Cultura y Espectáculos
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MIÉRCOLES, 25 DE JULIO DE 2007
ALBERTO VAZQUEZ FIGUEROA

Por mil millones de dolares (1)

Tal como se anunció ayer, EL DÍA inicia hoy la publicación por entregas de la última novela de Alberto Vázquez-Figueroa, "Por mil millones de dólares", que basa su trama en la guerra de Irak. Cada día se insertará en el texto un titular con la actualidad del conflicto

SALKA EMBAREK se convirtió en mujer la noche que comenzaron a caer bombas sobre Bagdad.

No se trató únicamente de una reacción síquica, achacable a una situación nueva y del todo anómala que ponía fin a su despreocupada niñez, sino de un súbito y anormal adelantamiento de su primera menstruación, lo que motivó que durante el resto de su vida asociara mentalmente la idea de la sangre que manaba del interior de su cuerpo a la sangre de las miles de víctimas de una brutal masacre.

El insoportable estruendo de las explosiones, el resplandor de los incendios, los aullidos de las sirenas, y los desgarrados gritos de angustia de heridos y moribundos significaron una definitiva vuelta de página en su existencia por el hecho de pasar en cuestión de minutos de ser la niña mimada de una familia que residía desde tiempos inmemoriales en una fabulosa y antiquísima ciudad famosa por sus leyendas, palacios, califas y sultanes, a una aturdida y aterrorizada criatura que contemplaba estupefacta los cadáveres de sus padres y de uno de sus hermanos.

Las pesadillas pueden ser hermosas porque acaban en el momento en que se abren los ojos a la realidad.

La realidad suele ser espantosa porque al abrir los ojos continúa constituyendo una indestructible certeza.

Las pesadillas son fruto de nuestra imaginación; la realidad acostumbra a ser fruto de imaginaciones ajenas.

Aquella lluvia de bombas caídas del cielo o misiles lanzados desde cientos de kilómetros de distancia lo era, y aquel infierno adelantado a la muerte y al juicio final también lo era, aunque en aquellos momentos la desconcertada Salka Embarek no consiguiera entender sus motivos.

Sobre los parterres de flores del pequeño jardín que su madre le había enseñado a cuidar con tanto esmero, reposaba ahora el destrozado cadáver de su hermano Alí, y tan sólo la ropa y el anillo que lucía en una mano que tantas veces la había llevado al parque le permitían comprender que aquel otro disperso amasijo de carne ensangrentada pertenecía a su madre.

Su padre había sobrevivido durante casi diez minutos al efecto de la explosión que había destrozado su hogar, pero su corazón parecía haberse negado a aceptar la magnitud de la tragedia; ahora se encontraba sentado en uno de los cuatro escalones que daban acceso al porche, con los ojos muy abiertos, como si estuvieran observando el horror, aunque ya no veían más que el largo y oscuro sendero que conducía a la nada.

Estrellas fugaces cruzaban una y otra vez el cielo, pero ya no eran aquellas por las que tantas noches se sentaron en la terraza deseando verlas y pedir deseos que rara vez se cumplían, sino proyectiles que buscaban ansiosos las cabezas de otros ancianos y otros niños.

La guerra, odiosa palabra que su madre más que pronunciar escupía con asco, había irrumpido sin previo aviso en el pequeño mundo de una criatura a la que nadie había puesto en antecedentes de su letal significado.

Salka tardó casi una hora en reaccionar, se irguió a duras penas, cruzó junto al rígido cuerpo de su padre sin rozarlo, se abrió paso entre las ruinas, apartó los cascotes que cubrían su cama y se acurrucó en ella ansiando quedarse dormida con la vana esperanza de que con la luz del nuevo día todo volviera a la normalidad.

A las ocho tenía que estar en pie y a las nueve en el colegio.

La maestra se mostraba muy estricta respecto al hecho de ser puntual.

Pero el sueño no ama a los desgraciados.

Al sueño no le gusta acudir en auxilio de aquellos que lo necesitan.

El sueño, último consuelo de los pobres, tanto más tarda en llegar cuanto más se le llama.

El sueño es un maldito traidor que acosa a quien le esquiva y esquiva a quien le acosa sin atenerse a razones, pese a que aquella que solicita sus favores sea una pobre niña que le espera como su única oportunidad de no volverse loca.

