EL TERRORISMO condiciona la vida de millones de personas en todo el mundo pero no consigue cambiar las formas de vida en cada uno de los países. Este sábado amanecimos con una espada de Damocles sobre nuestras cabezas occidentales porque era siete del siete del dosmilsiete. Tengo cierta prevención a escribirlo, no sea que se cumplan los peores presagios como en Marruecos donde se elevó al máximo el nivel de alerta.
En Irak se produjeron los atentados tristemente habituales y en la Mezquita Roja de Islamabad más de veinte personan habían muerto por el empecinamiento de un clérigo islamista. Especial gravedad tuvieron en el sur de Irak, en Basora, los ataques contra tropas británicas. Londres centra la atención internacional por la amenaza terrorista al cumplirse dos años de los atentados del 7-J de 2005 donde fueron asesinadas 52 personas por cuatro terroristas suicidas de origen pakistaní. Los expertos no descartaban que el riesgo real podría estar en otro lugar del mundo occidental después de haber desactivado en la capital británica dos coches-bomba y el atentado en el aeropuerto de Glasgow. La vida continúa en Londres con el torneo de Wimbledon, el comienzo del Tour, la Fórmula 1 en Silverstone y el concierto Live Earth contra el cambio climático.
Todos estos eventos siguieron su curso entre extraordinarias medidas de seguridad que condicionan, pero no impiden, su celebración. Es el desafío terrorista que debemos afrontar para defender, una vez más, nuestra forma de vida democrática y en libertad. Pero hay que buscar el origen de esta lacra islamista que tiene un alto nivel intelectual. Dos de los terroristas detenidos en el Reino Unido son médicos. El número dos de Al Qaeda, Al Zawahiri, también es un médico egipcio. Mohamed Atta, responsable de los atentados del 11-S, era ingeniero. En Marruecos, Houssaini, el químico, estudió en la Universidad de Valencia. Son algunos casos que nos indican el carácter intelectual y fanático de la amenaza terrorista que interpreta el Islam a su conveniencia para intentar conseguir el poder en países como Arabia Saudí, Egipto, Marruecos o donde puedan. Un mejor reparto de la riqueza sería un elemento importante para restar argumentos al terrorismo islamista pero no el principal que es dogmático, lava cerebros bien instruidos y los convierte en suicidas.
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