PARA PODER concebir claramente y de una forma objetiva la situación socio-política que está viviendo actualmente el Estado español, debemos realizar un análisis histórico de la concepción y posterior formación de ese Estado, desde una óptica libre de impuestas dioptrías.
Desde los tiempos de los íberos, pasando por los celtas, fenicios, romanos y musulmanes hasta la anexión de los reinos de Castilla y Aragón por los Reyes Católicos (donde comenzaran las cruentas conquistas para someter a pueblos que nada tenían que ver con los que venían de ultramar), surgió España, un crisol mayor aún de culturas y razas. Pasaron los siglos y la mayoría de los pueblos que antaño fueron conquistados reivindicaron y lucharon por la libertad que les fue arrebatada y el Gran Imperio del Sol fue tornando poco a poco hacia el ocaso, hasta mantener apenas unas cuantas de las colonias de ultramar, como así denominaban a Canarias hasta el siglo XVIII.
Mientras que las relaciones de imperios como Inglaterra con sus antiguas colonias desembocan en la creación de acuerdos y tratados comerciales, la Commonwealth (para un bien común entre la metrópoli y éstas) -es interesante resaltar que los países que la componen tienen un alto nivel de desarrollo y muchos de ellos se encuentran entre las grandes potencias mundiales-, no se puede decir lo mismo de las antiguas colonias españolas-.
Las conclusiones que obtenemos del mismo nos llevan a pensar que España no supo ni ha sabido crear una nación donde todos sus integrantes se sintiesen identificados bajo el techo de una patria. Su ejemplo más claro está actualmente en las comunidades autónomas que forman el Estado español. Un Estado donde se hablan diversas lenguas (castellano, euskera, bable) y numerosos dialectos (catalán, gallego, mallorquín, valenciano) y en el que coexisten multitud de culturas, que poco tienen que ver unas con otras, fruto del germen que legaron, y que aún perdura, sus primitivos pobladores. Por esto no es de extrañar que hoy día se hable con bastante asiduidad de autodeterminación en gran parte de la geografía que compone el Estado español. Esa nación, España, como tal, sólo existe en el imaginario de la actual Constitución española, pues el sentir de una gran parte de esos pueblos que la integran nada tiene que ver con esa concepción de nación.
Hablar de autodeterminación no tiene porqué asustar, pues es un derecho inalienable a todos los pueblos del mundo, como así lo recoge la Carta de Naciones Unidas, ratificada entre otros países por España. En todo Estado democrático, donde su principal sostén reside precisamente en la soberanía popular, ¿qué hay de malo en dejar que un pueblo decida libremente y sin prebendas su futuro, la forma en la que quiere gobernarse: empleándose las fórmulas que cada uno estime oportunas, como pueden ser soberanía compartida, Estado libre asociado u otras formas de autogobierno, o si, por el contrario, prefiere seguir como hasta ahora, formando parte de España?
Una soberanía compartida, un Estado libre asociado o incluso la condición de nación no significan romper relaciones con el Estado español, con Europa y con el resto del mundo, como muchos así pretenden hacernos creer, pues ni el país más poderoso es autosuficiente, pero sí determina sus propias decisiones y negocia con el resto de países la manera más ventajosa para sus intereses, ya sean económicos, políticos, culturales, sociales, etc.
Si verdaderamente la realidad político-social tiende a la unidad del Estado y de una única nación española, no tiene sentido seguir poniendo objeción por parte de éste a que cada pueblo manifieste en referéndum su determinación como tal. Una negativa rotunda a la celebración del mismo por parte estatal es una clara manifestación de la falta de unidad nacional deseada; entonces ¿qué fin tiene seguir manteniendo por más tiempo una situación que a las claras no lleva a ningún sitio?¿Por qué no dejar que se establezca cada pueblo como más desee y desde el respeto a su decisión llevar unas relaciones cordiales y fluidas, de tú a tú, donde ninguno le imponga al otro qué hacer?
Canarias ya ha alcanzado la mayoría de edad y está preparada para afrontar por sí misma cualquiera de las fórmulas de autogobierno antes mencionadas. Necesitamos avanzar y abandonar posturas dependientes de ayudas y subvenciones exteriores y explotar el potencial que atrae nuestro Archipiélago dejando de lado "monocultivos" y optando por otras variables que nos permitan sacar réditos al ingente capital que se mueve en las islas y que se va fuera en manos de grandes multinacionales. Es momento de ir articulando los instrumentos gubernamentales necesarios para favorecer la libre expresión y determinación de lo que cada pueblo anhela para sí.
*Secretario Nacional de Juventud del Partido Nacionalista Canario
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