La luz del nuevo día no irrumpió como de costumbre por entre las rendijas de la persiana porque ésta había desaparecido como si una gigantesca mano la hubiera robado regalándosela a otra niña de un país muy lejano.

De igual modo habían desaparecido los cristales, por lo que la luz que penetraba en la habitación luchaba a brazo partido con el denso humo de un centenar de incendios.

Bagdad era una hoguera. Millones de seres humanos de todos los países contemplaban en las pantallas de sus televisores cómo ardía la ciudad de Las Mil y una Noches en su noche más cruel; aquella que ni la desbordada imaginación de la dulce, bella y generosa Sherezade se atrevió concebir.

Acomodados en los salones de sus casas, se asombraban ante la magnitud de la tragedia, veían el fuego destructor y escuchaban el estampido de las explosiones, pero les resultaba imposible percibir el acre hedor de la muerte que impregnaba las calles que antaño recorriera el mítico sultán Aarun al-Rashid.

Ni tan siquiera el todopoderoso genio de la lámpara de Aladino hubiera sido capaz de evitar el amargo destino que lejanos gobernantes de otros países habían programado tan cuidadosamente, y ni los cuarenta ladrones de Alí Babá hubieran aspirado a robar la millonésima parte de lo que ellos esperaban robar.

Los famosos ladrones de Bagdad tan sólo robaban oro, diamantes y perlas, mientras que aquellos que invadían la hermosa ciudad robaban al mismo tiempo vidas humanas.

Tres de una sola familia, la familia Embarek.

Al amanecer, el mayor de los hijos, Turky, que como de costumbre había pasado la noche en una cálida y amable cama ajena, consiguió abrirse paso a duras penas por entre la desolación de tan apocalíptico desastre, pero no acertó a pronunciar ni una sola palabra ni dejar escapar una sola lágrima ante el inconcebible espectáculo de lo que fuera su acogedor hogar hasta unas horas antes.

Acarició absorto la barba de su padre, se puso en el dedo el anillo de su madre, besó a su hermano en la frente y se aventuró en la casa sin esperanza alguna de encontrar con vida a la pequeña Salka.

En el momento de abrazarla, su alma estalló en sollozos para dejar escapar un incontenible alarido de dolor.

La mujer dormía inquieta, como si presintiera el peligro, y razón tenía en su inquietud puesto que una sombra se dibujó en el ventanal, hurgó con habilidad en la cerradura y penetró sigilosamente en la amplia y lujosa estancia que se encontraba dominada por una ancha cama de baldaquín de la que colgaban unas delicadas cortinas de color rosa.

El intruso permaneció largo rato observando a la durmiente con el oído atento a cualquier ruido que pudiera llegar del interior de la casa, pero lo único que se percibía era un lejano ladrido que provenía del jardín trasero.

Cuando pareció convencerse de que no cabía esperar ningún tipo de peligro, el hombre se inclinó y con una mano enguantada cubrió la boca de la mujer al tiempo que susurraba:

-¡No se asuste! No voy a hacerle daño.

Resultó inútil cualquier intento de resistencia puesto que el agresor era especialmente fuerte, y cuando llegó a la conclusión de que tenía completamente dominada a su víctima, señaló en el mismo tono, bajo y pausado:

-¡Tranquila! Soy la persona encargada de averiguar qué le sucedió a su marido y le repito que no pienso hacerle daño pero necesitaba verla a solas.

Cuando pareció comprender que quien se había despertado de una forma tan poco habitual y desagradable se había tranquilizado lo suficiente como para no gritar, apartó la mano al tiempo que comentaba:

-Por favor, es muy importante que nadie sepa que estoy aquí.

-¿Y cree que ésta es manera de hacer las cosas? -protestó ella con voz entrecortada-. Me ha dado un susto de muerte.

-Lo lamento, pero era necesario.

-¿Y no le hubiera resultado más cómodo citarme en algún lugar? Mi teléfono figura en la guía.

-E intervenido. Graban todo lo que dice, e incluso graban en vídeo todos sus movimientos en cuanto pone los pies en la calle.

-¡Qué estupidez!

El intruso se encogió de hombros, regresó al ventanal, corrió las gruesas cortinas para que ni el más mínimo haz de luz se filtrara al exterior, y al regresar encendió la lámpara de la mesilla de noche al tiempo que replicaba:

-Crea lo que quiera, pero le aseguro que no me molestaría en entrar de este modo en su casa si no estuviera seguro de lo que digo, aunque lo cierto es que su sistema de seguridad es pésimo.

