Tardó casi treinta minutos en llegar hasta la calle Salamanca, pues la corriente de vehículos era impresionante en aquella hora punta. Tanto en Ángel Guimerá como en rambla Pulido y General Mola los coches avanzaban lentamente, con el desespero de los conductores y el malhumor de algunos peatones. Por otro lado, el sol del mediodía hacía más soporífero el recorrido, haciendo que muchos ansiasen llegar a sus casas para darse una ducha y refrescarse con una buena cerveza bien fría.
Encontró la calle cerrada y sólo le permitieron pasar cuando se identificó. En la obra se encontró con su propietario, el arquitecto, el aparejador y varios policías municipales, además de unos operarios que se mantenían apartados por si sus servicios resultaban necesarios. Había una escalera apoyada en uno de sus bordes, por lo que Sosa, al verla, preguntó con gesto preocupado:
?¿Han estado ya en ella?
?No, no se preocupe ?lo tranquilizó el arquitecto?. No hemos querido hacerlo hasta que uno de ustedes viniese. Sólo hemos preparado esa escalera para que sea usted el primero que baje. De todas maneras no sabemos si es un enterramiento guanche. La policía municipal llamó al museo porque uno de los operarios parece que vio hace algún tiempo una cueva similar en Igueste de Candelaria y estimó conveniente advertírnoslo
?Han actuado ustedes correctamente ?respondió Sosa con satisfacción?. No pueden ustedes imaginarse los perjuicios que ocasiona la entrada de personas no profesionales en estos lugares.
?¿Me hará parar la obra si encuentra restos guanches en su interior? ?preguntó Fresneda. Su cara reflejaba de modo claro la preocupación que le embargaba ante las consecuencias que para sus planes podía tener aquel descubrimiento
?Es pronto para decirlo ?respondió Sosa mientras comenzaba el descenso?; depende de lo que hallemos... Por favor, que no baje nadie hasta que yo eche primero un vistazo.
Con la claridad que entraba por el hueco superior y la proveniente de la hendidura que presentaba la pared que daba al barranco, el interior podía ser examinado sin dificultad. Y nada más comenzar a hacerlo el corazón de Sosa elevó sensiblemente el ritmo de sus latidos: le bastó, como había dicho, un simple vistazo, para percatarse de que la cueva había sido en su día un enterramiento guanche, pero ya despojado de sus restos por profanadores de tumbas, como tantos otros que se habían descubierto con anterioridad. Ello era fácilmente deducible porque en el suelo, donde no habían caído los escombros del techo, se veían infinidad de pisadas, y se apreciaba con claridad que eran recientes. Por otro lado, las aberturas que habían visto desde los bordes del hueco eran verdaderos nichos que, con toda seguridad ?a Sosa no le cupo ninguna duda desde los primeros instantes?, habían albergado varias momias. Contó cinco a primera vista, pero la amplitud de algunos, capaces de albergar más de una, le hizo pensar que quizá su número podría haber sido mayor.
?¿Ve algo de interés? ?oyó que le preguntaba el arquitecto.
Iba a contestarle afirmativamente, pero sus palabras murieron en su boca antes de pronunciarlas porque de pronto realizó un descubrimiento inesperado: en un rincón de la estancia, ocultas debajo de un poco de zahorra que, Dios sabría cuándo, había caído de la pared, eran perceptibles los contornos de varios gánigos y un par de muelas de molino de basalto. Se acercó a ellos con mucho cuidado, procurando no borrar las huellas de pisadas que había en el suelo ?algo, en su interior, le advirtió de que podrían ser útiles en el futuro?, invadiéndole entonces una sensación tan enorme de alegría que no pudo dejar de manifestarla con un grito de júbilo que le salió de lo más profundo de su ser:
?¡Sí, son restos guanches..!
