C uando el taxi que tomó lo dejó en la avenida General Mola, esquina a la de Salamanca ?el paso hasta el final de ésta seguía cortado al tráfico?, tenía el corazón en un puño. La visión, sin embargo, de Sosa, que en aquel momento realizaba trabajos de medición con otras tres personas, tuvo la virtud de tranquilizarle; confirmaba, hasta cierto punto, la opinión del funcionario de Patrimonio y permitía vaticinar que la reanudación de las obras no tardaría mucho en producirse.
?Buenos días ?saludó Fresneda, esbozando una ligera sonrisa con la idea de captarse las simpatías del antropólogo?. Estuve en el museo y me dijeron que estaba por aquí...
?Sí, estas cosas hay que tomarlas en caliente ?respondió Sosa secándose con la manga de su camisa el sudor que ya cubría su frente?. Es una pena que los restos hallados nos sirvan de tan poco; sólo, quizá, las piedras de molino. Nos permitirán compararlas con las halladas en otros lugares del archipiélago y conocer las relaciones que mantenían entre sí las diferentes tribus.
?Entonces, tal y como me decía ayer, es posible que pueda reanudar las obras en po-cos días...
?Sí, sin duda alguna... Hemos hecho unas catas en el resto del solar y da la impresión de que no hay más oquedades. Si los resultados no nos deparan ninguna sorpresa, es muy posible... hoy es martes, ¿verdad? Pues digamos que el jueves o el viernes, como máximo, podrá volver a trabajar. O pongamos el lunes, por si acaso.
La sonrisa que ahora mostró se extendió por todo el rostro de Fresneda.
?Uf, no sabe cuánto se lo agradezco ?musitó mientras notaba que su cuerpo, hasta entonces sujeto a una tremenda tensión, se relajaba?. Apenas he podido dormir en toda la noche, preocupado por el tiempo que podría durar todo esto. He hecho una inversión tremenda...
?Ya le dije que no se preocupara. Comprendo su inquietud y somos conscientes de que en situaciones como ésta nuestra misión es colaborar y no entorpecer. Distinto habría sido si hubiésemos encontrado el enterramiento tal y como lo dejaron los guanches, pero en las actuales circunstancias sería absurdo impedirle que prosiguiera sus trabajos.
14 de mayo, jueves
La muerte de Manuel Solís iba camino de convertirse en uno de esos casos irresolu-bles que tanto daño causan al bien ganado prestigio de la policía. Hieren el amor propio de sus componentes, resaltan a menudo una inexistente incapacidad o la falta de medios y deja en los ciudadanos un poso de inquietud ante el temor de que los hechos vuelvan a repetirse. Sin embargo, los casos que investigan las fuerzas de seguridad no se archivan hasta que se resuelven, de modo que sólo sufren un aletargamiento más o menos largo ?depende de las circunstancias? hasta que el descubrimiento de nuevos hechos los vuelve a poner de actualidad. Y si en el de Solís nada nuevo surgió en el curso de las semanas siguientes no ocurrió lo mismo con el de la muerte de los dos vagabundos, el "Miserias" y el "Pulpo".
Tal y como ocurriera al descubrirse el cadáver del "Miserias", aquel día Pardo lo tenía libre. Lo había dedicado a resolver unos cuantos asuntos particulares, y se hallaba en la plaza 25 de Julio cuando su teléfono móvil sonó. En la pequeña pantalla reconoció el número de la Comisaría de Policía.
?Joder, Pardo, siento molestarte... ?le dijo el comisario Estévez con voz algo molesta en cuanto respondió la llamada?. Parece que últimamente siempre ocurre algo importante cuando tienes el día libre.
?No tiene por qué disculparse, comisario. Ya sabe que estoy siempre a sus órdenes.
?Eso ya lo sé, pero también sabes que me fastidia molestaros cuando estáis libres de servicio; bastantes penas pasáis ya cuando estáis de turno.
?Si me ha llamado será por algo importante...
?Bueno, no lo sé. Quizá sean fantasías mías, aunque mi olfato me indica que no estoy equivocado. No has hecho ningún descubrimiento nuevo respecto a la muerte de los dos vagabundos, ¿verdad?
?Pues... no. ¿Ha sucedido algo?