La mujer, que se había erguido tomando asiento en la cama con la espalda apoyada en el cabezal, observó con atención al hombre de anchos hombros y enormes manos enguantadas que se preocupaba en esos momentos de aproximar una silla, en la que se acomodó dejando el respaldo por delante, y, tras meditar unos instantes, quiso saber:

-¿Y a quién puede interesarle escuchar mis conversaciones o vigilar mis movimientos?

-A los mismos que mandaron matar a su marido.

La respuesta sonaba convincente, y la dueña de la casa no pudo evitar volverse instintivamente al teléfono que se encontraba sobre la mesilla.

-Suena absurdo -dijo.

-Parece absurdo, pero en el fondo responde a una lógica aplastante. Tan absurda y al mismo tiempo tan lógica que ni siquiera yo acabo de creer lo que está ocurriendo, o más bien debería decir, lo que puede ocurrir.

-¿Le importaría explicarse?

-A eso he venido -fue la tranquila respuesta-. Y en busca de ayuda, consejo o, en último caso, órdenes, puesto que al fin y al cabo usted es quien paga.

-Nunca le he visto y por lo tanto nunca puedo haberle pagado -fue la agria respuesta.

-No se inquiete -le tranquilizó él-. No soy tan estúpido como para llevar un micrófono encima, pero aunque se niegue a admitirlo lo cierto es que usted le pidió a un amigo que buscara a alguien capaz de averiguar lo que le había ocurrido a su esposo. ¿O no?

-Es posible.

-Y también pagó para que se castigara a los culpables sin tener que pasar por el duro, y en la mayoría de las ocasiones inútil, trámite de un juicio cuyo fallo, jamás le compensaría por el dolor de la pérdida de una persona a la que dicen que adoraba.

-¡Eso es absurdo! -protestó ella-. Yo jamás...

El otro la interrumpió alzando la mano enguantada.

-¡Déjelo ya! Insisto en que no estoy grabando una conversación que pueda incriminarle, y si abriga alguna duda estoy dispuesto a desnudarme para que compruebe que no escondo un micrófono.

-¡No, por Dios! No es necesario.

-En ese caso mi consejo es que renuncie desde ahora a saber qué fue lo que le ocurrió a su esposo, y se limite a disfrutar de la fortuna que le dejó, que por lo que tengo entendido es bastante considerable.

-Stanley no me dejó nada que yo no tuviera. Si, como asegura, su trabajo es averiguar cosas, debería saberlo.

-Me consta que heredará una extensa cadena de hoteles de lujo, pero desde que se casó, su fabuloso tren de vida ha corrido por cuenta de la fortuna de su esposo. ¿O me equivoco?

-Así lo quería Stanley, y a mí me gustaba que así fuera -dijo con un leve deje de orgullo-. A las que no vamos por el mundo presumiendo de feministas nos agrada que nuestro hombre, aparte de hacernos feliz en una cama, nos cuide, nos mime y nos proteja.

-Estoy de acuerdo, un marido debe ser capaz de atender todas las necesidades de su esposa, y el suyo demostró que sabía hacerlo porque, por lo que he podido averiguar, durante estos tres últimos años su cuenta corriente se incrementó en unos cuarenta millones de dólares.

-Me pregunto si se ha dedicado a indagar sobre quién mató a Stanley o más bien a investigar sus asuntos personales.

-Una cosa va ligada a la otra.

-Admito que eso es cierto. ¿Me alcanza esa bata por favor?

El intruso hizo lo que le pedía, la dueña de la casa se la puso, abandonó la cama y, calzándose unas estilizadas zapatillas, tomó asiento frente al coqueto tocador que ocupaba una pared lateral de la estancia comenzando a cepillarse lentamente la larga y hermosa melena azabache.

Se detuvo a observar a su acompañante reflejado en el espejo, e inquirió al poco:

-¿Qué es eso tan terrible que tiene que contarme?

-Que a su esposo lo mandaron matar sus propios socios.

-¡Pues vaya una noticia! ¿Y para llegar a semejante conclusión ha necesitado tanto tiempo y dinero?

-¿Acaso lo sabía?

-Lo presentía.

-Existe una gran diferencia entre un presentimiento y una realidad.

