VIENE DE AYER
Cuando, tras el desayuno, Salka Embarek se dispuso a saludarla, Hilu la detuvo con un gesto adusto:
-No deberías hablar con extraños -dijo.
-¡Pues si no hablo con extraños, ya me dirás con quién demonios voy a hablar -respondió ella con acritud-. Al único que conozco es a ti, y no sueltas prenda.
El chiíta pareció comprender que le asistía toda la razón y, tras lanzar una ojeada a la mujer sentada en un tronco y que parecía ajena a cuanto no fuera la superficie del agua, comentó:
-¡De acuerdo! Pero ten cuidado con lo que dices. Me acercaré a la gasolinera a comprar comida.
Echó a andar sin prisas y de inmediato, la muchacha se aproximó a quien intentaba pescar con escaso éxito y no parecía haber advertido su presencia.
-¡Buenos días! -saludó.
-¡Buenos días, pequeña! -replicó la anciana sorprendida y con una amplia sonrisa-. Me alegra que aún estés aquí. Imaginé que cuando me levantara ya habrías emprendido la marcha y me sorprendió ver vuestro vehículo.
-Pero es que al parecer usted se levanta demasiado temprano.
-Las truchas y las viejas dormimos poco, querida. Pero me da la impresión de que hoy se les han pegado las sábanas a esas malditas.
Salka Embarek se acomodó a su lado, sobre el tronco, para señalar el río con un gesto de marcada incredulidad:
-¿De verdad hay truchas aquí?
-Una vez mi marido cogió una de más de dos kilos, sentado en este mismo sitio ¿Te gusta pescar?
-Nunca lo he hecho.
-En un rincón del armario que está entrando a la derecha aún debe de estar la caña de Frank -dijo ella señalando con un gesto su autocaravana-. ¡Tráela y te enseñaré cómo se hace!
La suerte de los principiantes quiso que a los pocos minutos de lanzar el sedal, una trucha, no demasiado grande pero peleona y saltarina, picara en el anzuelo de la muchacha, que no pudo contener su alegría con aspavientos y gritos impropios de alguien tan reposado como solía ser la iraquí.
Cuando al fin contempló al pobre bicho agitándose sobre la hierba, exclamó:
-¡Caray! ¡Qué emocionante!
-Ya tienes tu almuerzo. Ahora tendrás que procurarme el mío. ¡Por cierto! ¿Cómo te llamas jovencita?
-Liz.
-Yo Mary. Anoche estuve buscando información sobre Liverpool, y no parece un sitio en absoluto interesante. ¿Piensas volver?
-No.
-¿Y eso? -se sorprendió la anciana-. ¿No tienes familia allí?
-No tengo familia en ninguna parte.
-Eso es muy triste, hija. Triste a tu edad, aunque es muy probable que algún día formes una hermosa familia, pero más triste a la mía ya que no me queda ninguna esperanza.
-¿No tiene hijos?
-No puedo tenerlos. Frank y yo hablamos a menudo de la posibilidad de adoptar una niña pero lo fuimos retrasando por miedo a la responsabilidad, o por simple dejadez. Siempre nos arrepentimos, pero demasiado tarde, tal como suele suceder con los arrepentimientos. El día que la gente descubra la forma de arrepentirse antes de hacer las cosas, el mundo será perfecto.
Su acompañante le lanzó una sorprendida mirada de medio lado, puesto que lo que acababa de decir carecía de sentido y no se podía saber si era una insensatez propia de quien sólo habla por hablar, o si se debía al hecho de que a quien decía llamarse simplemente Mary la edad ya no le permitía regir con claridad.
Continuaron pescando en silencio, hasta que de improviso Salka Embarek comentó como sin darle importancia.
-A mí me hubiera gustado ser puericultora.
-Aún estás a tiempo. ¿Qué edad tienes?
-Cumpliré dieciocho en octubre.
