NINGUNEAR AL GOBIERNO paquistaní, el que sea, es poco recomendable y yerran quienes crean que el asediado presidente Musharraf puede ser ignorado o tenido por prescindible: ayer su ejército atacó a fondo, con artillería y helicópteros, dos campamentos de insurgentes integristas en Waziristan norte mientras sus portavoces repetían que sería "contraproducente" que los norteamericanos lanzaran operaciones en su territorio.
De la polémica en curso no son responsables el general ni el presidente Bush, quien estuvo prudente el lunes cuando se le preguntó al respecto. En realidad todo empezó cuando trascendió que el secretario de Defensa Donald Rumsfeld había parado una operación en toda regla contra una reunión de responsables de al-Qaeda por temor a indisponer al régimen paquistaní.
Alentado por la noticia, el candidato demócrata a la presidencia senador Barack Obama dijo que él no vacilaría en atacar en suelo paquistaní con o sin permiso de Islamabad, aunque antes había precisado que nunca utilizaría armas atómicas para luchar contra los terroristas. "Menos mal", gritaron al unísono los medios liberales que seguían con indisimulado gusto el intercambio de puyas entre Obama y Hillary Clinton, que había descrito sus propuestas de acción exterior como ingenuas.
Con todo esto, Pakistán, su régimen cívico-militar y su jefe, el presidente Musharraf, se vieron en la incómoda posición de ser, al mismo tiempo, aliados de excepción de Washington y objeto del desdén de parte de su clase política, poco respetuosa con su soberanía nacional. El tono subió súbitamente y se volvió a los cálculos políticos: lo mismo que crearon a los talibán en su día, para abandonarlos después, los poderosos servicios de seguridad podrían sugerir una nueva línea no necesariamente útil para los norteamericanos.
Musharraf busca ahora prorrogarse como presidente y, al efecto, está en negociaciones no oficiales con el Partido Popular Paquistaní de Benazir Bhutto, la antigua primera ministra cuya devoción por el gobierno americano es manifiestamente limitada. La Casa Blanca hará bien en ignorar los llamamientos a atacar en suelo paquistaní con o sin luz verde de su gobierno y, en general, en evitar toda provocación que pueda ser vista como una humillación.
Rumsfeld, una vez no son veces, no se equivocó en su día
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