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JORGE ROJAS HERNÁNDEZ

La riada

23/jul/07 07:43
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SEGUNDA PARTE

6 de mayo, lunes

E l tractorista se escupió las manos, se las frotó vigorosamente y puso en marcha el motor de la Caterpillar; eran las ocho en punto de la mañana, hora a partir de la cual, según la normativa del ayuntamiento capitalino, los vecinos no podrían protestar por el ruido. Realmente, en la semana que había transcurrido desde el comienzo de la obra tampoco las quejas habían sido excesivas, pero más valía adaptarse a lo establecido en el permiso de la obra que no dar lugar a actitudes impositivas. Ya se lo había dicho Alfonso Fresneda, el dueño del solar y constructor del edificio de 30 viviendas y bajos comerciales que allí se iba a construir:

-No quiero tener follones con los vecinos -le dijo en presencia de su jefe una vez hubo contratado con éste el desmonte-. Tenga cuidado, sobre todo, al llegar a los linderos, no sea que se nos venga encima alguno de los edificios de al lado. Para hacer las dos plantas de garajes necesitamos desmontar seis metros, y ellos sólo tienen una. Eso quiere decir que alcanzaremos un nivel más bajo y no sé cómo hicieron la cimentación cuando los construyeron.

-Podemos hacer varias catas mientras profundizamos -respondió el tractorista-. Así sabremos, más o menos, con qué tipo de terreno nos vamos a encontrar.

-Ya usted sabe qué tipo es: una tosca no muy dura, como lo podrá comprobar viendo la trasera del solar, la que da al barranco. Lo que me preocupa es que podamos debilitar sus zapatas si apuramos mucho nuestra excavación. Prefiero, en la zona de terreno donde están asentadas, separarnos... yo creo que con un metro es suficiente, y apuntalar las paredes de sus garajes con unas buenas vigas de madera o hierro. Luego, cuando hagamos el muro de contención, ya tendremos tiempo de terminarlo en toda su longitud.

Ciertamente, la tosca era menos consistente que lo previsto, por lo que el ritmo del desmonte había sido espectacular. El arquitecto había ordenado hacerlo por partes, no la totalidad del solar de una sola vez, y en algunas de ellas se había alcanzado ya una cota de más de cuatro metros bajo el nivel de la calle; con un poco de buena voluntad por parte del tractorista y de los tres peones que le ayudaban en aquellas tareas iniciales, en dos o tres semanas más podría estar terminado el trabajo. Resultaba vital, por supuesto, para mantener el ritmo que no faltasen los camiones que se llevaban los escombros, pero ese asunto no sería ya imputable a su trabajo.

Desde la calle, con cara de satisfacción, Fresneda contempló las evoluciones del tractor y se felicitó por el tipo de terreno que había encontrado. Eso quería decir que sus beneficios serían mayores que los previstos, puesto que al calcular el precio de venta de las viviendas lo había hecho pensando en un terreno más rocoso. Además, adelantaría sustancialmente la fecha de terminación de la obra, lo cual, cuando tan generalizado estaba el incumplimiento, lo prestigiaría en la profesión y le permitiría continuar en ella, si es que al final, teniendo en cuenta el resultado económico que esperaba obtener con la operación inmobiliaria, no se decidía a abandonarla definitivamente.

Fresneda era un tipo bastante alto y de complexión robusta. Tenía 54 años y había llegado a la isla, desde su Cantabria natal, quince años antes. Su pelo negro, abundante, los ojos marrones de mirada decidida, la nariz recta y los labios finos, formaban un conjunto que indicaba un carácter resuelto. Se había separado de su mujer justo antes de venir a Tenerife, pero desde hacía unos cuatro años vivía con una guapa morena de ojos verdes, Rosalía Cardona. A pesar de su relativa juventud se sentía cansado de trabajar para los demás. Era aquella la primera obra de su propiedad que hacía, pues hasta entonces siempre había actuado como contratista. Su tesón, posiblemente la falta de una familia a la que poder atender debidamente, le había permitido volcarse en su trabajo y ahorrar lo suficiente para comprar aquel solar de mil metros cuadrados de superficie y acometer la promoción de las treinta viviendas previstas. Dado el sitio donde se encontraba, muy difícil sería que su venta no resultase provechosa para sus intereses.

