VIENE DE AYER
- ¿Qué estipula un contrato de esas características?
-Que en caso de producirse una guerra o una catástrofe natural de grandes proporciones, Dall&Houston recibiría mil millones de dólares para atender las necesidades de tipo logístico del ejército.
-¿Pretende decir que el ejército que cuenta con el mayor presupuesto del mundo, superior al de la mayoría de los países civilizados, no está en condiciones de atender a sus necesidades logísticas? ¡Cuesta entenderlo!
-Lo entendería si tuviese en cuenta que nuestro actual vicepresidente fue, hasta un mes antes de su toma de posición, el presidente y mayor accionista de Dall&Houston. Renunció públicamente a sus acciones pero, según mi marido, aún conserva casi el doce por ciento a través de testaferros y compañías interpuestas.
-¡Pero eso es una auténtica barbaridad! ¿Está segura de esa cifra?
-Stanley lo estaba, y conocía mejor que nadie los entresijos de la casa, ya que durante años fue su jefe de contabilidad -hizo una pausa, para que lo que iba a decir a continuación causara aún más impacto-. Y si nosotros, con apenas el uno por ciento de las acciones, ingresamos durante estos últimos años esos cuarenta millones de dólares, ¿cuánto le habrá correspondido al dueño de casi un doce por muchos testaferros a los que se vea obligado a silenciar?
-¡No me pida milagros! No soy una máquina de calcular, y esas cifras escapan a mi comprensión. ¿Qué ocurrió con ese famoso contrato?
-Que los altos cargos de la compañía llegaron muy pronto a la conclusión de que si no estallaba una guerra o hacía su aparición una catástrofe natural de enormes proporciones no valía ni lo que se había pagado por el papel en que estaba escrito.
-Y como no podían provocar una catástrofe natural...
-Decidieron provocar una guerra.
Alejandra Zanaj se dirigió de nuevo al bar con intención de prepararse otra raya de cocaína, por lo que su acompañante le advirtió:
-A ese ritmo pronto dejará de hacerle efecto, y tendrá que pasarse a la heroína.
-¡Eso nunca! -protestó ella-. Mi mejor amiga se aficionó a la heroína, fui testigo de su horrible final y soy consciente de que tengo dos hijos que dependen de mí. -Hizo un gesto hacia los polvos blancos al tiempo que señalaba-: En ocasiones me paso dos o tres días sin recurrir a ella, pero su intempestiva aparición me ha puesto nerviosa.
-¿Mi intempestiva aparición, o el delicado tema de conversación?
-Ambas cosas.
-Lógico... Habíamos quedado en que la cúpula dirigente de Dall&Houston había decidido que la única forma de poder recibir los mil millones de ese draconiano contrato radicaba en conseguir que estallara una guerra. ¿Participó su marido en esa toma de decisión?
-¡Naturalmente! Era uno de los vicepresidentes ejecutivos.
-¿Se lo consultó?
-En cierto modo.
Smith apuró de nuevo su copa, la dejó en el suelo, y dirigió una larga y retadora mirada de reconvención a la mujer, que permanecía con la cabeza gacha.
-¿Qué ha querido decir con esa memez de "en cierto modo"? Es como si asegurara que está embarazada tan sólo "en cierto modo". ¡Déjese de evasivas! Nos encontramos en una situación en la que, o somos sinceros el uno con el otro, o acabaremos, como su marido, en una urna sobre la chimenea del salón. Sobre todo usted. ¿Qué fue lo que le dijo?
-Que la empresa estaba atravesando momentos muy difíciles, y que necesitaba imperiosamente que el contrato se ejecutase. Me aseguró que estaban en juego miles de puestos de trabajo, entre ellos el suyo propio.
-¿Y usted le creyó?
-Hay momentos en la vida en los que una persona está dispuesta a creer incluso lo increíble. Opinara yo lo que opinara, la decisión estaba tomada y llegué a la conclusión de que no debía intervenir. Al fin y al cabo se le iba a declarar la guerra a un dictador acusado de miles de crímenes, y Stanley me convenció de que se trataba de poco más que unas maniobras militares, ya que en menos de un mes todo habría acabado sin apenas derramamiento de sangre.