?Déjame acabar. Supongo que te habrás enterado de que el lunes de la semana pasada se descubrió un enterramiento guanche en el desmonte de un solar.
?Sí, lo leí en los periódicos. Aunque quiero recordar que es de muy poca importancia. Es decir, que sólo contenía unos gánigos y unas piedras de molino. Parece que había sido profanado y desvalijado con anterioridad.
?Precisamente, de eso se trata. Según los antropólogos que investigaron los restos, la tumba debió albergar, como mínimo, media docena de momias. Pues bien, hace apenas una hora, mientras un empleado del servicio municipal de limpieza realizaba su trabajo en el cauce del barranco de Santos, debajo del puente de El Cabo, el que está situado enfrente del Museo de la Naturaleza y el Hombre, encontró los restos de una.
El estupor se dibujó en el rostro de Pardo.
?Quiere decir de una... momia, ¿verdad?
?Sí, sí, por supuesto.
?¡Pero ese lugar está muy cerca de donde tenía el "Miserias" su cueva..! ?respondió Pardo sin poder evitar que la inquietud que experimentaba se reflejase en el tono de su voz.
?Por eso te llamo. Creo conveniente que te acerques por allí. Me huele que la muerte de esos dos vagabundos y el hallazgo de ese enterramiento están relacionados.
?Sí, no me extrañaría. Sería mucha casualidad que todo se haya desarrollado en el mismo entorno. Bueno, déjelo en mi mano. Estoy aquí, cerca del ayuntamiento, así que no tardaré nada en llegar. Le mantendré informado.
Tras tomar un taxi en la plaza Weyler, Pardo llegó al lugar que le había indicado su jefe en pocos minutos. Situado a la sombra de la parroquia de la Concepción y el Museo de la Naturaleza y el Hombre, el puente formaba parte del viejo Santa Cruz. El tiempo lo había deteriorado visiblemente y el ayuntamiento había anunciado su pronta reparación, pero hasta entonces el dinero previsto para la remodelación de toda la zona había sido empleado sólo en la calle La Noria, que unos metros más allá discurría paralela al barranco. A la sombra de sus añosos árboles se habían establecido algunas cafeterías y bares de taperío, que desde hacía pocos años servían como punto de reunión vespertina y nocturna de la juventud "chicharrera" tras haber sido desplazada de otros lugares más céntricos debido al bullicio y alborotos que producían sus reuniones. También en sus aledaños, aprovechando la incipiente animación que adquiría la zona tras el ocaso, habían abierto sus puertas varios restaurantes, donde sobre todo en los fines de semana era difícil encontrar una mesa libre.
Se encontraba en el lugar una pareja de la policía municipal y un miembro de la lim-pieza pública, precisamente el que había hallado la momia. Esta estaba en el suelo y no conservaba la posición que debió tener al ser inhumada, pues quienquiera que fuese el que la había escondido debajo del puente la había plegado, posiblemente para poder ocultarla mejor en un hueco de por sí muy angosto. En consecuencia, la piel de cabra que la envolvía se había descosido por las juntas y algunos huesos estaban fuera del paquete. Se hallaba presente, además, Felipe Sosa, que se presentó a sí mismo como jefe del departamento de antropología canaria del cercano Museo de la Naturaleza y el Hombre.
?¡Gracias a Dios que se les ocurrió llamarnos nada más hallar los restos! ?dijo Sosa?. Si la hubiesen sacado a la fuerza del espacio donde se encontraba con toda probabilidad la habrían destrozado más todavía.
?¿Dónde estaba exactamente? ?le preguntó Pardo.
?Allí, detrás del apoyo de la viga en el muro; no sé cómo pudo verla el empleado de la limpieza.
?No hará falta decir que es guanche...
?¡Por supuesto! Si usted no tiene inconveniente la llevaré al museo para trabajar con ella. Hace mucho tiempo que no se hacía un descubrimiento de este tipo.
?¿Cree que está relacionada con la cueva que se descubrió hace unos días en el ba-rranco? Leí la noticia en el periódico...
