Cultura y Espectáculos
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JORGE ROJAS HERNÁDEZ

La riada

27/ago/07 01:40
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Durante unos segundos ambos permanecieron en silencio, sólo roto por el estruendo de la pala mecánica, que continuaba su trabajo. En aquel momento cargaba de escombros un camión que poco antes había descendido por la rampa hecha al efecto.

?Se me estaba ocurriendo una idea... ?dijo Pardo poco después con gesto pensativo.

?¿Qué? ?respondió Fresneda frunciendo el ceño al ver que el inspector se callaba sin concluir la frase.

?No... no tiene importancia. De todas maneras, dígame una cosa. Usted llegó a ver las huellas de pisadas que había en la cueva, ¿verdad?

?Bueno... sí, aunque fue el señor Sosa quien primero se percató del interés que podían tener ante la investigación de lo sucedido. Ninguno de nosotros, por consejo del arquitecto, quiso bajar hasta que alguien del museo viniera a comprobar si la cueva tenía alguna importancia arqueológica.

?Sosa me dijo que eran de calzado deportivo. Concretamente, de unos tenis.

?Sí, en efecto. Además dijo que las huellas parecían recientes. Lo que sí está claro es que quien profanó la tumba no calzaba zapatos normales, porque tal y como está el terreno se habría resbalado al subir a ella desde el barranco. Hace falta un calzado apropiado para llegar hasta aquí...

?Sí, en eso tiene razón. Lástima que el polvo que originó el derrumbamiento no nos haya permitido sacar un molde de las pisadas.

?Habría sido imposible. De todas maneras el señor Sosa sacó bastantes fotografías cuando entró, aunque no sé si se apreciará bien en ellas su dibujo.

?Quizá sí... Ya hablaré con él.

Minutos más tarde Pardo abandonó la obra y se dirigió hacia la cercana avenida General Mola. El calor con que había comenzado la mañana se había acentuado y no soplaba la más ligera brisa. Los árboles que jalonaban la avenida ofrecían su sombra gratificante, a la cual se acogía los que transitaban por las aceras. Por la calzada, gran número de vehículos se dirigía hacia los barrios altos de la ciudad dejando detrás el humo de sus escapes, que ante la ausencia de viento convertía el ambiente en casi irrespirable. Absorto en sus pensamientos, dándole vueltas a la idea que se le había ocurrido mientras hablaba con Fresneda, bajó hasta la plaza de la Paz y tomó un taxi. Ordenó al chofer que lo condujese a la comisaría y, tal y como le había sucedido en otras ocasiones a lo largo de su carrera, se dijo que no debía sacar conclusiones sin tener pruebas. Al pasársele por la cabeza la idea de que el "Miserias" había estado en la cueva le había parecido muy plausible, pero ahora lo dudaba. Y no tardó en comprobar que sus aprensiones no eran erróneas. Una vez en su despacho, sintiendo que el corazón le latía con mayor ritmo, cogió de uno de los cajones la carpeta que guardaba todos los documentos relacionados con la muerte del "Miserias" y comprobó lo que ya con anterioridad intuyera: en las fotos obtenidas del cadáver del vagabundo éste aparecía calzado con zapatos normales. Para confirmar esta circunstancia, desplegó entonces sobre la mesa las que se habían obtenido en la cueva, y comprobó con satisfacción que no se veían ni zapatos ni tenis de ningún tipo. Aparentemente, el único calzado que poseía el "Miserias" al morir era el que entonces utilizaba.

17 de mayo, viernes

En la reunión sostenida aquella mañana en la Comisaría de Policía estuvieron presentes todos los inspectores excepto Pardo, que se incorporó media hora más tarde. Traía un par de folios en las manos y se le notaba algo excitado.

?Discúlpeme, comisario ?dijo al entrar?. Estaba esperando unos informes que me acaban de llegar.

?¿Relacionados con la muerte de los vagabundos? ?le preguntó Estévez enarcando las cejas?. Hace días que no nos dices nada al respecto.