-¡Buena edad para empezar a estudiar! Tal vez yo podría recomendarte a... !Aguántala! -exclamó de pronto-. ¡Aguántala! Tira de ella suavemente, con cuidado que es mi almuerzo...
Alejandra Zanaj confirmó que, en efecto, a primera hora del lunes una furgoneta había abandonado el depósito de libros de texto de la avenida Navigatio poniendo de inmediato rumbo al oeste.
Unos cuatrocientos kilómetros más adelante, una vez que hubo dejado atrás San Antonio, había entrado en el granero de un pequeño rancho abandonado que se encontraba a unos ochocientos metros de la autopista, y de donde había vuelto a salir una hora más tarde emprendiendo sin más el regreso a Houston.
No hacía falta ser demasiado observador como para comprender que en esos momentos la furgoneta se encontraba prácticamente vacía.
Poco después, un camión frigorífico que según los letreros que lucía a ambos lados transportaba productos congelados, entró en el granero, permaneció casi otra hora en su interior y cuando volvió a salir se encaminó al oeste por la autopista que conducía directamente a California.
Según los albaneses que habían seguido a ambos vehículos desde una considerable distancia y con ayuda de una pequeña avioneta, en el rancho no había quedado nadie.
Gregory Gregorian tomó la prudente decisión de que no se continuara siguiendo a un camión que tarde o temprano podría acabar por percatarse de la presencia de sus perseguidores, optando por la estrategia de adelantarle y estar atentos a su paso por la autopista cuando penetrara en el Estado.
Se corría el evidente riesgo de perderlo de vista si es que en algún momento decidía desviarse por carreteras secundarias, pero eso constituía un riesgo infinitamente menor que poner sobre aviso a sus enemigos.
-Al fin y al cabo, lo único que lleva es dinero -dijo a modo de disculpa.
-¿Y te parece poco? -se asombró Jessica-. Seguro que con lo que transporta ese jodido camión podríamos vivir treinta años.
-Si tanto te interesa nos cubrimos la cara con un pañuelo y lo asaltamos... -comentó de buen humor su marido-. Por lo visto sólo lo protegen un par de matones armados hasta los dientes. Me encantaría apoderarme de uno de esos envíos, aunque sólo sea para evitarle más desembolsos a Alejandra, pero de momento mi plan no es ese.
-¿Y puede saberse cuál es?
-Aún lo estoy madurando -extendió el brazo, la aferró por la muñeca y la obligó a sentarse sobre sus rodillas al tiempo que añadía en el tono de quien esta hablándole a una niña caprichosa-: ¡Confía en mí, querida! Mariel tiene una mente compleja y retorcida, hasta ahora ha demostrado que sabe jugar sus cartas sin cometer un solo fallo, y por lo tanto necesito diseñar una estrategia que esté a su altura o de lo contrario se escurrirá una vez más. Y si llega a sospechar que andamos tras su pista, resultará imposible atraparle.
-Me temo que estás haciendo de esto un asunto personal.
-Naturalmente, cielo, naturalmente. Ese maldito cubano no sólo traicionó a los suyos, sino que se ha estado burlando de todos y de todo durante casi medio siglo. Y ahora, para colmo, pretende asesinar a un Presidente, que aunque no sea santo de mi devoción, continúa representando a nuestro país y nuestras leyes.
-Yo creo más bien que lo que ocurre es que su inteligencia constituye un reto demasiado grande para alguien como tú, acostumbrado a desenmascarar criminales y estafadores -argumentó Jessica Delmónico convencida de lo que decía-. Y me preocupa que por ese desmedido afán de demostrar que eres más listo que él, confundas los objetivos.
-No entiendo muy bien de qué me hablas.
-Lo entiendes perfectamente, no te hagas el loco -argumentó ella mucho más seria de lo que tenía por costumbre-. Has convertido a Mariel en tu prioridad, cuando en el fondo sabes que la prioridad es otra.
-¿Cuál?