Aquel día, primero de la semana, Fresneda se había levantado bastante optimista porque veía que el desmonte avanzaba sin problemas de ningún tipo. Había llegado a la obra muy temprano, antes que el personal que tenía contratado, y en aquel momento los observaba a todos con ojos críticos esperando que ninguno, en fase tan peligrosa en las obras como era el desmonte, cometiese alguna imprudencia que pudiese ocasionar retrasos. Por otro lado, la inmobiliaria a la que le encomendara la promoción de las viviendas le había comunicado que, a finales de la semana anterior, bastantes personas se habían interesado ya por su adquisición. Eso se debía, sin duda alguna, a su buena ubicación, al final de la calle Salamanca, con la fachada trasera dando al barranco de Santos, justo donde en un par de años estaba previsto construir el nuevo puente que lo cruzaría para enlazar aquella calle con la Luis de la Cruz. Además, según las últimas informaciones, también iban a reanudarse en poco tiempo las obras de la vía que, partiendo desde la avenida marítima, bordearía el cauce del barranco para llegar al barrio de La Salud. Dicha vía aligeraría sin duda alguna el asfixiante tráfico urbano y potenciaría sustancialmente una zona que, hasta aquellos momentos, había permanecido olvidada en los designios municipales. Por consiguiente, los locales comerciales que se iban a construir en la planta baja del edificio alcanzarían un precio de venta bastante elevado que compensaría sobradamente el esfuerzo económico que Fresneda había realizado al comprar el solar.

Tal y como había ocurrido los días anteriores la tosca cedió sin dificultad ante la continuada acometida de la pala mecánica. No obstante, para facilitar su tarea uno de los peones comenzó a utilizar un martillo neumático, abriendo pequeños agujeros que debilitaban el material y permitían su desintegración, lo cual resultaba mejor para la carga de los camiones. En vista de que los trabajos se estaban realizando sin dificultades, poco después de las nueve Fresneda dejó la obra y se dirigió a uno de los bares cercanos para desayunar. Le agradaba aquel rato de expansión porque en el bar se encontraba con personas a las que había conocido al comenzar la obra. Tras darse a conocer habían permitido que se integrara en una de las peñas que allí se constituían. Juntos, comentaban las últimas noticias de los periódicos, políticas y deportivas, o, como llevaban haciendo a lo largo de las pasadas semanas, analizaban las medidas que las instituciones estaban adoptando para paliar los devastadores efectos de la riada del treinta y uno de marzo. Precisamente el día ocho, o sea dos días después, estaba prevista la llegada a la isla de Su Majestad el Rey, que deseaba comprobar 'in situ' los mencionados efectos y conocer de primera mano las medidas que se habían adoptado.

Fue poco antes de las nueve y media cuando, a lo lejos, oyó un ligero ruido, como el que produce un elemento pesado al caer desde cierta altura. Nadie en el bar se inmutó, achacándolo a una de las habituales colisiones de vehículos en la cercana avenida General Mola, pero cuando varias personas pasaron a toda prisa por delante del local dirigiéndose hacia el final de la calle, donde estaba su solar, le preguntó a una de ellas qué pasaba:

-No sé... -le contestó el otro mientras señalaba hacia el fondo de la calle-. Creo que se ha caído la pala que está trabajando en aquella obra.

Aunque se hallaba a casi unos cien metros de ella, Fresneda tardó en recorrer la distancia muy pocos segundos. Se abrió paso a empujones entre la gente que ya se arremolinaba ante el solar y comprobó la certeza de lo que le habían dicho: aparentemente la pala mecánica, mientras realizaba su trabajo, había hundido la cuchara en el terreno para desmontarlo, a la espera de uno de los camiones que estaban retirando los escombros. Sin embargo, aquel había cedido propiciando que las orugas tractoras quedaran dentro de una oquedad oculta hasta entonces, dejando su parte posterior al aire. El palista había abandonado ya el vehículo, ileso, pero se encontraba sentado en el suelo rodeado de los peones aún con el estupor dibujado en su rostro.

-¿Qué pasó, Lucio? -le preguntó Fresneda nada más llegar a su lado-. ¿Se encuentra bien?

-Sí... sí... -respondió el tractorista mientras se pasaba la mano por la frente-; no me ha pasado nada. Ha sido el susto. Noté que el terreno cedía y pensé que la tierra me iba a tragar.

En aquel momento llegó hasta donde todos se encontraban una pareja de policías municipales, alertados por el bullicio formado. Fresneda se dio a conocer y les informó de lo que había sucedido. Uno de ellos se ocupó entonces de despejar la zona de curiosos. El otro, dirigiéndose al palista, le preguntó:

-¿Quiere que llame una ambulancia? Es posible que tenga alguna lesión interior...

-No... no hace falta; me encuentro bien.

Acompañado del policía, Fresneda se acercó al lugar donde el tractor permanecía empotrado en el terreno y ambos pudieron comprobar lo que su conductor había dicho. Aunque el orificio que la cuchara había producido estaba casi totalmente tapado por la excavadora, la luz que se filtraba por los laterales -además de una ligera claridad que parecía emanar del interior- permitía distinguir los contornos de una cueva de regular tamaño. Con una linterna que llevaba, el policía recorrió sus límites y dijo con acento dubitativo:

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