ESTOY SOBRESATURADO de todo lo que rodea a la política. Me da lo mismo que gobiernen unos u otros. La agresividad de las campañas electorales termina en abrazos y fotos de concordia, como si las palabras se las hubiera llevado el viento y los gestos se borraran al día siguiente. La agresividad se convierte en amabilidad, la enemistad se trueca en amistad. Lo que era irreconciliable, por arte de magia, se convierte en reconciliable. Un reflejo nauseabundo sale de lo más profundo de cualquier hijo de madre, un obligado pagador de impuestos o un simple hombre sin trabajo. Se demuestra que lo importante es el poder y lo que lleva consigo.
Da lo mismo la derecha que la izquierda. El mundo es una rueda que gira en un solo sentido, que evoluciona, según dicen, hacía un inevitable progreso, a un estado de bienestar. Ningún partido puede suprimir lo conseguido. Quizá, pueda producir sólo un retraso. No vivimos en una nación aislada, somos lo que las demás naciones nos dejan ser. Los Pirineos no separan nada. Aunque estemos desmenuzándonos en unidades cada vez más pequeñas, las autonomías, la Tierra no tiene fronteras ni para el terrorismo.
Por otra parte, paradojas de la evolución, nos advierten de que cabalgamos sobre los caballos del Apocalipsis. La Tierra se calcina bajo las pisadas del aumento inevitable de la población. El cielo se contamina, el hielo se derrite, el aire se hace irrespirable y las temperaturas se dislocan. Ni siquiera los grandotes dinosaurios aguantaron. Quizá, el hombre no sea la medida de todas las cosas. Y sólo estamos aquí preparando el camino para otros seres. San Juan tuvo una visión infernal, un abismo profundo. "Largo me lo fiáis", me preocupa más el abismo próximo.
Limitándome a lo que veo en estos momentos, observando a los que vienen, se quedan o se van del poder, analizando la patología del poder, me atrevo a dar un consejo, un consejo de médico y de hombre de años transcurridos. Y doy el consejo porque siempre me he acercado e intentado consolar más a los que dejan los cargos, que son los que necesitan ayuda, que a los que lo acaparan o los que pretenden el poder. Y como prevenir es mejor que curar, me gustaría que los que vienen y los que están aprendan de los se van.
He tenido amigos que han llegado al poder y conscientemente me he distanciado, aunque he seguido siendo amigo, amigo en la reserva, para cuando me necesiten. He conocido a algunos que suben como cohetes, he conocido a los que están en la cima y he conocido a los que descienden al abismo de olvido, como me dijo recientemente un descendido, los que sufren el mal de las ausencias.
El poder es más dañino por lo que le rodea que por el propio poder. El poder cambia a las personas, hace crecer la vanidad, estimula el egoísmo, acrecienta la soberbia y elimina el tiempo. El poder no cree en el almanaque. El poder no cree en lo efímero. El poder cree en lo eterno. Una equivocación que el tiempo arreglará. El que está en el poder necesita mucho sentido de la realidad y del tiempo para saber que todo pasa, que los halagos son falsos, que los saludos son ficticios, que las invitaciones son interesadas, que las sonrisas no son sinceras. El poder estimula la altanería, cambia la forma de ser, modifica el trato con los demás. El poder corrompe y lleva aparejada la ambición. El poder no da inteligencia, ni sentido del humor ni sentido de la amistad.
El que tiene poder no supera en inteligencia a los demás. Y, aunque sus chistes sean acompañados de sonoras carcajadas, tienen tan poca gracia como antes o después de tener el poder. El que tiene el poder no tiene término medio en sus relaciones con los demás. O ve adhesiones o ve rechazos. Regala el abrazo a los que lo embadurnan con "rendibúes" o le vuelve la cara a los que no están de su parte. Cambia los amigos de siempre por los que vienen derretidos a ponerse a sus pies. El poder no fabrica amigos, construye buscadores de favores. Alrededor del poder sólo crecen los parásitos, las sanguijuelas del beneficio.
Mucha entereza debe tener el que alcanza el poder, debe ser un sabio en las cosas de la vida. Conocer al amigo, distinguir al aprovechado, resistir al regalo, inmunizarse contra la vanidad. Tener sentido de la caducidad de los cargos, tener en la mente lo que le sucederá cuando deje el mando. Entonces, verá que las caras se le vuelven, las sonrisas desaparecen, los halagos cambian de domicilio, los regalos cambian de dirección.
El poder invita a la mente a transitar por los caminos de la estupidez. Por las vías de la afectación contrae los músculos de la espalda, eleva los talones y levanta la cabeza por encima de los simples mortales. El poder indigesta al cuerpo. Conocí a un alcalde que iba a todas las comidas oficiales, donde comía y bebía hasta la saciedad, y que, cuando llegaba a su casa, dormía una larga siesta. Gordo, colorado, chorreando grasa por todas partes, fue víctima de un "paralís" que se lo llevó a la muerte. Al entierro sólo fueron los familiares y muy pocos amigos. Desde entonces, cuando veo a los encumbrados metabólicos, recuerdo a aquel hombre víctima del poder y de sus circunstancias gastronómicas.
La patología del poder tiene otra enfermedad más grave, el síndrome del postpoder. El que afecta al que se va del poder. Es un trastorno de tipo psíquico, rozando la depresión, que lo deja envuelto en el desengaño y escalofriado por el desagradecimiento y el distanciamiento, en un estado de apatía total, en el rincón más triste de su casa, pensando en lo que debió hacer y no hizo. Acostumbrado a ser el centro de muchos y de muchas cosas, se ve solo, sin que nadie lo adule, nadie lo llame, nadie le haga un regalo o le done una sonrisa. Y sin alabanzas ni méritos superpuestos, su frágil estado de ánimo se viene a bajo. Y, como no sabe de otras compensaciones, como su vida interior se ahogó en ocupaciones y exhibiciones externas, no soporta la soledad del sí mismo. Escribo sólo a modo de receta.
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