Durante unos instantes Sosa adquirió una expresión meditabunda, como si no quisiera emitir una opinión al respecto. No obstante, al final, midiendo bien las palabras, lo hizo:
?Es una buena pregunta, inspector... ¿Quiere que le diga una cosa? A mi juicio, sí, pero debe comprender que para estar seguros es preciso analizar los restos exhaustivamente. Porque la cosa puede ser más importante de lo que imaginamos.
Pardo frunció el ceño ligeramente al darse cuenta de que para el científico aquel des-cubrimiento era un hito, no simplemente unos restos humanos momificados. Iba a preguntarle por qué los consideraba tan significativos, de tanto interés, pero el antropólogo, con la mirada aún ausente, continuó hablando:
?¿Y sabe por qué? No sé si sabrá que en la obra esa se encontraron sólo unos gánigos y unas piedras de molino... ya sabe lo que son los gánigos, unos recipientes de barro que los guanches usaban para beber leche, servir comida, etc., pero es que además en las paredes excavaron unos nichos para depositar las momias de sus jefes, y estos estaban vacíos.
?Bueno, eso es lo que quería decirle: que si la cueva fue profanada, como ustedes afirman, esta momia pudo estar allí.
?Veo que no se ha dado cuenta todavía de lo que quiero decirle, inspector ?dijo entonces Sosa mientras en su rostro se dibujaba una amplia sonrisa?. La noticia que usted leyó, y yo también, decía que en las paredes había nichos para cinco o seis momias, ¿verdad? Entonces, pregunto yo, ¿dónde están las demás?
15 de mayo, miércoles
Sonaban las diez campanada en el reloj del Cabildo Insular cuando Pardo hizo su entrada en el bello edificio que ocupaba el Museo de la Naturaleza y el Hombre, una construcción emblemática de la capital tinerfeña por ser uno de los más claros ejemplos de la arquitectura neoclásica de las islas. Hasta hacía unos veintitantos años había sido sede del Hospital Civil, mas el aumento de la población, las cuestionables condiciones higiénicas del recinto, la escasez de estacionamientos, etc., habían hecho aconsejable el traslado de dicha dependencia a otro edificio más moderno. Tras unos años de indecisión en los que el Cabildo barajó diversas opciones para reutilizar el edificio, al final, con gran acierto, había sido elegido como sede del museo mencionado. Pardo, que sólo había recorrido sus dependencias siendo hospital, se vio sorprendido desde el primer instante por las mejoras que se habían realizado en ellas. En efecto, ya desde la planta baja el visitante se veía envuelto en un ambiente donde la naturaleza, en su más amplio sentido de la palabra, imperaba, con especial mención a todo lo relacionado con lo isleño y, en particular, con lo canario. La planta primera, según pudo ver en el catálogo que le dieron al entrar, estaba casi toda dedicada a exposiciones relacionadas con la arqueología y las ciencias naturales, mientras que la segunda, si bien trataba los mismos temas, abordaba de forma específica el entorno del archipiélago canario. Precisamente en esta planta estaba situado el despacho de Sosa, con quien había quedado citado el día anterior. El científico lo recibió efusivamente, una amplia sonrisa en su rostro. Pardo coligió que su estado de ánimo se debía al descubrimiento de la momia, lo cual pudo confirmar nada más comenzada la conversación.
?No puede imaginar, inspector, lo que ha significado ese descubrimiento para nuestra comunidad científica ?comenzó diciendo tras señalarle una silla?. Desgraciadamente han sido muy pocos los enterramientos guanches que se han hallado. Menos aún en las zonas aledañas de Santa Cruz.
?Entonces usted ya da por sentado que la momia proviene de la cueva que descubrieron en esa obra de la calle Salamanca...
?No tengo la menor duda ?afirmó Sosa. Luego, más prudente, añadió?. Por supuesto que tendremos que confirmarlo científicamente...
?¿Y cómo lo harán?
?Oh, con mucha facilidad. Es un trabajo muy simple de laboratorio. Esta misma ma-ñana, cuando usted se vaya, iré a la obra para tomar muestras del terreno. He estado en ella con anterioridad para autorizar la continuidad de los trabajos, pero reconozco que no se me ocurrió hacerlo. Comparándolo con la tierra que tiene la momia en su envoltura sabremos si estamos equivocados o no. La edafología, los métodos científicos actuales nos lo permiten.
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