los pederastas. A los pederastas se les llama así como a los maricas se les llama homosexuales y a las tortilleras, lesbianas, para parecer más finolis, pero los primeros son unos grandísimos hijos de furcia, degenerados despreciables que se dedican a violar sexualmente y hacer otras barbaridades con los niños, a veces con criaturas de meses. Y a un servidor, aunque sea católico practicante y crea que los derechos humanos son sagrados, le parece bien que con esos sujetos se haga todo lo malo que se ha inventado en las más crueles civilizaciones conocidas. Recuerdo que, hace unos años, vi una película experimental que, aunque ya me habían contado el argumento, me quedé asombrado. Se trataba de escenas reales cometidas en una tribu salvaje de la Selva Amazónica y captadas por un equipo, uno de cuyos componentes murió en la aventura. Se veía en la pantalla una hilera de indígenas de aquellos con vestimentas estrafalarias, desnudos de medio cuerpo abajo y en el lugar del pene como un cucurucho que les prolongaba el órgano. Era el momento del cumplimiento de una pena a aquellos desgraciados. Salió una especie de hechicero con un tremendo cuchillo en la mano y fue cortando los cucuruchos con el pene dentro, a sangre fría y como quien corta plátanos, sin que los condenados soltaran un quejido como no haría usted, señor lector o un servidor de ustedes si me hubiera tocado comparecer en aquel cadalso de penes encucuruchados.
Leí en qué consistía el "Capado químico" pero no me convence porque no se sufre como corresponde a un degenerado de ese calibre. Pero ya la oposición al presidente Sarkozy ha puesto el grito en el cielo cuando, en estos casos, se debe poner el grito en el infierno.
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