-¿A pesar de que se afirmaba que el enemigo disponía de fabulosas armas de destrucción masiva con las que defenderse e incluso contraatacar?
-Esa historia no es más que un cuento chino. Stanley me confesó en cierta ocasión que la excusa de las armas de destrucción masiva había partido de los despachos de la propia compañía, y conociéndole, sería capaz de asegurar que fue idea suya.
-Empiezo a reafirmarme en la creencia que me asaltó hace unos días de que su difunto esposo se ganó a pulso el final que tuvo.
-¡Por favor...!
-¿Acaso alguien que contribuye de forma directa al comienzo de una guerra que ha provocado miles de muertos, en su mayoría civiles, no merece un castigo?
-Prefiero no pensarlo.
-Pero lo piensa a diario, y su única respuesta la encuentra en la cocaína... ¿O me equivoco?
-No, por desgracia no se equivoca -admitió casi con un susurro Alejandra Zanaj-. Mil veces me he preguntado por qué no le supliqué a Stanley que abandonara la compañía, y mil veces me veo obligada a responderme a mí misma que en aquellos momentos la posición más cómoda era no interferir en el trabajo de mi marido. Me justificaba haciéndole la vida agradable y volcándome en el cuidado de los niños, escudada en esa absurda teoría de que una ignorante mujer debe mantenerse al margen de los asuntos de los hombres inteligentes.
-Pero usted no es una ignorante y tenía muy claro que lo que estaba ocurriendo, fuera o no asunto de hombres supuestamente inteligentes, era una auténtica canallada.
-Tonta no soy, si es a eso a lo que se refiere, pero en ocasiones resulta conveniente hacerse la tonta.
-Y ahora está pagando las consecuencias.
-¡Y a qué precio!
El intruso recogió su copa encaminándose de nuevo al bar, pero una vez allí pareció arrepentirse, limitándose a dejarla sobre el mostrador.
-No es un buen momento para emborracharse, aunque el cuerpo me lo esté pidiendo a gritos... -masculló con evidente mal humor-. Creo que hemos llegado a la conclusión de que tanto su marido como usted estaban arrepentidos del papel que habían jugado en todo este asunto. ¿Cierto?
-Cierto. Stanley se pasaba las noches dando vueltas y más vueltas en la cama sin pegar ojo. Incluso dejamos de hacer el amor.
-¿Cuestión de conciencia o cuestión de miedo?
-Supongo que ambas cosas.
-¿Sospechaba su marido que podía ocurrirle una desgracia?
-No, hasta hace tres meses -la mujer se tomó un pequeño respiro antes de admitir-: Le preocupaba acabar en la cárcel, no en el cementerio. Pero una noche apareció lívido, desencajado y mascullando que estaban llevando las cosas demasiado lejos. Creo que a partir de ese momento empezó a sospechar que, efectivamente, intentarían hacerle daño.
-¿No le aclaró de qué se trataba?
-Se negó a hablar de ello.
-¿Y no le extrañó que asegurara que estaban llevando las cosas demasiado lejos, cuando nos habían metido hasta el cuello en una guerra de la que evidentemente no hay forma ni de salir, ni mucho menos de ganar? ¿Qué puede haber "más lejos" que una guerra?
-¿A Lukas? ¡Hijo de puta! -no pudo por menos que exclamar la ahora atribulada mujer, que parecía aceptar de pronto la magnitud del error que había cometido-. ¡Que el cielo me proteja!-Naturalmente que me extrañó y me alarmó -reconoció con agobio Alejandra Zanaj, lanzando un largo suspiro-. Siempre había considerado a Stanley una persona muy segura de sí misma y capaz de enfrentarse a las situaciones más difíciles, pero a partir de aquella noche advertí que se estaba derrumbando, como si el peso de toda la humanidad le hubiera caído sobre los hombros... ¡Dios! -sollozó angustiada-. No creo que pueda imaginar lo que significa que cuanto has construido se desplome a tu alrededor y adviertas impotente que no puedes hacer nada para evitarlo. Mi Stanley, el hombre más apuesto, inteligente, dulce, cariñoso y apasionado que había conocido, se estaba convirtiendo en una piltrafa que no parecía tener otra tabla de salvación que la cocaína. Y lo peor del caso es que no conseguía saber por qué.
