La Laguna
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"La carreta que no se le da sebo, no rueda"

Ana Hernández Alonso nació en 1914 y hoy recuerda con todo lujo de detalles la etapa en la que trabajó de lechera en La Laguna. Con un puro en la boca nos relata anécdotas de toda una vida de lucha por cuidar de una familia que reúne cada vez que tiene ocasión.
12/ago/07 01:42
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B. DE VERA, La Esperanza

Ana fue lechera. Aunque da igual. También fue carbonera, y crió cerdos y nada de esto parece importarle demasiado. Pero Ana además fue esposa, y mece tan literalmente esta palabra en su regazo, que la resguarda de unas lágrimas que nacen para acariciarla, y acaban por perderse en algún lugar encima de su pecho. Porque esta mujer de 93 años nos habla del abrazo con el que empezó una guerra, y se emociona.

Del oficio también habla, pero poco. Nos persuade para llevarnos por el camino largo, serpenteando entre fechas y nombres tan exactos que suscitan la envidia de cualquier memoria joven, recreando con las manos una anécdota por cada persona de su vida. Y no son pocas. Ana tiene tres hijos, que fueron cuatro. No nos dice cuantos nietos ni bisnietos, pero sí sonríe cuando dice cómo la llaman: "Manana".

1936 le cambió un marido por una profesión. Ana recorría a pie cuantas veces hiciera falta la distancia entre Tacoronte y La Laguna, con cántaros de leche sobre su cabeza y el cuidado de dos niños sobre su espalda. "No era un trabajo fácil, pero había que hacer cualquier cosa para vivir". "Pa` ganar hay que perder primero" nos dice en medio de un gesto con las manos que hace continuamente, cada vez que nos sorprende con uno de los muchos refranes que utiliza. En La Laguna enseguida se hizo con un público fiel, "tenía muchas feligresas porque se dieron cuenta de que yo era honesta y no 'aguaba' la leche y enseguida me cogieron amistad y cariño". Más adelante, cuando su marido volvió de la guerra, "compró un 'jeep' y nos dedicamos los dos a trabajar con la leche". "Nos queríamos mucho y por eso nos sabíamos llevar, porque ninguno somos de azúcar". Novios desde los 12 años, época en la que se veían "a la huyía" se casaron a los veinte, y tras 12 años de viuda, Ana sigue llorando al recordar lo felices que fueron juntos.

La estancia parece haber estado descrita desde siempre. Pequeña, como Ana, que encajada en el sillón parece haber nacido con ella, y cargada de fotos, de recuerdos, como si toda una vida se encontrase en proceso de implosión. Pero también hay humo. Increíblemente, Ana fuma puros a diario. "Fumo desde antes de conocer a mi marido. Este mi único vicio".

Ana ha sido muy feliz. Nos ofrece un paseo por una existencia rodeada de personas y en la que no cabe un mala palabra para alguna de ellas. Habla con los ojos empañados de cada uno de los que faltan, y con una sonrisa que ocupa toda su cara, de los que siguen por aquí.

Está deseando recuperarse para ocuparse ella misma del cuidado de su jardín: de su "Flor de Mundo" y de las hierbas con las que ella misma se hace los rezos. Las ganas y la vitalidad que tiene esta mujer a los 93 normales tienen que tener algún secreto. Pero no. O no nos lo quiere confesar. "El esfuerzo de toda mi vida para conseguir llevar p'alante a mi familia, y ahora reunirlos a todos cada año, es lo que me da fuerzas". Y es que, como ella nos dice, "la carreta que no se le da sebo no rueda".

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