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LUZ EN EL CAMINO FERNANDO LORENTE, O. H. *

Reflexión veraniega: las palabras

22/ago/07 01:57
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¡MUCHO CUIDADO CON ELLAS! Cuando oímos unas palabras, casi siempre no sabemos si nos llegan desde la superficie de las personas que las dice o les brotan del fondo del corazón. Si les nacen en la piel, no reflejan lo que piensan y sienten, puede incluso que nos estén engañando, pues en el interior de cada persona es donde se cuece su verdad más auténtica. Entonces, ¿cómo podremos saber distinguir, desde fuera, la verdad o la falsedad de las palabras que escuchamos? Pues, la verdad, no hay más que un modo de saberlo, y la historia de todos los tiempos nos lo viene demostrando: los hechos. A ellos, mucho más que a las palabras, se asoma la verdad más honda que poseemos. Ellos acaban por desenmascarar las más redomadas mentiras y por verificar las verdades más increíbles.

Dios es el único que conoce el fondo de cada persona. Él sabe lo que hay detrás

Y por dentro de cada palabra que decimos, la verdad o mentira de nuestras apariencias. Él no se deja engañar por lo que digamos; sabe que acabará aflorando lo que en verdad piensa y dice nuestro corazón. Así nos lo confirma Jesús en la parábola de los hijos, donde nos señala el camino para acercarnos al fondo del problema. ¿Cuál de los dos obedece de verdad al Padre?: ¿el que se lo dice con palabras, o el que "hace" lo que el padre le pide? El hijo complaciente resultó que no tenía más que fachada; el hijo impulsivo, en cambio, a pesar de su pronto tosco y desagradable, poseía un corazón sano que acabó por imponerse.

No nos engañemos. Sólo la autenticidad en el pensar y en el obrar es lo que interesa. La verdad honda de las actitudes acaba saliendo a flote mientras que -según aquel dicho tan sabroso- al embustero se le acaba alcanzando porque "la mentira tiene las piernas cortas". Cristo exige una clara definición en su seguimiento. La madera arde con facilidad, pero muy fácilmente se apaga. El hierro arde con dificultad, pero mantiene, más prolongadamente, el fuego.

En la historia de muchos cristianos, el encuentro con Dios se celebró con la espontaneidad del encuentro mismo con la vida. Dios fue una llama que ardió desde el primer día pero, sometido al soplo constante de una existencia, excesivamente aireada por todos los costados de los afanes materiales, terminó, si no apagándose, manteniendo unos leves y pálidos destellos apenas perceptibles. Es decir, se pueden mantener, por fuera, unas maneras externas repletas de gestos y, por dentro, un alma vacía de Dios. Se puede decir sí al Amo y, luego, perderse en el camino sin llegar al tajo de la viña. Y, por el contrario, se puede caminar a contrapelo de Dios por la vida, desoyendo la llamada del Amo de la viña y, sin embargo, llevarse la gran sorpresa de encontrarse con unas personas que sudan y sangran su compromiso a favor de todos aquellos que tienen necesidad de sus servicios. Nunca fallan. Para estas personas, omitir esfuerzos posibles, cuando existen necesidades ciertas, es omitir obligaciones de justicia. Vivir este compromiso con el Amo de la Viña, que nos relata san Mateo (2l, 28-32), cuánto importa que lo conozcamos, lo vivamos y lo trasmitamos con los hechos para no engañarnos, ni engañemos a los demás.

* Capellán de la Clínica

S. Juan de Dios

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