-¿Lo ha averiguado ya?
-No, aún no.
-¿Cree que conseguirá averiguarlo?
-Para eso le pago. Y muy bien, por cierto.
-A la vista de las cifras que se están manejando, y de que esa gente no duda cuando se trata de mandarte al otro barrio, lo que me paga es calderilla, pero de momento no me quejo.
-¿Y de qué iba a quejarse? -le espetó ella sin el menor miramiento-. Aparte de darme un susto que casi me cuesta un infarto no veo que haya avanzado mucho.
-Olvida que tengo al culpable.
-¿Culpable? -se asombró ella-. Ese cabrón quien quiera que sea no es más que un mandao. Conozco muy bien a los auténticos culpables; han cenado en mi casa y han jugado con mis hijos -sonrió con una mueca amarga-. Incluso uno de ellos me invitó a compartir su cama asegurando que su mujer estaría encantada de compartir la de Stanley. Esos son los que deberían pagar por todo el mal que han causado, pero ya no estoy en disposición de llegar hasta ellos.
-Tampoco yo. ¿Qué quiere que haga con ese tal Cícero?
-Matarlo.
-Yo no mato gente.
-Pues busque a quien sea capaz de hacerlo.
-Tampoco conozco a nadie que mate gente -le hizo notar con marcada aspereza el ahora incómodo Smith-. Bastante he hecho ya con encontrarlo y encerrarlo. ¿Quiere que se lo entregue a la policía?
-¡Pero qué tonterías dice! Si no tiene más pruebas que una confesión probablemente obtenida bajo coacción, los abogados de la compañía lo pondrían en la calle antes de dos horas y será usted el que acabará entre rejas. ¡Menudo equipo de abogados tienen!
-¿Entonces? -se impacientó el otro-. ¿Qué demonios pretende que haga?
-¿Y yo qué sé? ¿Puede retenerlo algún tiempo?
-¿Cuánto?
-El que necesito para reflexionar o para encontrar a alguien con menos escrúpulos que se haga cargo del asunto. ¿Le parece una semana?
-Será peligroso. ¡Muy peligroso!
-Le pagaré cien mil dólares.
-Seguirá siendo igualmente peligroso, pero cien mil dólares ayudan a combatir el miedo y permiten alejarse bastante en caso de que las cosas se pongan feas. Y mi impresión es que van por ese camino.
-Mañana mismo tendrá su dinero.
-Como comprenderá, no pienso venir a buscarlo -de un bolsillo extrajo un diminuto teléfono móvil y lo dejó sobre la mesita al tiempo que señalaba-: Está programado de tal forma que tan sólo puede recibir mis llamadas y llamar a un solo número apretando la tecla roja. Mañana le daré la clave de la cuenta a la que tiene que enviarme el dinero. De ahora en adelante sólo nos comunicaremos a través de ese teléfono pero, por si acaso, yo siempre me presentaré como Smith, así que usted debería buscarse un nombre en clave.
-¿Un nombre en clave?
-Eso he dicho.
-De acuerdo. Ya que usted será "Smith" ¿qué le parece "Wesson"?
El intruso no pudo evitar dejar escapar una corta carcajada.
-Me alegra que al menos continúe teniendo sentido del humor. Smith&Wesson, la mejor arma que se fabrica en la actualidad. Confío en que no la necesitemos nunca.
El chirriar de las cadenas de los tanques al avanzar por las calles desiertas obligaba a entender, incluso a los más ilusos, que cualquier esperanza de volver a la normalidad era ya una quimera, porque quienes les invadían con tan espectacular despliegue de fuerzas lo habían hecho con la evidente intención de quedarse.