-¡Cierto! Pero en casos tan evidentes como éste viene a ser lo mismo. Lo que importa es que tenga pruebas de lo que dice. ¿Las tiene?

-¡Naturalmente! Es más -hizo una corta e intencionada pausa para añadir-: tengo a quien le mató.

La dueña de la casa cambió de actitud, e incluso de tono de voz, y volviéndose por completo en su asiento inquirió ansiosa:

-¿Está seguro?

-Sin el menor género de dudas. Se llama Tom Cícero, es un excelente profesional especializado en amañar accidentes de automóvil, y me ha contado quién le pagó, por qué le pagó, cuánto le pagó, dónde le pagó, y cómo le pagó.

-El porqué ya lo sé -sentenció ella-. Por acabar con la persona más maravillosa de este mundo. ¿Quién le pagó?

-Un gusano. -Ante el gesto de desconcierto y desagrado de la mujer, añadió a modo de explicación-: En el argot profesional "gusano" es todo aquel que pertenece a una banda organizada de origen cubano.

-¿Y a qué se debe el nombre?

A que Fidel Castro suele llamar "gusanos" a cuantos escapan de su dictadura, y en el mundo de la delincuencia esa denominación ha acabado por distinguir a los que llegaron de Cuba de los procedentes de otros grupos mafiosos.

-¿Y cómo se llama el que pagó?

-Mariel.

-¿Eso es un nombre o un apodo?

-Un apodo.

-Pero ¿sabe a quién pertenece realmente?

-Aún no, pero si decide seguir adelante, intentaré averiguarlo.

-¿Y qué le hace suponer que no voy a seguir?

-El hecho de que empiezo a sospechar que todo este asunto es mucho más complejo y peligroso de lo que cualquiera puede llegar a imaginar.

-¿Complejo y peligroso? -repitió ella con la expresión de quien acaba de escuchar una estupidez de proporciones inconcebibles-. ¿Es idiota o qué le pasa? ¿Qué puede existir más complejo y peligroso que el hecho de que asesinen sin motivo al padre de tus hijos? -hizo una corta pausa, dejó el cepillo sobre el tocador y alargó la mano observándosela hasta que dejó de temblar-. ¡Perdone! -suplicó-. No he pretendido insultarle, pero es que este asunto me altera los nervios. ¿Cómo se llama?

-Es mejor para los dos que no lo sepa.

-De acuerdo -admitió-. ¿Cómo puedo llamarle sin comprometerme yo ni comprometerlo a usted?

-Digamos... Smith.

-Por mí, Smith es un nombre tan bueno como cualquier otro.

-¿Y cómo quiere que me dirija a usted?

-¡Por mi nombre, naturalmente! -replicó ella como si de nuevo fuera aquella una estupidez sin sentido-: Alejandra Zanaj, por si no lo sabía. ¿A qué demonios está jugando?

-A nada, señora... -le hizo notar con acritud-. Es a usted a quien le han asesinado al marido y quien corre el riesgo de seguir el mismo camino. Y es usted quien ha iniciado este juego al pagar mucho dinero para que encuentren y castiguen a unos culpables que no están en absoluto dispuestos a que se les castigue. Si imagina que puede meterse en un mundo tan sórdido como el de los asesinos a sueldo y los magnates que les contratan como quien se va de compras, es que es usted una inconsciente, y le aseguro que no estoy dispuesto a que me corten el cuello por algo que en el fondo ni me va ni me viene. Existen otros modos más cómodos y menos peligrosos de ganarse la vida.

-¿Realmente me considera una inconsciente?

-¡No se puede imaginar hasta qué punto! -respondió tranquilo pero rotundo-. He averiguado que en un momento de desesperación, que entiendo pero no apruebo, le confesó a alguien que su marido le había contado cosas y le había dejado documentos que podrían enviar a la cárcel a un buen número de senadores y congresistas, así como a la mayoría de los dirigentes de la todopoderosa Dall&Houston -abrió las manos con las palmas hacia arriba en un significativo gesto y pontificó-: A mi modo de ver, y al de cualquier persona sensata, esa es la prueba de inconsciencia más flagrante que se ha visto nunca en el mundo de los negocios.

-¡Pero...!

-¿Acaso no es cierto?

-Lo es si se refiere a Richard. -Alejandra Zanaj pareció desconcertarse-. Pero no creo que tenga derecho a decir nada malo de él. Stanley y yo siempre le hemos considerado como a un hermano.