-Evitar que esa pandilla de canallas se perpetúen en el poder, transformando nuestra cada vez más frágil democracia en una dictadura encubierta. Mariel sólo es un instrumento, y aunque consiguieras eliminarle encontrarían a otro sicario, porque está claro que les sobran medios económicos y los asesinos a sueldo proliferan. -Hizo una pausa, le acarició afectuosamente la mejilla y al poco añadió en un tono de abierta reconvención-: Perdona que sea tan sincera, pero para algo soy tu esposa, y mi obligación es hacerte rectificar. Creo que en esta ocasión te estás equivocando porque tu objetivo no debe ser desenmascarar a Mariel, sino neutralizar de una vez por todas al Vicepresidente y sus secuaces.
-¿Y qué pretendes que haga? -protestó él-. ¿Matarlos?
-Matar no es tu oficio, pero te considero lo suficientemente inteligente como para encontrar la forma de aplastarlos sin que corra más sangre.
Gregory Gregorian meditó largamente sobre cuanto su mujer acababa de decirle, pareció estar sometiéndose a sí mismo a un riguroso examen de conciencia y, tras apretarse con fuerza la nariz y agitarla de un lado a otro como si pretendiera desprendérsela de la cara, asintió en el tono de un niño cogido en falta.
-Me cuesta admitirlo pero creo que, efectivamente, tienes razón -gruñó de evidente mala gana-. No debemos permitir que alguien que ha demostrado carecer de escrúpulos, que lleva treinta años codeándose con políticos de la peor ralea, que ha colaborado con los personajes más nefastos de nuestra historia reciente, y que pretende eliminar a quien hasta ahora ha manejado a su antojo porque ya no le sirve, se salga con la suya y se convierta oficialmente en el máximo dirigente de nuestro país.
-Me alegra que lo admitas -fue la respuesta-. Probablemente Mariel sea un peligro para algunos, pero no cabe duda de que Iceman es un peligro para el resto de la humanidad. No quiero ni imaginar cuántas guerras puede provocar, cuántos países invadir, ni a cuantos inocentes masacrar.
-Serían años realmente oscuros, años de fascismo amparado en una supuesta defensa de la seguridad nacional. Instalado en el poder total y con tipos como Wolf Lukas a sus órdenes, haría de cada cárcel un Guantánamo, de cada policía un torturador, y de cada soldado un asesino que no tendría que rendir cuentas de sus actos.
Aceptada la incuestionable premisa de que el todo es siempre más importante que las partes, Gregory Gregorian se aplicó a la tarea de recomponer una imaginaria partida de ajedrez en la que podría decirse que hasta aquel momento se había concentrado en la tarea de acosar a la reina, cuando lo que tenía que hacer era darle un definitivo jaque mate al rey.
Debido a ello pasó la mayor parte de la noche con los pies sobre la mesa de su despacho aplicado a la tarea de apestar la casa a base de recargar una y otra vez el supuesto calumet de la paz de Toro Sentando, intentando que una vez más Manitú acudiera en su ayuda.
Cuando a la mañana siguiente los albaneses le comunicaron que el camión frigorífico estaba aparcado en un solitario almacén del Valle de San Fernando, no lejos de los estudios de la Nevada Opus 38 Films, se puso en marcha.
Tomó el primer avión a San Antonio, alquiló un coche, adquirió en una ferretería de barrio cuanto necesitaba y al oscurecer se detuvo a poco menos de un kilómetro de la granja abandonada.
Con ayuda de unos potentes prismáticos de visión nocturna la estuvo observando hasta cerciorarse de que, en efecto, no se advertía rastro alguno de presencia humana.
Aun así esperó hasta bien entrada la noche antes de aproximarse a ella lentamente y con las luces apagadas. Aparcó en la parte posterior y tras aguardar otra hora en la que no se escuchó más que el silbido del viento y el lejano aullido de un coyote, se cercioró de que su revólver estaba cargado y se dispuso a introducir en el granero cuanto llevaba con el fin de hacer aquello que más había odiado en este mundo.