El tirano había huido y sus incontables estatuas rodaban ahora sobre el asfalto, pero las terroríficas máquinas de guerra continuaban día tras día su inexorable avance en pos de lo que en verdad venían buscando: los ricos yacimientos de petróleo que los motores de miles de tanques semejantes tanto necesitaban.
Desde la noche de los tiempos nada amenazó a la Tierra, que fue evolucionando hasta convertirse en un lugar en el que el hombre cazador, el hombre agricultor y el hombre pescador convivieron en perfecta paz y armonía con la naturaleza, aunque no entre sí, pero hacía doscientos años que había hecho su aparición el hombre industrial.
Y, curiosamente, en ese escaso cero, cero quince por ciento de la historia de la humanidad, destrozó más que durante todo el período anterior, poniendo en serio peligro la estabilidad del planeta a causa de su desesperada búsqueda de energía.
Desde el soleado día en que, en la primavera de 1774 y en un diminuto pueblo inglés llamado Kinneil, Matthew Boulton y James Watt pusieron en marcha la primera máquina de vapor que demostraba una indudable eficacia, resultó evidente que lo que necesitaba el mundo era combustible con el que generar ese vapor.
Primero la madera, luego el carbón y por último el petróleo se habían convertido en el principal objetivo de la insaciable codicia de los poderosos. Cada metro que avanzaban aquellas chirriantes cadenas por las calles de Bagdad no constituían más que un nuevo paso en el largo camino que se iniciara en Kinneil hacía exactamente doscientos treinta años.
Salka Embarek observaba los tanques desde la ventana de una habitación que ahora carecía de cristales y persianas.
No entendía por qué absurda razón uno de aquellos enormes tanques había venido a ocupar el lugar en que antaño los muchachos jugaban al fútbol en el cercano parque, haciendo girar una y otra vez su torreta de tal modo que el negro ojo del grueso cañón le apuntaba directamente a los ojos cada pocos minutos.
¿La estaba amenazando o es que acaso le tenía miedo?
Ambas cosas, sin duda; sus ocupantes la estaban amenazando porque así eran ellos o así se lo habían ordenado, y le tenían miedo porque debían de ser plenamente conscientes que en una casa que mostraba tan evidentes muestras de haber sido arrasada por sus bombas debían de residir sobrevivientes ansiosos de venganza.
El calibre de un cañón y el blindaje de un carro de combate proporcionan seguridad, pero no impunidad.
El arma de destrucción es tan sólo una máquina sin sentido de la responsabilidad, pero quien mueve sus mandos tiene pleno conocimiento de sus actos, y por lo tanto es consciente de que tarde o temprano alguien le pedirá cuentas por el daño causado.
Nadie se resigna a vivir eternamente protegido por planchas de acero.
Nadie que está convencido de que ha destruido a una familia puede pretender que en cuanto asome la cabeza fuera de su cubículo no le vuelen los sesos.
Ocurría a diario. Miles de Turkys que se habían visto obligados a enterrar a sus padres y hermanos acechaban desde ventanas como aquella el momento de cobrarse una deuda de sangre.
Salka le pidió a su hermano que le enseñara a manejar un arma, pero su respuesta no dejó lugar a dudas:
-La guerra es cosa de hombres.
-En ese caso ¿por qué razón han muerto mamá, Aziza, Aisha o tantas de mis amigas del colegio?
-Nosotros somos diferentes.
-No me parece buena idea "ser diferente" -le hizo notar la muchacha-. Ellos están ahí comiendo cuanto quieren, y nosotros aquí, muertos de hambre.
-Las cosas cambiarán.
-¿Cuándo?
-Cuando lleguen a la conclusión de que es la avaricia de sus dirigentes lo que está propiciando que nosotros los matemos.
-No creo que sirva de mucho que el negro de aquella esquina llegue a esa conclusión; sólo cuando matemos a quienes les ordenan matar empezarán a cambiar las cosas.
-No deberías hablar así -le recriminó su hermano-. No es propio de una niña.