Fuese cual fuese el asunto que estaban tratando al él entrar, quedó postergado al ver su estado de ánimo.

?Porque no tenía nada que comentar ?respondió Pardo recuperado ya el aliento que las prisas por llegar a la reunión le habían alterado?. Ahora, me da la impresión de que tenemos algo; esa, al menos, es mi conclusión.? Se percató de la atención que le prestaban todos los reunidos, de modo que continuó?: Ya les había dicho que el antropólogo del museo, Felipe Sosa, estuvo convencido desde el primer momento de que la momia guanche hallada debajo del puente de El Cabo, en el barranco, proviene del enterramiento descubierto en esa obra de la calle Salamanca. Pues bien, tanto Sosa como nuestro laboratorio han analizado la piel de cabra que envolvía la momia. Las muestras las han comparado con las de ese enterramiento y el de la ropa del "Miserias", y el resultado no ofrece dudas de ninguna clase: es el mismo.

En aquellas reuniones matinales Estévez prefería mantenerse en silencio. Le gustaba que fuesen los inspectores que tenía bajo su mando quienes intercambiasen opiniones entre sí, por cuyo motivo dichos encuentros solían ser enriquecedores y esclarecedores.

?O sea que, aparentemente, fue el mismo "Miserias" el autor del robo ?dijo uno de los presentes, un tipo de unos cuarenta años de aspecto a propósito algo desaliñado pues trabajaba en los barrios marginales de la ciudad.

?Tú lo has dicho: aparentemente. Lo único que parece claro es que el "Miserias" tuvo la momia en sus manos, pegada a su cuerpo; por eso la ropa se le impregnó con el polvo que aquella tenía adherido. Sin embargo, aunque no pudimos tomar huellas de las pisadas que había en la tumba, no hay duda de que pertenecían a calzado deportivo. Incluso podríamos atrevernos a decir que a tenis distintos.

Estévez enarcó ligeramente las cejas y preguntó antes que Pardo continuara:

?¿Quieres decir que pudo haber alguien más con el "Miserias"?

?No sólo eso: a primera vista parece que el "Miserias" no estuvo en la cueva. Se da la circunstancia de que cuando se halló, su cadáver estaba calzado con zapatos normales, de suela, y en la cueva donde vivía, yo mismo lo comprobé, tampoco había tenis de ningún tipo.

Durante unos instantes sus compañeros se miraron entre sí, conscientes de lo que Pardo quería dar a entender con sus palabras. Acostumbrados a manifestarse con absoluta libertad, sin pensar en lo absurdas que algunas de sus teorías podían resultar, Estévez se fijó en Miranda y le hizo una seña para que fuese él quien primero expresara su opinión.

?Si no me equivoco, estás pensando en otra persona como autora del robo ?dijo entonces el inspector sopesando bien sus palabras.

?No tengo la menor duda ?afirmó Pardo resueltamente?. Me atrevería a decir que alguien descubrió de manera fortuita la entrada de la cueva, robó la momia, o las momias, por la noche y las ocultó en algún sitio. El "Miserias" lo descubrió y quiso aprovecharse de ello. Es posible que pretendiera chantajear al autor del robo. Si este no se avino a sus pretensiones, no cabe duda que el final pudo ser el que conocemos: el asesinato del "Miserias". Pero no sólo eso. Antes os he dicho que las huellas, aunque poco claras, pueden pertenecer a tenis distintos. Lógicamente resulta arriesgado adelantar conjeturas porque el asunto no está claro todavía, pero me atrevería a decir que el robo de las momias lo realizó más de una persona.