Amanecía cuando se encontraba ya de regreso en San Antonio, a tiempo de conseguir una plaza en el primer vuelo hacia Los Ángeles, y sobre las dos de la tarde uno de los hombres de Alejandra Zanaj le telefoneó para comunicarle que una furgoneta había abandonado de nuevo el almacén de libros en Houston, había hecho el mismo recorrido que en la ocasión anterior, había permanecido casi una hora en el interior del granero y acababa de emprender el regreso a Houston.
-¿Queda alguien en la granja? -quiso saber.
-Desde aquí distingo a dos hombres armados -fue la respuesta-. Evidentemente esperan la llegada del camión de recogida.
-¿Dónde se encuentran exactamente en estos momentos?
-En el exterior, a unos tres metros de la puerta.
-¡Bien! -gruñó-. Aguarde un momento y no cuelgue. Vamos a gastarles una broma pesada.
Abrió un cajón de la mesa de escritorio, sacó un teléfono portátil, marcó un número, apretó el botón de llamada y esperó unos segundos antes de inquirir a través del otro teléfono:
-¿Qué ve ahora?
-Humo.
-¿Y qué más?
-Fuego... !Joder! Eso ha empezado a arder como la yesca. ¡Menudas llamas!
-¿Qué hacen los dos tipos?
-Correr como conejos.
-¿Se han puesto a salvo?
-Se pondrán siempre que consigan cruzar la autopista sin que los aplaste un camión, porque van como locos.
-¿Cómo está el granero?
-Como debe de estar en estos momento Enver Hoxha; consumiéndose en las llamas del averno.
-¿Quién es ese?
-El ex presidente de mi país que mandó asesinar a casi toda mi familia -el hombre que se encontraba al otro lado del teléfono hizo una pausa para añadir al poco-: ¿Me permite que le haga una pregunta, señor?
-¿De qué se trata?
-¿Cuánto dinero calcula que había ahí dentro?
-Supongo que entre veinte y treinta millones de dólares. Pero consuélese con la idea de que es dinero negro.
-A mí eso no me consuela en lo más mínimo, señor, perdone que le diga. En lo que se refiera al dinero nunca he sido racista. ¿Me permite otra pregunta?
-Adelante.
-¿A quién pertenecía? ¿A los que lo han depositado, o a los que aún no lo han recogido?
-¡Difícil dilema, querido amigo! -admitió Gregory Gregorian-. Y es el que me he propuesto que se planteen ambos grupos, confiando en que lo discutan largamente sin llegar a ponerse de acuerdo. Y ahora puede decirle a sus compañeros de Los Ángeles que ha llegado el momento de asaltar el almacén del Valle de San Fernando y llevarse el camión frigorífico con todo lo que tiene dentro.
Colgó y a continuación telefoneó a Nelson Miller a fin de comunicarle que la secuencia de acontecimientos iba siguiendo el ritmo marcado.
Con la inestimable ayuda de Jessica Delmónico, el californiano inició de inmediato la, para él fascinante tarea, de enviar al ordenador anónimo del desconocido Peter Fleischer un poderoso rootkits que en menos de media hora descargó en la memoria de otro ordenador situado a más de dos mil kilómetros de distancia, toda la información que contenía.
Poco después, otro eficiente virus informático se dedicó con un afán digno de mejor causa a destruir uno tras otro todos los archivos, cuentas, direcciones y números de teléfono que con tanto mimo guardaba Wolf Lukas, y que en el mejor de los casos tardaría semanas en recuperar.
El siguiente paso fue reenviar tan ingente cantidad de información a las oficinas centrales del FBI, la CIA, el Pentágono, la Casa Blanca, el Departamento de Justicia y los principales medios de comunicación nacionales y extranjeros, acompañado todo ello de una escueta nota anónima en la que se especificaba que tales datos habían sido extraídos del ordenador privado de Wolf Lukas, Consejero Delegado de la Dall & Houston.