-Ya no soy una niña -replicó ella-. E incluso una niña a la que le hubieran asesinado a su familia tendría derecho a hablar así. ¿O no?
-Es posible.
-¿A cuántos americanos has matado hasta el momento?
-A dos.
-Yo mataré al menos a treinta: diez por cada uno de los nuestros.
Turky Embarek observó con renovada atención a aquella criatura, pequeña y delicada, de caderas estrechas, pechos diminutos, labios apretados y enormes ojos muy negros que reflejaban a todas horas la ira y el odio que encerraba en su interior, y un escalofrío le recorrió la espalda al abrigar el convencimiento de que estaba diciendo lo que realmente pensaba.
¿De dónde había salido aquel odio?
La suya había sido desde tiempo inmemorial una pacífica familia de acomodados comerciantes que habían demostrado una especial visión para hacer magníficos negocios, y por lo que él recordada no se tenía noticias de un solo miembro que hubiese dado muestras de una especial agresividad.
Pero allí estaba ahora él, ejerciendo funciones de francotirador, y por si fuera poco la dulce y cándida Salka, el ángel de la casa, hablaba como si no hubiera hecho otra cosa en su vida que disparar un arma.
Llegó a la conclusión de que lo peor de la guerra no era que destruyera vidas y edificios; era que destruía los corazones.
Tomó asiento en la destartalada cama de su hermana, la cogió de las manos, la colocó ante él de tal forma que pudieran mirarse directamente a los ojos y, tras unos instantes de duda, señaló:
-¡Vamos a hacer una cosa! Deja que sea yo quien mate a esos treinta americanos, y sólo en el caso de que no lo consiga te autorizo a que lo hagas tú.
-¿Cuánto tiempo debo esperar?
-El que sea necesario, porque para mancharte las manos de sangre lo que te sobra es tiempo.
-Un año.
-Dos.
La muchacha dudó, a punto estuvo de negarse pero advirtió que su hermano le apretaba las manos hasta casi hacerle daño, y al fin asintió con evidente desgana.
-¡Está bien! Dos años. Pero tienen que ser treinta.
Cubierto con un pasamontañas, ya que era plenamente consciente de la impresión que ello debía de producir en un hombre que llevaba dos días esposado a una cama, Gregory Gregorian, alias Smith, penetró en la estancia, encendió el potente foco que iba a dar de lleno en el rostro del cautivo, y no pudo evitar lanzar una corta exclamación de manifiesta repugnancia.
-¡La madre que te parió! -exclamó-. Apestas a perros muertos.
-¡Aquí te querría ver yo, hijo de puta! Dame agua. Me muero de sed.
-Lo haré cuando me aclares ciertos puntos que no me han quedado suficientemente claros respecto a la historia que me contaste el otro día...
-¿Qué puntos?
-¿Es cierto que alguien pagó diez millones de dólares por matar a ese tipo?
-Ya te lo he dicho: la mitad fue para Mariel, la otra mitad para mí.
-Mucho dinero es ese por un simple contrato.
-No era un simple contrato; tenía que ser un trabajo impecable, y lo fue.
El cautivo lanzó un reniego y añadió:
-Lo que no consigo entender es cómo hemos llegado a esto. Nadie podía sospechar que no se trató de un accidente.
-Únicamente alguien que hiciera ya mucho que temía que tarde o temprano iba a producirse algún tipo de "accidente".
-¿La esposa del muerto?
-Es muy posible.
-¿Fue ella quien te contrató?
-También es posible.
-Sea como sea, debo admitir que eres muy bueno en tu oficio -reconoció contra su voluntad Tom Cícero-. Hasta ahora nadie había conseguido descubrir mis trucos, y mucho menos echarme el guante. ¿Cuál fue mi error?
-¿Y eso qué importa si ya nunca tendrás ocasión de practicar de nuevo? -su carcelero chasqueó la lengua en lo que pretendía ser un gesto de lo más pesimista, y concluyó-: No sé por qué, pero barrunto que de ésta no sales por tu propio pie.