7 de mayo, martes
Hacía mucho tiempo que no se descubría un enterramiento guanche, y menos aún en aquellas circunstancias. Resultó lógico, en consecuencia, el tratamiento que los medios informativos ?todos ellos? dieron a la noticia, más que nada porque los descubiertos hasta entonces, excepto dos, estaban enclavados en otras zonas de la isla, no cerca de la capital. La accidentada orografía que aquella ofrecía, con innumerables barrancos y quebradas a cuál más abrupto, era la más idónea para los enterramientos si se pensaba en preservarlos de los saqueadores de tumbas del futuro, a pesar de que dichas tumbas no solían albergar objetos valiosos. Las costumbres de los guanches en esas ocasiones eran siempre las mismas: a los muertos los enterraban en cuevas naturales, acompañados de un somero ajuar, y sólo momificaban a los menceyes y a la clase dominante. La momificación la llevaban a cabo limpiando el cuerpo previamente de fluidos, tras lo cual lo envolvían con pieles de cabra. Además, como en el caso de la gente común, enterraban con él objetos que en vida le habían pertenecido. Sin embargo, la profanación de las tumbas había sido siempre una práctica generalizada desde hacía muchos siglos, en todas las latitudes, y eso contaba también para las halladas en Canarias. Providencialmente algunas, ubicadas en cuevas casi inaccesibles o alejadas de los lugares de paso, no habían sido holladas por el afán destructivo del hombre moderno ?gracias a lo cual se habían podido conocer los usos y procedimientos empleados para llevar a cabo los ritos funerarios por los antiguos pobladores de las islas?, pero muchas otras habían sufrido peor suerte con el consiguiente deterioro. El Museo de la Naturaleza y el Hombre había hecho una gran labor en ese sentido, acondicionando grandes salas de sus instalaciones para mostrar en ellas todo lo relacionado con la raza guanche, cuya procedencia, costumbres, creencias y sistema de vida, a pesar de los muchos hallazgos que con el tiempo se habían producido, continuaban estando envueltos en un halo misterioso. Con relativa frecuencia los historiadores canarios ?incluso algunos peninsulares interesados en el tema? daban a conocer teorías a cual más disparatada, barajando la posibilidad de que los guanches tuviesen raíces nórdicas, bereberes o mediterráneas. Se sacaban a colación relatos de la antigüedad, se mencionaba el jardín de las Hespérides o se hablaba de las tierras situadas allende las columnas de Hércules, sin que los escritos dejados por famosos historiadores canarios de la época como Viera y Clavijo o Abreu Galindo contribuyeran demasiado a clarificar las razonables dudas existentes. Imbuidos quizá por ese clima los comentarios periodísticos, en rara sintonía, mencionaban lo que significaba para Santa Cruz aquel descubrimiento.
"Los técnicos en la materia que nuestros redactores han consultado" ?decía uno de ellos? "han confirmado lo que significa el hallazgo realizado para el estudio de la raza guanche. Siempre se había tenido la creencia de que nuestros ancestros prefirieron vivir en otros lugares de la isla, más inhóspitos, más agrestes y abruptos, lo cual resultaba hasta cierto punto absurdo si se tienen en cuenta las idóneas condiciones que para el asentamiento de cualquier población posee nuestro territorio; por algo lo eligió el Adelantado Fernández de Lugo cuando desembarcó en la isla el 2 de mayo de 1494. Este hallazgo nos obliga a pensar si en el mismo barranco de Santos, en el de Tahodio o en el de San Andrés no habrá otros lugares que ocultan, celosamente, fuera del alcance de los profanadores de tumbas, vestigios que nos ayudarían a conocer mejor nuestro pasado. Sería conveniente que nuestras autoridades dotaran a los organismos correspondientes de los medios económicos necesarios para llevar a cabo un trabajo exhaustivo de investigación, pues sin duda alguna otros hallazgos como éste acrecentarían nuestro acervo histórico.
"Pero, tristemente, las buenas noticias a menudo tienen su parte oscura, y la que comentamos en esta ocasión la posee en gran medida. El jefe del departamento de antropología canaria del Museo de la Naturaleza y el Hombre, Felipe Sosa, nos ha ma?nifestado su firme creencia de que la tumba hallada en el barranco de Santos no sólo ha sido profanada, sino que lo ha sido recientemente, como lo demuestra las huellas de pisadas halladas en su suelo. Aunque el derrumbamiento que se produjo las ocultó en gran parte, en las que quedaron visibles pueden verse con claridad que pertenecen a calzados deportivos modernos. Este hecho irreversible queda confirmado por la hendidura que la cueva presenta en el paramento que da al barranco, oculta tras una gran piedra que hace casi imposible su visión desde aquel lugar. Ello nos obliga a pensar que la cueva fue descubierta no hace mucho tiempo y despojada de todo lo que en ella se encontraba, excepto de unas pocos gánigos y unas ruedas de molino, que por lazos del destino quedaron protegidas de la acción del profanador ?o profanadores? gracias a un pequeño desprendimiento de tierra que los mantuvo ocultos.