La lista de congresistas, senadores, jueces, alcaldes, policías y funcionarios de los más diversos ministerios que habían aceptado sobornos de la empresa, la cantidad exacta que se había abonado a cada uno de ellos, y los números de las cuentas bancarias a las que se transfirió en su momento ese dinero, ocupaba dos páginas.
De igual modo se detallaban la identidad de los testaferros a cuyo nombre figuraban las acciones de Dall & Houston que continuaban perteneciendo al Vicepresidente.
Como último paso, a media tarde, llegó desde la capital de Paraguay una orden de busca y captura contra Severino Maldonado, también conocido como Gonzalo Avellaneda, un peligroso sicario profesional acusado de asesinar a tres hombres en Asunción y dos en Buenos Aires, y del que se tenía noticias de que se encontraba en los Estados Unidos, concretamente en las proximidades de la ciudad de Nueva Orleáns, y del que se sospechaba que había recibido el encargo de atentar contra el Presidente. La orden venía abundantemente ilustrada con fotografías del encausado.
Cuando Jessica Delmónico quiso saber por qué extraña razón un juez paraguayo había decidido tan de improviso cursar semejante orden sin tener la menor prueba de los supuestos crímenes cometidos por un Teniente de las Fuerzas Especiales de su ejército, la respuesta resultó descarada y absolutamente contundente, puesto que mostrándole un billete de un dólar su marido señaló:
-Por doscientas mil razones como ésta.
-¿Desde cuándo te dedicas a corromper jueces?
-Desde que he llegado a la conclusión de que por el mero hecho de que sean paraguayos no deben ser discriminados -replicó el interrogado con una ancha sonrisa-. Lo que es bueno para un togado de Washington también debe serlo para un togado de Asunción.
-¿Y qué pasará cuando le pidan cuentas por sus actos?
-Ese será su problema, querida, no el mío -fue la lógica respuesta-. Quien tendrá que pedirle explicaciones será el tal Maldonado y dudo que tenga la menor intención de regresar a su país a hacerle entender a sus superiores por qué sospechosa razón un tirador de elite como él se encontraba en una universidad el mismo día y a la misma hora que disparaban contra el Vicepresidente de Estados Unidos cuando le habían visto la noche anterior en compañía de una peligrosísima terrorista de Al Qaeda. ¿Qué harías tú si fueras él?
-Intentar salir cuanto antes de los Estados Unidos y no volver a poner los pies, ni aquí ni en Paraguay, durante el resto de
mi vida.
-Eso es lo que yo he pensado, querida; eso es lo que yo he pensado.
Lo primero que hizo al despertar fue mirar por la ventana esperando descubrir a su amiga pescando a la orilla del río, pero el corazón le dio un vuelco al comprobar que su enorme y hermosa autocaravana había desaparecido.
Su lugar lo ocupaba la caña de Frank, en cuyo anzuelo se encontraba clavada una hoja de papel azul con un número de teléfono y una nota:
"Odio las despedidas. Si algún día me necesitas, llámame. Alegrarás los últimos años de una vieja. ¡Buena pesca!
Mary".
Si hubiera sabido hacerlo habría llorado.
Pero hacía ya mucho tiempo que las lágrimas se le metían hacia dentro para ir a confluir como un torrente en la boca del estómago, donde muy pronto se convertían en amarga bilis que le abrasaba las entrañas.
Echaba de menos sus estentóreas risas, sus delicadas atenciones, la dulzura con que le acariciaba la mano en el momento de darle un consejo maternal, o aquellas frases tan pintorescas como que de nada valía ser inglesa si no se conocía ni a Lady Di ni a la Reina.
¿Adónde había ido?
¿Por qué se había ido si no la esperaba nadie en ninguna parte?
¿Dónde estaría mejor que pescando a la orilla de aquel hermoso riachuelo?
-Probablemente tuvo miedo.
Alzó la cabeza para observar a Hilu, que había pronunciado la frase en voz muy baja mientras le colocaba la mano sobre el hombro con una muestra de afecto sorprendente en él.
