CON LA MEMORIA OCURRE los mismo que con los viejos baúles de las abuelas. A veces, buscamos con empeño y desesperación un trozo de tela de un determinado color y de una clase definida, y no lo encontramos por ninguna parte, pero nos sorprendemos gratamente con cosas que teníamos completamente olvidadas. Y el día que buscamos algo distinto vemos en lugar preferente lo que antes buscamos sin éxito. Y cuando cogemos el recuerdo, vemos cómo un recuerdo trae otro, y éste a otro, hasta que completamos una pequeña historia. Y esto me ocurrió cuando quise escribir unos folios para un acto en memoria de un médico amigo. Cuando tiré del primer recuerdo saqué otros recuerdos, que estaban ensartados por el tiempo y otros hilos más sutiles.
Y tuve que revolver el baúl de la memoria para cumplir con un acto que se celebró el 3 de julio, en la Real Academia de Santa Cruz de Tenerife, en una sesión solemne en memoria del que fuera académico de número don Felipe Gómez Ullate, que fue un urólogo de prestigio, establecido en la rambla 25 de Julio, y jefe del Servicio de Urología del Hospital Universitario de Canarias. Las sesiones en memoria de los académicos fallecidos es una norma establecida desde la fundación de la Academia. En ellas intervienen los que estuvieron más próximos al homenajeado. Y, para cumplir con tal compromiso, como dije, intenté resucitar de la fosa común del olvido algunas hechos y algunas personas que tuvieron relación con él y la Medicina canaria de su tiempo.
Y de las neuronas residuales que los años han respetado extraje lo que pude sobre la Medicina Canaria, empezando por lo que fue la Urología en Canarias. En el principio la Urología fue considerada como pura fontanería médica, con un obligado precepto: "mejor meter el dedo que meter la pata". El tacto rectal era la más sencilla y la mejor exploración para la próstata, causa principal, con los cálculos, de las dolencias urinarias. Los urólogos eran desatascadores que, además de la talla y la sonda permanente y la entonces dificultosa extirpación de la próstata, usaban la cola de caballo, la greña de millo y el agua rompepiedras.
Había otra molestia de difícil arreglo, la de los viejos con la entrepierna amarillenta, los que orinaban "fuera de la bacinilla". Lo que en términos científicos se llama incontinencia urinaria. La incontinencia de los niños se arreglaba con remedios caseros. Las de los mayores tenía difícil arreglo. Los tumores "había que cogerlos a tiempo". Las infecciones se curaban con sustancias que coloreaban la orina de azul o de rojo. Las venéreas y enfermedades médicas del riñón se las repartían entre los médicos generales y los urólogos.
La verdadera especialidad urológica nace en el siglo XX. Iniciada y dominada en su totalidad por la prestigiosa figura de Ponce, un médico que se especializó en Montpellier y se estableció con gran éxito en Las Palmas. Los tinerfeños viajaban a Las Palmas en los lentos y viejos correíllos de altas chimeneas empenachadas por una densa nube negra de carbón quemado. El pasaje costaba 10 pesetas, menos que un viaje en coche a Los Silos. Hacían la travesía nocturna, con mareo incluido a la vuelta de La Isleta, en el Viera y Clavijo o La Palma, para dejar sus próstatas o cálculos en las manos de tan señalado urólogo. Ponce recibía a los tinerfeños en el muelle de Las Palmas.
Mientras tanto, en Tenerife, Bañares Zarsosa y Francisco Suárez, aunque demostraban sus experimentadas habilidades, no conseguían detener la emigración de los enfermos metidos en dificultades urinarias hacia Las Palmas. Además, Bañares Zarsosa, en la calle Pérez de Rozas, esquina Jesús y María, poseía una buena clínica, de acuerdo con los conocimientos de la época. Fue por los años 50 y los 60 cuando Tomás Naranjo Gil, primero; Felipe Gómez Ullate, después, y Francisco Bañares Baudet, más tarde, consiguieron detener casi en su totalidad el éxodo urinario a Las Palmas. Naranjo trabajó en la clínica Capote, Gómez Ullate en la de Llabrés y, más tarde, en la Residencia de La Candelaria, donde fue jefe de servicio de Urología; Bañares trabajó primero en la clínica de su padre y luego en el Hospital Universitario. A finales de los setenta, aparecieron los nefrólogos que, encabezados por Macías, se apropiaron, con todos los derechos, de las enfermedades médicas del riñón.
Los servicios de Urología de La Candelaria y del Universitario se desarrollaron por los impulsos de Gómez Ullate y Bañares, respectivamente. La historia actual es bien conocida por todos. Los trasplantes renales se realizaron con gran éxito muchos años antes en Tenerife que en Las Palmas.
El éxodo de enfermos a Las Palmas no fue sólo para los enfermos urológicos, también, se extendió a los locos o tocados. A pesar de que en Tenerife, Fariña, Parejo, Pérez y Pérez y, más tarde, Carlos Pinto tenían una formación actualizada y practicaban una excelente psiquiatría, la personalidad de O´Shanahan, con su clínica y sus conocimientos, no exentos de un gran fondo de Humanidades, hizo que fueran a su clínica muchos esquizofrénicos y otros tantos maniacodepresivos de Tenerife, especialmente los tocados adinerados. Posteriormente, cuando, la psiquiatría introdujo los modernos tratamientos, los manicomios perdieron exclusividad y los correíllos dejaron los mares a otras quillas más rápidas, en los tiempos actuales, los nombres, con raras exepciones, se diluyen en las instituciones.
A pesar del éxodo, nunca hubo competencia entre la Medicina de Las Palmas y la de Tenerife, sólo se complementaron. Los correíllos llevaban enfermos a Tenerife o a Las Palmas indistintamente. Aunque las especialidades médicas fueron anteriores en Las Palmas, las figuras de Guigou Costa, González Coviella, primero, Cerviá, Barajas, Martín Herrera, Vidal Torres, García Estrada, algo después, prestigiaron tanto la medicina tinerfeña que el flujo de enfermos se estableció en ambas direcciones.
Y llegamos a los tiempos en que la medicina es cuestión de políticos. Y en una isla sobran camas y en otra faltan. Hay hospitales más grandes en una que en otra. Hay técnicas que se disputan, aparatos que se consiguen en un sitio y en otro no. Y aunque ya no hay correíllos, hay aviones o helicópteros para transportar enfermos de las islas menos dotadas a las más dotadas.
Perdonen este deslavazado artículo, pero está hecho con retales de la memoria, igual que mi abuela materna arreglaba sus viejas ropas con trozos de telas que guardaba en un viejo baúl.
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