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EDITORIAL

La constatación de la injusticia del "gran"

2/ago/07 07:44
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LAS PRIMERAS LÍNEAS de este Editorial van dirigidas a las mujeres y hombres de Tenerife y Canaria que han sufrido de forma directa la tragedia de un fuego devastador que se ha vuelto a cebar en los más débiles. Desde aquí nuestras condolencias por lo sucedido y el firme deseo de que se tomen medidas para, dentro de lo posible, evitar en el futuro catástrofes de tamaña magnitud. Es en estos duros momentos cuando los canarios de las siete islas debemos sentirnos más unidos, partícipes de un proyecto común llamado Canarias en el que la solidaridad debe jugar un papel esencial, el mismo del que ha disfrutado en otras ocasiones marcadas por el desastre. Pero estos tristes incidentes no deben hacernos olvidar otros graves problemas que padece el Archipiélago, máxime cuando los incendios han constatado una vez más la urgencia de poner fin a una serie de errores consentidos e injusticias flagrantes que impiden una armoniosa y fructífera convivencia entre los canarios de las siete islas. Y es que el seguimiento de las informaciones ofrecidas por medios de comunicación de todo el mundo acerca de los incendios ha evidenciado una vez más de qué forma Canaria, conocida erróneamente como "Gran" Canaria, recibe un trato preferente, especial, a pesar de no ser la isla más importante del Archipiélago, relegando a Tenerife a un injusto segundo plano. El hecho de que la denominación de un determinado territorio se vea precedida por el apócope "gran" significa a ojos de quien desconoce la realidad del Archipiélago que se trata de la Isla más importante, y en este fenómeno podemos incluir tanto a medios extranjeros como españoles. Basta con echar un vistazo a las grabaciones de los informativos de televisión y radio, a las noticias publicadas en la prensa escrita, para comprobar que "Gran" Canaria precede siempre a Tenerife, que el espacio informativo es mayor y que, incluso, en alguna ocasión se convierte en la única isla de la que se habla. No podemos echarnos las manos a la cabeza por ello. Es, sencillamente, comprensible, porque el sentido común establece que el término "gran" se emplee para referirse a la isla mayor, como ocurre en los restantes archipiélagos del mundo. Los periodistas españoles, franceses, británicos, alemanes, italianos, norteamericanos... que desconozcan la realidad canaria confunden en toda lógica a Canaria con la isla más importante. ¿Es o no un falseamiento de la realidad?

Pero la cosa no queda ahí, porque el inadecuado y aberrante uso del "gran" ha originado de forma paralela un segundo error informativo en la prensa española y extranjera: la incorrecta valoración de ambos incendios. Y es que siendo catastrófico el fuego en Canaria y habiendo afectado tristemente a un importante número de personas que han perdido cultivos y viviendas, el auténtico desastre ecológico se ha producido en Tenerife porque, sencillamente, la riqueza vegetal y animal que se ha perdido es inmensamente superior a la afectada en Canaria, donde los principales daños los han sufrido palmerales y vegetación de menor entidad, tal y como se ha podido comprobar en cientos de imágenes. Sin embargo, el "gran" ha llevado a la prensa de todo el mundo a considerar que, de cualquier forma, ese era el incendio importante, y a convertir en protagonista principal a quien no debía serlo en detrimento de Tenerife. Sólo confiamos en que ese erróneo planteamiento no se aplique en las ayudas prometidas por la administración estatal, tan dada históricamente a favorecer a Canaria sobre las restantes islas.

Si lo ocurrido en el caso de los incendios lo extrapolamos al resto de las facetas de la realidad, comprobaremos hasta qué punto Canaria saca beneficio de un error histórico y cartográfico al que dotaron de veracidad personalidades totalmente carentes de conocimientos geográficos, tales fueron los casos de Viera y Clavijo y Abreu y Galindo, dos portavoces de las erróneas creencias de la antigüedad sobre Canaria, creencias que fueron alimentadas por el poder estatal como pago por el entregado vasallaje de dicha isla hacia los Reyes Católicos y su hija, Juana "La loca". Y por ello es necesario, ahora más que nunca, que ese "cómico" estatuto que reposa en alguna gaveta del Congreso de los Diputados establezca como nombre real de Canaria el que le corresponde, en lugar de situarla en posición de mirar sobre el hombro a las otras seis. Con ello se evitaría, al mismo tiempo, que esa isla sobresaliera de entre las demás, humillándolas, en un avión de una determinada compañía aérea que vuela por varios países con los nombres de las Islas serigrafiados. Los argumentos para eliminar el "gran" son tan nítidos y contundentes que obviarlos sería sinónimo de mala gestión política, de iniciar un mandato con el estigma de quien consiente un error, una injusticia, a sabiendas de los daños que se van a infligir. El nuevo presidente canario, el señor Rivero, debería tomar buena nota de ello, porque lo que aquí exigimos no supone vilipendio alguno hacia Canaria, y mucho menos hacia los habitantes de esa isla, a quienes apreciamos sinceramente y sentimos cerca, sino sencillamente su ubicación en el sitio que le corresponde. Hacer las cosas bien, señor Rivero, es el primer paso para demostrar que gobernará usted para todos los canarios, y para demostrar que va a ser usted un presidente diferente, más ecuánime y empeñado en evitar desequilibrios. Sin olvidar, claro está, la eliminación del Estatuto del orden alfabético, absurdo, irracional anacrónico y fuera de lugar, y del escudo que rompe una tradición de siglos para ningunear a Tenerife. El camino, señor Rivero, se demuestra andando.

Don Paulino, además de por el fuego, Tenerife está que arde y no es bueno que la isla mayor y más importante del Archipiélago esté sufriendo vejaciones sin cuento. No se sume usted a los partidos estatalistas, que todos tiran para la tercera isla. Sea usted un verdadero nacionalista de las siete islas y si tiene que elegir alguna no olvide lo que ya le hemos dicho, la primera y principal es Tenerife. Si yerra se rompe el Archipiélago, que ya empieza a resquebrajarse y a pedir lo que le corresponde: soberanía, soberanía, soberanía.

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