-¿Miedo de qué?
-¿De ti?
-Yo nunca le hubiera hecho daño. Ni aun siendo americana.
-No se trata de esa clase de miedo, pequeña... -añadió el chiíta-. Ella no puede sospechar que lo único que te importa sea matar gente. Sin duda debió de asustarse al comprender que te estaba tomando afecto y prefirió marcharse antes de que fuera demasiado tarde.
-¿Tarde para qué?
-Para que tú la dejaras. Las personas que se han quedado solas prefieren seguir solas a pensar que las pueden volver a dejar solas.
-Suena absurdo.
-La vida es absurda, pequeña; tanto más absurda cuanto más viejos somos y más intentamos comprenderla.
Se alejó en dirección a la gasolinera y cuando una hora más tarde regresó a la autocaravana tomó asiento frente a Salka Embarek, para colocar sobre la mesa que les separaba un periódico en cuya última página aparecía una gran fotografía de Gonzalo Avellaneda junto a una detallada descripción de sus supuestos crímenes.
-¿Qué significa esto? -quiso saber la desconcertada e incrédula muchacha.
-¿Y qué quieres que te diga? -fue la respuesta-. Sé tanto como tú, y aunque he llamado varias veces a quien normalmente me ordena lo que debo hacer, no me responde.
-¿Y Mufty?
-Tampoco.
-¿Afectará de algún modo a mi misión?
El chiíta pareció a punto de replicar con brusquedad, pero se lo pensó mejor, observó por el ventanal los automóviles que circulaban a toda velocidad por la autopista, y por último lanzó un hondo suspiro.
-¿Qué misión? -inquirió.
-¡La mía! -replicó ella como si fuera lo más natural del mundo-. La de matar al Vicepresidente.
De nuevo el iraquí tardó en responder, extrajo de un bolsillo un teléfono, marcó un número, aguardó respuesta inútilmente, colgó, marcó otro número con idéntico resultado y concluyó por hacer un gesto de fatalista resignación.
-Me temo que se han olvidado de nosotros, pequeña.
-¿Qué quieres decir? -quiso saber ella cada vez más confusa-. Te ordenaron que esperáramos a que nos trajeran los explosivos ¿Por qué iban a olvidarse ahora de nosotros?
-Porque ya no les somos útiles, sino más bien todo lo contrario. Nos hemos convertido en un peligroso estorbo para muchos.
-Sigo sin entenderte.
Hilu extendió la mano por encima de la mesa, la colocó sobre la de ella e inquirió en un tono de voz diferente:
-¿Realmente quieres saber la verdad?
-¡Por favor!
-¡Al fin y al cabo, qué más da! Ya no les importamos una mierda -la señaló casi acusadoramente con el dedo y puntualizó-: Tú no ibas a matar a nadie, pequeña; ni a cuarenta americanos, ni mucho menos al Vicepresidente. Al principio imaginé que así sería, pero hace tiempo descubrí que estabas destinada a convertirte en un estúpido chivo expiatorio. Protesté, pero me hicieron comprender que si abría la boca seguiría tu mismo camino, así que acepté conducirte directamente al matadero. Dentro de cinco días tu cadáver debía aparecer en Nueva Orleáns, junto a una nota, supuestamente de tu puño y letra, en la que te atribuías el asesinato del Presidente de los Estados Unidos, a mayor gloria de Alá y de Al Qaeda.
-¿Es que te has vuelto loco? -se horrorizó Salka Embarek-. ¿Qué tiene que ver el Presidente con todo esto?
-Que ése era el verdadero objetivo, pequeña. Y el que realmente iba a matarlo era este tipo de la fotografía: tu amado Gonzalo. ¡Menudo hijo de puta!
-¡No entiendo lo que quieres decir!
-¡Ni falta que te hace! -el chiíta lanzó un nuevo suspiro, meditó unos instantes, y por último abrió un cajón que se encontraba justo bajo sus pies colocando sobre la mesa un grueso fajo de billetes de cien dólares-. Esto es todo lo que tenemos, o sea que la mitad para ti y la otra mitad para mí. Aquí nos separamos.
