SIN LA MÁS MÍNIMA DUDA, don Francisco Elá Abeme es mi muy mejor amigo (como decía el triplemente oscarizado actor Tom Hanks en la excelente película "Forrest Gump" que él protagonizó) a la par que padrino de mi jura como abogado ejerciente en la década de los ochenta, además de uno de los letrados más sólidos, considerados, prestigiosos y cultos con que cuenta, se nutre y enorgullece el Ilustre Colegio de Abogados de Santa Cruz de Santiago de Tenerife. Por ello, y tras cumplir recientemente sus primeros veinticinco años de ejercicio profesional amén de los "taitantos" (y permítaseme la licencia de remedar a la inimitable Lina Morgan) que aún le restan por atrochar por esta hermosa, sin parigual y fecunda aunque procelosa y aspérrima encomienda iurispericial, no me cabe otra opción ¡nobleza obliga! que felicitarle por su aguante, su paciencia y su paradigmático buenhacer. Pues tratándose de una vocación en la que los más suelen despedirla con la toga puesta cuando menos se lo esperan, no será ocioso que haga un somero recorrido por su arduo y luengo peregrinar.
Así, Paco Elá, como todos los compañeros de profesión le conocemos, llegó de su pueblo natal, Añisok (significa literalmente "entrada de elefantes"), sito en a la sazón provincia de Bata, en la parte continental de la antigua Guinea Ecuatorial y hoy República de Guinea Ecuatorial; decíamos, pues, que arribó a esta isla el 23 de septiembre de 1971 para matricularse en la Facultad de Derecho. Ciertamente, no venía con las manos vacías cual estulto y paupérrimo ignaro ya que, previamente, había realizado su paso por la Universidad de Yaunde, capital de la República de Camerún, en la que se hizo diplomático de carrera. Por ello, tras principiar los estudios de jurista, al poco de ello matrimonió con su indeficiente compañera de fatigas y madre de sus cuatro hijos, su mujer Dulce, terminando, años más tarde y de manera brillante, su segunda licenciatura: la de Derecho. Y ello, con todos los inconvenientes que conllevaba el estar casado, tener hijos y unos ingresos económicos escasos. Sin embargo, su actitud fue siempre inmarcesible, inasequible al desaliento y partidario indiscutible del lema: para atrás ni para tomar impulso. Hoy, un cuarto de siglo más tarde de su jura como abogado en ejercicio y celebérrimo como la ruda, nos topamos con un letrado peritísimo en Derecho Penal, con un diplomático en sazón tiempo ha, con un cuasi licenciado en Historia, con un políglota periculto, con un elaborado escritor y con un estupendo ser humano que han tervenido e interviene en múltiples foros. Poco más se le puede exigir, por ende, a este canario por prescripción adquisitiva que va dejando una estela de su excelente quehacer en esta macaronésica y canaria ínsula de Tenerife, que no de Malindrania, al decir de el ingenioso hidalgo de la Mancha, que lo ha acogido como a un hijo más. Me place y me plugue, pues, y de manera muy grata, el poder escribir estas líneas dedicadas a una persona que me honra con su amistad, con su compañerismo y con su vecindad.
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