-Lo tengo asumido -fue la tranquila respuesta del maloliente personaje-. Este trabajo es como una partida de póquer: unas veces se gana y otras se pierde. Lo malo es que cuando pierdes ya no se te ofrece la oportunidad de recuperarte.
-Son las normas.
-Sin embargo, dadas las circunstancias y visto que has demostrado ser un excelente profesional, te convendría meditar el hecho de que valgo más vivo que muerto.
-Excepto que esté rabioso, hasta un perro suele valer más vivo que muerto -replicó Gregory Gregorian con ironía, para añadir a continuación-: ¿O es que se te ha pasado por la cabeza la idea de regalarme tus cinco millones?
-De poco me van a servir cuando me encuentre a un par de metros bajo tierra. Pero no estoy hablando de cinco millones, sino de mucho más. ¡Veinte, incluso tal vez treinta!
-No me hagas reír, que también yo ando algo flojo de las tripas -replicó su captor sin apenas inmutarse-. Tú no has visto tanto dinero en tu vida, y sospecho que ya no vas a tener oportunidad de verlo.
-Es lo que me iban a pagar por el siguiente contrato.
-Continúa en la mierda sobre la que estás sentado, y no intentes liarme con historias absurdas. Nadie paga esas sumas por un trabajo.
-Por éste sí. ¡Te lo juro sobre la tumba de mi madre! Hay cientos de millones en juego, y lo sé porque en este caso actuaremos como un equipo de apoyo logístico de por lo menos diez miembros.
-Por lo que he conseguido averiguar sobre ti, tu madre aún vive en Florida, o sea que todavía no tienes tumba alguna sobre la que jurar. Y ese cuento es tan burdo que ofende mi inteligencia. ¡Tantos millones por un contrato! ¿A quién se le ocurre?
-A una compañía que ha declarado unos beneficios de casi tres mil millones, libres de impuestos, durante los cuatro últimos años, y por lo visto confía en declarar mucho más si logramos llevar a feliz término su encargo.
-¿El nombre de esa compañía?
-Dall&Houston.
-¡Vaya! En ese caso se trata de palabras mayores, y con unos ciertos visos de credibilidad. Puede que el asunto empiece a interesarme. ¿De qué va el nuevo contrato?
-Eso aún no lo sé, pero por lo visto se trata de algo muy, pero que muy gordo, que tiene que estar planeado al milímetro.
-¿Mariel conoce el objetivo?
-¡Naturalmente. Él recibe las órdenes y se encarga de ejecutarlas, organizándolo todo a su manera, aunque nunca suelta prenda hasta el último instante. Entonces te dice lo que tienes que hacer exactamente, y puedes estar seguro de que si le fallas eres hombre muerto. No perdona una, pero tiene una virtud: lo que promete, lo cumple.
-Me gustaría conocerle.
-¡Y a mí, no te jode! Pero no sé de nadie que le haya visto la cara y continúe con vida. ¡Por eso es el mejor!
-Reconforta descubrir que existen personas que admiran y respetan a quien les da de comer -admitió Gregory Gregorian-. Pero en lo que a mí se refiere no puedo compartir tu entusiasmo, puesto que lo único que sé del tal Mariel es que es un hijo de puta que vive de asesinar por encargo, y según me das a entender, ni siquiera lo hace personalmente. -Se recreó en llenar un vaso de agua de la jarra que tenía a su lado para aproximarlo al rostro de su prisionero al tiempo que añadía-: ¿Cómo acostumbras a ponerte en contacto con él?
-Nunca me he puesto en contacto con él -fue la inmediata respuesta, que sonó sincera-. Siempre es él quien se pone en contacto conmigo.
-¿Por teléfono? -Ante el mudo gesto de asentimiento, el encapuchado señaló con la cabeza los dos pequeños móviles que se encontraban sobre una mesa cercana-. ¿Por cuál suele llamarte?
-Por el verde. No sirve más que para recibir sus llamadas y debo llevarlo siempre encima, aunque tarde un año en volver a contratarme.