-¿Cómo que nos separamos? -se alarmó ella-. ¿Y adónde crees que voy a ir?
-El mundo es grande. Tienes casi dieciocho años, un pasaporte inglés que te permite residir en Estados Unidos y casi cincuenta mil dólares en billetes de curso legal. Puedes hacer con tu vida lo que quieras, desde suicidarte a matar cuarenta americanos, meterte a puta, o buscar un buen chico, casarte y formar una nueva familia porque la que te arrebataron nunca volverá.
-¿Y tú qué piensas hacer?
-Dar media vuelta, largarme a México y de allí a cualquier lugar en el que la gente no se dedique a poner bombas.
-¡Llévame contigo!
-¡Lo siento, pequeña! -rechazó él-. Te admiro y reconozco que he acabado por tomarte un cierto cariño, pero juntos corremos más riesgo de que nos atrapen, que cada uno por su lado. Tú, aun sin chaleco, sigues siendo una bomba ambulante.
Salka Embarek permaneció un largo rato en silencio, observando alternativamente el riachuelo y al chiíta, para acabar por propinarle un manotazo al periódico enviándolo al suelo.
-Puede que tengas razón... -musitó con amargura-. Puede que haya llegado el momento de aceptar que importa más la vida que aún tengo por delante que las muertes que quedaron atrás.
-Eso es muy cierto. Salvo en el caso de algunos grandes hombres, lo que ha quedado atrás no suele servir de nada.
Salka Embarek se apoderó al poco de una mochila, introdujo en ella el dinero, alguna ropa y sus objetos de aseo personales, y se inclinó para besar a Hilu en la frente.
-¡Que Alá te bendiga! -dijo.
-¡Qué él te acompañe!
La muchacha abandonó el vehículo, recogió la caña que había quedado apoyada en el pescante y permaneció de pie en el centro del aparcamiento observando cómo al poco la autocaravana se ponía en marcha para dirigirse a la autopista y perderse de vista entre el intenso tráfico.
Una vez más se había quedado sola.
Absolutamente sola, sin familia, sin amigos y sin tan siquiera compatriotas que hablaran su idioma.
Pero había algo de lo que muy pronto tomó plena conciencia: todos le habían abandonado; todos, incluidos los obsesivos fantasmas del pasado.
Era una mujer joven y sana en el centro de un país joven pero enfermo.
Lo primero que hizo fue dirigirse al río y lanzar al agua el sedal, tal como su nueva amiga le había enseñado.
Ala sombra del único árbol de la extensa llanura, un copudo castaño de gruesas ramas y espesas hojas, Tony Walker aguardó a que el negro vehículo se detuviera a su lado con el objeto de que Wolf Lukas se apeara para continuar luego e ir a detenerse en el lugar de costumbre.
Resultaba difícil reconocer en aquel ser hundido, demacrado y con los ojos enrojecidos, tal vez por el llanto o tal vez por las largas horas de insomnio, al altivo y antaño prepotente Consejero Delegado de la Dall & Houston.
-¿Qué ha ocurrido? -fue lo primero que dijo, más como una súplica que como una verdadera pregunta.
-¡Dímelo tú! -fue la seca respuesta-. Son los datos de tu ordenador los que circulan por las agencias de información y redacciones de todo el país, no los del mío. ¿Dónde lo guardabas?
-En un apartamento, cerca de la oficina.
-¿Y quién tiene llave de ese apartamento?
-El único juego lo tengo yo. Y se trata de una puerta blindada que no ha sido forzada.
-En ese caso, ¿cómo se entiende? ¿Has llevado a alguien allí?
-Sólo a Rita.
TERMINA MAÑANA
© Editorial Leoncio Rodríguez, S.A. |Aviso legal | Mapa del sitio | Publicación digital controlada por OJD