-Se olvida de que ese supuesto hermano, al igual que su difunto esposo, es un alto ejecutivo de la Dall&Houston, y le garantizo que el bueno de Richard no dudó en elegir entre la fidelidad al generoso Consejero Delegado que le da de comer caviar cada día, y la fidelidad a la viuda del "hermano" muerto. Al día siguiente de que usted le hiciera tan imprudente confesión se lo había contado todo a Wolf Lukas.

-¿A Lukas? ¡Hijo de puta! -no pudo por menos exclamar la ahora atribulada mujer que parecía aceptar de pronto la magnitud del error que había cometido-. ¡Que el cielo me proteja!

-Mi impresión es que, en un caso como éste, ni siquiera el cielo cuenta con los suficientes ángeles protectores. -El visitante nocturno movió su silla aproximándola aún más a su interlocutora y, bajando la voz, añadió-: ¿Realmente tiene pruebas que pueden enviar a toda esa gente a la cárcel? -ante el mudo y en cierto modo desolado gesto de asentimiento no pudo por menos que mascullar-: ¡Pues sí que está jodida! ¿Tiene una ligera idea de la magnitud del lío en que se ha metido?

-Empiezo a tenerla.

-¿Y sigue pensando que juego a algo cuando le advierto que todas las precauciones son pocas?

-Ahora ya no.

-¿Sabe cuánto pagaron por quitar de en medio a su marido con un trabajo tan pulcro que nadie pudiera imaginar que no se había tratado de un desgraciado accidente de automóvil? -hizo una corta pausa antes de concluir-: diez millones de dólares.

-Yo hubiera pagado cien veces más para que viviera.

-Lo supongo, pero en ese caso ellos hubieran pagado otras cien veces más para que muriese. Como supongo que sabe mejor que nadie, dinero, ingentes cantidades de dinero, es lo que les sobra.

-Manchado de sangre.

-¡No me venga con frases melodramáticas, señora! -le reconvino el otro-. Ya es demasiado tarde. Sus casas, sus coches, su yate, sus joyas, sus fabulosas fiestas, y todo lo que ha constituido su forma de vivir durante estos últimos años se han pagado con ese dinero manchado de sangre, y no pretenda hacerme creer que lo ignoraba.

Alejandra Zanaj apretó un botón que hizo que un cuadro girara sobre sí mismo dejando al descubierto un pequeño bar perfectamente surtido, y de una caja de plata extrajo unos polvos blancos, los extendió sobre un pequeño espejo y, con ayuda de un tubo igualmente de plata, aspiró con fruición.

-¿Le apetece?

-Prefiero un vodka con hielo.

Ella lo sirvió, se aproximó a entregárselo y, al tiempo que observaba cómo lo paladeaba lentamente, comentó:

-Me esforzaba por ignorar que en efecto era dinero manchado de sangre, pero lo cierto era que cada vez me resultaba más difícil. A diario la televisión emitía imágenes de cientos de muertos, muchos de ellos mujeres y niños, o de nuestros propios soldados que regresaban dentro de brillantes ataúdes, y en esos momentos me venía a la mente que habían sido Stanley y los suyos quienes habían propiciado que semejante masacre sin sentido comenzara.

-¿Cuestión de conciencia?

-Lo peor que tiene la conciencia, ¡hija de puta!, es que es la única capaz de superar los efectos de la coca. Día tras día, tanto Stanley como yo aumentábamos la dosis en un desesperado intento de acallar nuestras conciencias, pero día tras día la prensa y los noticiarios continuaban publicando cifras de muertos, recordándonos que él había contribuido de forma muy directa a destapar una horrenda caja de Pandora que ya nadie sería capaz de cerrar.

-Creo que empieza a entrar en razón -admitió Smith al tiempo que se dirigía al bar con intención de servirse un nuevo wodka-. ¿Cuál era el papel de su marido en los inicios de todo este asunto?

-Fue uno de los tres altos ejecutivos de Dall&Houston que firmó con el Pentágono el famoso "Contrato de Servicios de Emergencia en caso de Necesidad", que constituyó el origen de todo cuanto vino más tarde.

-¿Ha dicho "Contrato de Servicios de Emergencia en caso de Necesidad"?

-Exactamente.

CONTINÚA MAÑANA

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