18 de mayo, sábado

Una vez más los periódicos se hicieron eco del ?caso de las momias?, así, en plural, como se habían habituado a denominarlo. La policía, siempre discreta en sus manifestaciones, no había declarado nada al respecto, pero alguien relacionado con el Museo de la Naturaleza y el Hombre no mantuvo la misma discreción. Cuando se supo la historia de la momia hallada debajo del puente de El Cabo, ese fue el tema de conversación en todos los lugares públicos de Santa Cruz. Acostumbrados a otro tipo de noticias, los ?chicharreros? habían olvidado casi por completo el descubrimiento del enterramiento guanche. No era una noticia ?con gancho?, capaz de llamar la atención de mucha gente, pero cuando aquel sábado se supo por los periódicos que el ?Miserias? quizá había sido asesinado por estar implicado en el asunto la curiosidad se hizo general. Por si fuera poco volvieron a relacionarse la muerte de los dos mendigos, el ?Miserias? y el ?Pulpo?, haciendo que la imaginación se disparase en un intento de explicar qué había sido de las momias que se suponía robadas. Algunos apuntaron la posibilidad de que, aun sin el valor antropológico de las egipcias o mayas, alguien estuviese interesado en hacerse con ellas, para lo cual había acudido a los buenos oficios de los dos vagabundos. No explicaban, sin embargo, por qué sus cadáveres habían aparecido con golpes muy similares en la cabeza. Si habían sido asesinados, ¿quién y por qué motivo había querido deshacerse de aquellos dos pobres desgraciados? Otros, menos informados, ignorantes todavía de que el polvo que impregnaba la piel de cabra que envolvía la momia y el de la ropa del "Miserias" eran iguales, dijeron que todo era una invención de los profesionales de la información, una especie de "serpiente de verano", para vender más periódicos. Por último, hubo quien se atrevió a acusar al profesor Sosa de dar más relevancia de la normal al asunto, con la idea de que la gente mostrara más interés por el Museo y la labor que él realizaba.

Fue una mañana, en definitiva, que Miranda recordaría durante toda su vida, aunque por otros motivos. Se hallaba poco después del mediodía en su despacho, escribiendo un informe sobre un robo denunciado hacía unas horas. Desde que investigaba la muerte de Manuel Solís, sin resultados que condujesen a su resolución, se había ocupado de otros casos que el comisario Estévez le había asignado. Su pundonor profesional había provocado en él una sensación de fracaso, de incapacidad, sólo superada por la casi seguridad de que en algún momento, cuando menos lo esperase, surgiría en su camino una pista que volvería a poner el caso de actualidad. Por eso el corazón le dio un vuelco cuando le pasaron una llamada y oyó una voz que le resultó conocida desde el primer momento.

 

Resumen de lo publicado

Tras la riada del 31 de marzo de 2002 se encuentra en Los Campitos el cadáver de Manuel Solís, un contratista de obras. Se encarga del caso el inspector Miranda. Poco después aparece en el barranco de Santos el cuerpo sin vida de un mendigo, El Pulpo, asesinado. El inspector Pardo es asignado al caso. Unos días más tarde es descubierto, también en el barranco de Santos, el cuerpo de otro vagabundo, El Miserias -de cuya investigación igualmente se hace cargo Pardo-, planteándose la posibilidad de que las tres muertes puedan estar relacionadas. Unos días después, mientras se excava un solar sito a la vera del barranco, el terreno cede y la pala mecánica que realiza el trabajo cae en una especie de cueva. Tras la sugerencia de uno de los trabajadores de que pueda tratarse de una antigua cueva utilizada por los guanches, la policía municipal decide poner el asunto en conocimiento del Museo de la Naturaleza y el Hombre. Felipe Sosa, jefe del servicio de antropología, acude a la obra y confirma la naturaleza del hallazgo al descubrir en ella objetos utilizados por los primitivos pobladores de la isla. No obstante hay una dificultad que impide cerrar el caso: en el suelo de la cueva se aprecian huellas recientes de calzado deportivo. El problema se agudiza cuando a los pocos días se hallan los restos de una momia guanche en el puente del Cabo, escondidos debajo de una de las vigas, muy cerca de la cueva donde vivía el "Miserias".

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