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DESDE DENTRO RICARDO PEYTAVÍ

Meknes, o Mequínez

15/ago/07 02:44
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Durante mucho tiempo me ha ocurrido con Mequínez, una de las ciudades imperiales marroquíes, lo mismo que con la Córdoba española: siempre he pasado junto a ella sin que las prisas me permitiesen recorrerla con tranquilidad. En el caso de la joya andaluza porque corría de Cádiz a Madrid o viceversa. Y con Meknes o Mequínez lo mismo, salvo en el origen y el destino del trayecto. Siempre la he dejado a la izquierda cuando me dirigía a Fez, y a la derecha cuando regresaba a Rabat o Casablanca. Hasta ahora ni siquiera me invitó a detenerme la curiosidad por saber si el nombre de la calle Mequinez -esta vez sin acento llano- del Puerto de la Cruz, conocida de toda la vida como La Ranilla, guarda alguna relación, al margen de la casi identidad toponímica, con la Meknes magrebí.

El lunes de esta semana al fin opté por la excepción. Salí temprano de Fez porque a las doce tenía una entrevista en Casablanca con una canaria encantadora, y gasté un par de horas deambulando por la parte vieja de Meknes. Vi una plaza que me gustaba y le pedí permiso a un policía -gesto inclemente y sudoroso uniforme- para aparcar un momento donde no se podía y grabar unos planos. Me concedió cinco limitados minutos. Daba igual. Ya eran más de las nueve y debía seguir camino a Casa si quería llegar a tiempo. Apenas dos horas después, un fanático integrista perdió un brazo en ese mismo lugar cuando intentaba atentar contra una guagua de turistas. Quién lo podía predecir.

Hacía tres años que no visitaba Marruecos con detenimiento. Salvo unos cuantos kilómetros más de autopistas y menos hiyabs en las cabezas de las mujeres jóvenes, las cosas no han cambiado mucho. En Marrakech la plaza Djem´a el Fna -nunca he conseguido escribirla dos veces de la misma forma- sigue como de costumbre. Acaso el patrimonio más maloliente de la humanidad, en el que cada día una muchedumbre de turistas opiados por el ambiente se creen Lawrences de Arabia o Indianas Jones durante unas horas. Pero es el negocio porque Marruecos, al igual que Canarias, vive del turismo. Por eso cuando un loco como el de Mequínez hace explotar una bombona casera, tiemblan no sólo los dos metros cúbicos de aire afectados por la onda expansiva. Trepida toda la Administración alauí; desde el rey al último paje. Un monarca, dicho sea de paso, acusado por las ciegas mentes integristas de traicionar los fundamentos del Islam.

Puede cundir la falsa sensación de que Marruecos está en pie de guerra por los últimos atentados, aunque no es así. Ciertamente existe alguna inquietud, pero los controles de la Policía y la Gendarmería Real a la entrada y salida de las ciudades son los mismos de siempre. Las capitales imperiales -Marrakech, Fez, la propia Meknes- continúan tan atestadas de visitantes extranjeros como de costumbre, y en Agadir, cuya zona moderna parece un calco exacto del Sur de Tenerife o de Playa del Inglés -el mismo tipo de hoteles, de restaurantes, de diseño urbano en definitiva-, numerosos empresarios canarios llevan muchos años de éxitos en su aventura africana frente a una envidiable playa de seis kilómetros. Una tranquilidad latente, sin embargo, que no puede sernos ajena. Convulso o sosegado, Marruecos comienza a cien kilómetros de Fuerteventura. Conviene recordarlo.

rpeyt@yahoo.es

 

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