MIENTRAS NOS RECUERDAN no morimos del todo. Sólo el olvido causa la muerte dentro de la muerte.
Se conoce una persona, pero hasta que no se escribe sobre ella, hasta que no se pone tinta negra sobre papel blanco, no se forma un verdadero concepto sobre ella. Una idea escrita engendra otra idea y ésta otra, así, hasta llegar al momento de la esencia común, la constatación de que las personas compartimos cosas en común. Cuando escribimos sobre alguien mezclamos pensamientos de uno y del otro. El que escribe sobre otros también escribe sobre él. La esencia humana es común.
Tengo sobre la mesa de mi despacho el denso y voluminoso expediente académico del que fuera miembro de número de esta Real Academia, Felipe Gómez Ullate. Está su magnífico discurso de ingreso, el de contestación del doctor Darias Montesinos, sus intervenciones y participaciones, las actas de sus años de secretario y está su abultado currículum profesional. Hasta hay datos sobre su carrera militar. Papeles y papeles para pasto de las polillas o trabajo de los historiadores. Si en ellos me emperrara perdería el tiempo, pues mi mente, cuando habla de amigos, no está para reunir datos.
No me interesa la anatomía de la vida, me interesa el espíritu de la vida. Me gusta la historia, me gustan los historiadores que recogen los datos sin poner nada de su propia cosecha. Pero no soy uno de ellos, prefiero buscar el lado escondido de la realidad que a la realidad misma. Cosas de la edad. Los niños y los viejos compartimos locura. ¡Qué le vamos hacer! Felipe, tengo que hablar de ti en esta sesión necrológica. Me lo han pedido. Y algo debo hacer con mi herrumbrosa herramienta de escribir y con las astillas del espejo roto de mi memoria. Ahí va, aunque con dificultades, porque, como escribe Carlos Murciano:
Las manos del olvido
Tienen los dedos destrozados
De aferrarse a las puertas de la memoria, justo
Cuando van a cerrarse.
A ti, Felipe, no te gustaría una cosa triste; a mí, tampoco. La muerte no es triste para la gente de, con y para Dios. Venir de, estar con y marchar para constituye el ciclo vital de la fe. Y tú eras hombre de fe, de los que saben que morir no es morir para siempre, que la muerte no es otra cosa que ceder el sitio, que la vida eterna es posible por la renovación de la vida. La caducidad de las vidas hace posible la perpetuidad de la vida. Pura Biología. La muerte es un paso al infinito, al cielo de las estrellas incontables. Un simple cambio de ciudadanía, de la ciudad del tiempo a la ciudad de la eternidad. Un viaje con sólo equipaje, la maleta del silencio. Mientras vivimos somos tiempo. En la muerte somos silencio.
A ti, Felipe, que fuiste un hombre serio, que utilizabas la lealtad y la honestidad sin esfuerzo, como algo pegado a la carne e hincado en el alma, como virtudes heredadas. Así es, no lo dudes, porque los pensamientos secretos o manifiestos de los padres se heredan. ¡Qué bueno es ser bueno! El gozo de la bondad. La bondad de la bondad de la bondad. La satisfacción de la gracia. La bondad, aunque sea herida o maltratada, no cede su sitio. La bondad no entiende las lenguas de la vanidad o la envidia y otras malas artes. La bondad se escribe con trazos firmes. Se fortifica con sus propios materiales.
A ti, Felipe, que fuiste un amigo sincero. Aunque éramos de caracteres distintos, y aunque caminamos por el mismo sendero y con el mismo ritmo, donde es posible el choque y el adelantamiento, siempre fuimos buenos amigos. Supiste soportar, sin inmutarte, los soplos envidiosos convertidos en huracanadas calumnias, que intentaron romper nuestra amistad. Aún permanece en mi memoria, en toda su frescura, el remanso de comprensión que creaste junto a la verja del Club Oliver, como si nada hubiera pasado. Creo que es la mejor prueba de amistad que he recibido en mi ya larga vida.
¿Recuerdas cuando operaste un adenoma de suprarrenal en la vieja clínica de Llabrés? Un Cushing que yo, al estilo de la medicina de Marañón, había diagnosticado por las distintas fotografías de la mujer, cuando las determinaciones hormonales no habían llegado a las orillas de Anaga. Y localizamos el adenoma por el neumo-retroperitoneo, cuando aún el ultrasonido estaba metido en cuestiones de guerras, buscando submarinos.
¿Recuerdas cuando fuimos a celebrarlo? Un diagnóstico y una operación como aquella lo merecían. Recuerda que fuimos con nuestras mujeres a cenar a un restaurante recién estrenado en Vistabella, cuyo techo era como las aladas tocas blancas de las monjas de la Caridad. Sus amplias cristaleras permitían ver Santa Cruz en toda sus extensión, la ciudad del tiempo, iluminada por la luces paralelas que marcan las calles, por los focos que delimitan los espacios circulares y cuadrangulares, y una luna clara, custodiada por millones de estrellas, se reflejaba en el mar que parecía un espejo abrillantado. Haz memoria, que la memoria como la vida es eterna. Estuvimos esperando en el lujoso comedor dos horas. Aunque no habíamos agotado la conversación, ya estábamos con el epigastrio pegado al espinazo, cuando un estruendo, con timbres de metales percutidos, porcelanas dañadas, cristales estallados y líquidos desparramados y salpicados, explotó en las escaleras que conducían desde la cocina al comedor. Por mi cabeza, en el sopor del hambre, un pensamiento recorrió mi agotado entendimiento: "La bandeja de nuestra comida se ha caído". El camarero, embadurnado por los escombros de la cena perdida, con granos de arroz adheridos a sopas y pescados a salsas, nunca antes probadas y dos horas esperadas, en su blanco uniforme llevaba pintado con materiales, que minutos antes fueron comestibles, un cuadro con matices surrealistas. Habíamos esperado dos horas. No era cuestión de esperar otras dos. Nos fuimos sin comer. Se nos pasó el hambre. La ahogamos con la risa. Miramos al cielo y las estrellas seguían allí. La luna nos sonrió.
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