CUANDO LAS TROPAS españolas, con un ultimátum chantajista y amenazador se encontraban paralizadas y parapetadas -paradojas de la vida, ahora vamos al fin del mundo defendiendo causas ajenas a nuestro entorno en Líbano, Kosovo o Afganistán- en línea de demarcación entre Marruecos y el Sáhara, la provincia española número 2, en octubre de 1975, se había cumplido cerca de cien años de presencia española en ese territorio desértico pero rico en pesca, salazones y en minas de fosfatos que con técnica alemana se extraían de las minas Bukra a cielo abierto, en una especie de llegar y cargar a través de una cinta transportadora pagada con los impuestos indirectos de los presupuestos generales de España e instalada por ingenieros de la República Federal de Alemania.
Esas mismas tropas, en situación de máxima alerta, difícilmente podrían avistar o adivinar desde el horizonte azul y amarillo de sus posiciones en las arenas onduladas por el siroco que aquel mismo año en octubre de 1975, quienes eran cuidados y mimados por un país occidental como el español iban a convertirse súbitamente y de la noche a la mañana en carne de cañón. Y la situación sigue sin ser resuelta.
Al tratar de evitar un conflicto con quienes con la ayuda de Francia intentaban cobrarse una deuda inexistente, irrealidad alimentada por la hipocresía gala, en este asunto, que tuvo incluso la desfachatez de enviar al presidente más nefasto para los intereses de España en toda la historia de la quinta República, don Valerie Giscar D,. stain (nada que ver con Nicolás Sarkozy, un gran amigo de España y probablemente del Sáhara, pues ya le han anulado una visita a Marruecos, porque no entra por el aro marroquí), que con su sonrisa falsa acudía a los fastos de la coronación de don Juan Carlos I, el 22 de noviembre de 1975, mientras se consumaba el latrocinio.
En esa estampa de claroscuros en la que los representantes Sáharauis acudían al edificio de las Cortes Generales, unicameral, hoy Congreso de los Diputados representando a su pueblo, se preguntaban cómo se les podía abandonar de tal manera a la barbarie marroquí, que en pocos meses arrasaría ciudades tan sagradas como la de Smara, asustando y algo más a niños y ancianos que entonces se sentían protegidos por las estructuras civiles y unilaterales españolas.
Conozco a uno de los héroes protagonistas del bando del ejército que nunca quiso abandonar esa tierra del desierto que, años más tarde de consumado el expolio, tuvo en la Estación de Atocha de Madrid un encontronazo con uno de los superiores que ordenaban la retirada de España del Sáhara, habiéndole conminado a no proteger a una niña desconsolada que lloraba y pedía protección a uno de los soldados españoles.
Sobre esa invasión del Sáhara, en frente de nuestras narices y de la que todavía no se conoce su origen y planificación en toda su extensión, ni se han sentado en los Tribunales Internacionales de Justicia a los que la perpetraron con agravante de anexión a una nación que no le pertenece, afecta en la vida diaria a los oriundos de las tierras de Tuareg, de turbantes negros y ropas azul celeste y a los que los defienden y acogen en la tierra amiga de Canarias y España, dando sentido a la resolución de esta gran injusticia, cuya solución solo pasa por un gran acuerdo entre los máximos representantes de España y Francia y dándole nuestro cariño y apoyo junto con altavoz y micrófono al presidente de la Asociación de Amigos del Sáhara, al que se le sacó en volandas en un mitin de don José Luis Rodríguez Zapatero en Santa Cruz de Tenerife y de triste recuerdo, ante las protestas de la Asociación de Amigos del Sáhara al querer presentar el banco canario sahariano como propiedad de Marruecos, recibiendo pocos días después el premio Canarias.
Es tiempo de hablar claro y alto al mundo para comunicar las barbaridades hechas por los invasores de las tierras Sáharauis. No solo como parte de una historia amarga sino como homenaje que honre la verdadera memoria histórica, quienes trabajaron codo con codo con esa tierra y quienes siendo expulsados de sus casas, colegios y centros de reunión no tuvieron otra salida que desaparecer, puede que para siempre, en el desierto tras la gran traición obrada desde algunos timoratos despachos de Madrid, acaramelados por la contraparte gala. De un Franco enfermo y moribundo que nunca hubiera traicionado a los saharauis, y las presiones de Hassan II, peor dictador que Franco, que Francia, soñaba con apoderarse de lo que nunca podrá ser marroquí: el Sáhara.
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