JORGE DÁVILA, S/C de Tfe.
"El calor nos está matando". Con frases tan escuetas como la anterior se puede resumir la angustiosa situación que se vivió ayer en las dos capitales canarias. El fuego no encontró freno en la primera línea que defendían los grupos de extinción y, poco a poco, el panorama se fue complicando de tal manera que la situación quedó sin control. El desánimo se reflejaba en la cara de los políticos sin detenerse a analizar ideologías u otras cuestiones que se situaron por encima de las instituciones a las que representaban. "Lo están dando todo, pero las fuerzas se encuentran al mínimo", apuntó el presidente del Cabildo de Gran Canaria, José Miguel Pérez, en su enésima comparecencia ante los medios de comunicación.
"En Tenerife están pasando hoy (por ayer) por una situación que ya llevamos sufriendo varios días y lo único que se me ocurre es enviarles un mensaje solidario para que los incendios acaben pronto", dijo en el transcurso de la videoconferencia en la que participó Paulino Rivero, presidente del Gobierno de Canarias. El día fue igual de difícil en los dos márgenes del Archipiélago, es decir, altas temperaturas, muchísima humedad y, sobre todo, fuertes rachas de aire caliente que no ayudaban a domesticar a las llamas.
"Ya sólo queda rezar"
Los testimonios de los desalojados eran tremendamente humanos. Se tuvieron que marchar de sus casas bajo un sol de justicia y, en algunos casos, pidiendo una mediación divina. Ya se sabe que cuando llega una situación extrema lo primero que se le pasa por la cabeza a uno es aquella frase de "Dios aprieta, pero no ahoga".
El lunes fue terrorífico. Antes de que el reloj marcara las nueve de la mañana, en puntos en los que ya se trabajaba a destajo para anular el fuego -en suelo grancanario- los termómetros superaban los treinta grados centígrados. Tenerife también se retorcía de calor, pero aún no era visible la cortina de humo grisácea que acabó por escalar al cielo de Los Realejos.
La humacera se tiñó de negro a medida que avanzaba una mañana de esas en las que el fuego aplasta a los peatones contra el suelo. En las zonas calientes no había cambios. Más de 42 grados centígrados y lenguas de viento que abrasaban. Enemigos invisibles que llevaron de cabeza a los técnicos. Era el momento de intentar averiguar por dónde iba a entrar la siguiente ráfaga.
"La situación es grave", repitió varias veces José Miguel Ruano, consejero de Presidencia, Justicia y Seguridad del Gobierno canario. "Con unas temperatura tan altas y unas rachas de viento de esta intensidad -en algunos picos alcanzaron los 60 kilómetros por hora- es difícil trabajar. Se está haciendo lo que se puede, pero la situación es crítica", comentó. "La mejor noticia del día es que no se han registrado daños personales. El resto no se ha podido controlar porque las condiciones son extremadamente malas". De hecho, hubo momentos en los que los recursos aéreos tuvieron que dejar de volar porque el riesgo había aumentado.
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