"Las preguntas que ahora se plantean los arqueólogos son de difícil respuesta. ¿Qué había en la cueva cuando los profanadores entraron por primera vez en ella? ¿Cómo la descubrieron? Si en los nichos había momias, ¿qué hicieron con ellas? Según Felipe Sosa, el lugar posee todas las características de los antiguos enterramientos guanches. Los nichos abiertos en sus paredes permiten suponer que en ellos había al menos cinco momias, aunque pueden haber sido más si se tiene en cuenta la profundidad de varios de ellos; es posible que una epidemia haya provocado la muerte de algunos componentes de la tribu, y que su jefe, ante la posibilidad de infecciones, decidiera enterrarlos de ese modo. Por otro lado, sabido es que muchos coleccionistas de objetos de arte están dispuestos a hacer lo que sea ?incluso violar la ley? con tal de apoderarse de ellos para su particular provecho, pero ¿qué satisfacción puede producir la contemplación, en privado, de unas momias? Sinceramente, creemos que detrás de este singular despojo pueden existir otras connotaciones que en la actualidad, con las informaciones que poseemos, somos incapaces de imaginar. Esperemos que la Dirección General de Patrimonio, especialmente el departamento encargado de la investigación arqueológica, con la ayuda de la Policía, sean capaces de desentrañar este misterio que ha sumido a todos los tinerfeños en un mar de dudas."
Pero si los periodistas y ciudadanos se preguntaban qué podía haber detrás de aquel hallazgo, otra persona se despertó aquel día anímicamente destrozada. En efecto, aunque Felipe Sosa le había manifestado que las circunstancias le obligaban a solicitar del ayuntamiento capitalino la suspensión provisional de la obra, sólo durante unos días y mientras los técnicos de su departamento evaluaban la importancia del hallazgo arqueológico, Alfonso Fresneda no le creyó e intuyó que la suspensión sería larga. Ello significaría una tremenda pérdida económica que con toda probabilidad sería incapaz de soportar, pues como ya se ha dicho había invertido en la compra de aquel solar todo su patrimonio e hipotecado su casa. Las características del terreno y, en consecuencia, el menor costo de su excavación, le habían hecho albergar la esperanza de conseguir un mayor beneficio en la aventura que había emprendido, mas lo sucedido echaba por tierra todas sus expectativas.
Todo esto hizo que aquel día, a pesar de lo mal que había dormido y de su estado de ánimo, decidiera luchar con todos los medios a su alcance para defender sus intereses. Poco después de las nueve de la mañana, tras tomar un taxi para poderse desplazar con más facilidad, se encontraba en las dependencias que ocupaba la Dirección General de Patrimonio Histórico del Gobierno de Canarias. Quiso entrevistarse con el titular del departamento para plantearle sus preocupaciones e intentar hacerle comprender los perjuicios que la suspensión de los trabajos podía ocasionarle, pero le fue imposible porque el mencionado funcionario se hallaba de viaje. Le recibió otro, no supo cuál era su cargo, que intentó tranquilizarle diciéndole que la demora no sería larga puesto que los restos hallados eran escasos, si bien dejó claro que las decisiones finales debían tomarla los técnicos en la materia. A pesar de lo temprana de la hora, le enseñó un documento que ya tenía sobre su mesa. En éste se nombraba a dos especialistas en historiografía canaria, arqueólogos de mucho prestigio, para que trabajasen con los del Museo de la Naturaleza y el Hombre en la investigación del caso, en un intento de descubrir qué había albergado la cueva, cuándo había sido profanada y robados los objetos que contenía y, lo más importante, cuál podría haber sido el destino de estos. Sus palabras serenaron en gran medida a Fresneda, que no obstante se dirigió a continuación hacia el Museo con la intención de entrevistarse con Felipe Sosa. Este tampoco se encontraba en su despacho. Desesperado, sintiendo que la im?potencia lo embargaba, perdiendo incluso un poco las maneras, exigió entrevistarse con alguna persona con autoridad del Museo explicando quien era, si bien al final esto no fue necesario porque uno de los bedeles le indicó donde se hallaba Sosa: justamente en su obra, a la que se había dirigido hacía poco tiempo con un equipo de colaboradores.
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