-Está visto que hoy en día todo se hace a través de los móviles. No entiendo cómo hasta hace poco vivíamos sin ellos. ¡De acuerdo! -masculló-. Esperaré a que el cabronazo de Mariel se decida a llamar -agitó de arriba abajo la cabeza en un gesto de rotunda afirmación a la par que chasqueaba la lengua-: Bien mirado estamos hablando de muchísimo dinero -concluyó.
Se inclinó sobre su prisionero con el fin de alzarle la cabeza y acercarle el vaso a la boca para que pudiera beber, y cuando hubo concluido añadió:
-Y ahora reza para que tu marielito llame cuanto antes o se te va a poner el culo en carne viva. La mierda no suele ser buena para la piel.
Se metió el teléfono verde en el bolsillo, se dirigió a la puerta, apagó la luz y cerró tras de sí para comenzar a ascender por una estrecha escalera al tiempo que se despojaba de la negra capucha, que colgó de un clavo de la pared.
Desembocó en una amplia cocina y desde ella accedió a un luminoso salón en el que una atractiva muchacha de enormes ojos azules aparecía tendida en un sofá, absorta en la contemplación de una vieja película musical.
Tomó asiento a su lado, se colocó las piernas de ella sobre sus propios muslos, y empezó a acariciarlas con suavidad.
-Es duro el tipo -comentó al poco-. Muy duro.
-¿Ha dicho algo? -preguntó ella sin apartar la vista del televisor.
-Que le han ofrecido un nuevo trabajo extraordinariamente bien pagado.
-¿Cuánto?
-Por lo menos veinte millones.
-Supongo que será de bolívares. Tengo entendido que con eso hoy en día en Caracas no pagas ni un almuerzo.
-Veinte millones de dólares.
La muchacha lo miró con una expresión de absoluta incredulidad en sus atractivos ojos, al tiempo que inquiría:
-¿Estás de broma?
-Es lo que ha dicho.
-¿Y tú te lo crees?
Gregory Gregorian se limitó a encogerse de hombros, lo que al parecer tuvo la virtud de avivar la curiosidad de la muchacha, que se apresuró a apretar el botón de apagado del televisor para ir a sentarse ahora muy recta en un rincón del sofá. Desde allí observó a su acompañante con renovada atención.
-Nadie tiene tanto dinero -comentó al fin.
-Los dirigentes de la Dall&Houston sí.
-Los dirigentes de la Dall&Houston son una cuadrilla de malnacidos que nos han metido en una guerra absurda en la que de momento se han dejado la vida tres mil de nuestros muchachos y casi medio millón de iraquíes.
-Lo sé mejor que nadie, querida. Ya te he dicho que fueron los que mandaron matar a Stanley Rove.
-No se te habrá pasado por la cabeza tratar con ellos...
-Ni por lo más remoto, pequeña. Ni por lo más remoto -fue la respuesta-. Pero no puedo evitar preguntarme por qué razón unos tipos a los que les gusta el dinero hasta el punto de ser capaces de organizar una guerra tan sangrienta están dispuestos a derrocharlo de ese modo.
-¡Olvídalo! -suplicó ella-. Es más, olvida este asunto, abandona a ese cerdo que tienes ahí abajo en cualquier cuneta y vayámonos de aquí, porque todo lo que toca esa maldita compañía lo pudre. ¿Sabías que durante meses estuvieron proporcionando agua contaminada y alimentos en mal estado a las tropas que luchaban en Irak? Nuestros soldados no sólo mueren por las bombas enemigas, sino por la porquería que les obliga a comer su propia gente, que le cobraban al Pentágono las botellas de agua supuestamente mineral como si se tratara de champán francés. ¡Deberían fusilarlos a todos!
-¿Incluido el Vicepresidente?
-¿Qué tiene que ver el Vicepresidente con todo esto?
-Que es el mayor accionista de Dall&Houston. En la sombra, naturalmente, pero el mayor accionista al fin y al cabo.
-¡La madre que lo trajo al mundo! -exclamó indignada-. ¡Así se entienden muchas cosas! ¿Lo sabe el Presidente?
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