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ESTAMPAS TINERFEÑAS

Arte isleño. Los precursores (2)

8/jul/07 01:23
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Leoncio Rodríguez

Herido acaso de desengaños, con prematuras tristezas en el alma, estas nieblas de su espíritu parecen reflejarse en la tonalidad gris de sus primeros cuadros. Paisajes de cielos oscuros, de horizontes neblinosos y melancólico ambiente. Una choza ennegrecida y chata, un hato de ovejas con los vellones teñidos de barro, un pastor arropado en su manta, y por todo ornato vegetal unos castaños solitarios, unas matas de retamas deshilachadas, con tenues puntos amarillos, y un pequeño sembrado de coles sobre la tierra colorada y esponjosa. O un paredón en ruinas, con los cimientos socavados por las aguas que se vierten sobre un lecho de musgo. Paisajes de luz opaca, de atardeceres tristes, de la Vega envuelta en lutos de invierno, sin más ecos que la canción desacorde de las ranas en los cañaverales sombríos. Y, sin embargo, en estos primeros óleos de Valentín Sanz palpita toda el alma de la tierra. Aquellos son, en efecto, nuestros paisajes, sin mixtificaciones ni pompas extrañas. Estos paisajes, desconcertantes para las miradas extrañas, vistos de tan especiales maneras por cuantos escritores y artistas, ajenos al país, han pretendido dibujarlos. Impresiones distintas, pinceladas fugaces, que a veces resultan pintorescas. Así, por ejemplo, para el ilustre autor de "La Barraca", el paisaje es una costa festoneada por una áspera flora de chumberas y pitas, guardando tras las volcánicas montañas del litoral el secreto de ocultos valles tropicales; para Rusiñol, un montón de casas que parece que bajan de la montaña y se paran al pie del mar, y entre plataneras, ventanas pintadas de tono de sol: verde, azul claro, azul marino, rosa de piel de grana; para Claude Farrère, una yuxtaposición de colores rojos, blancos, verdes y sobre todo amarillos; miradores, celosías y grandes ojos atrincherados en todos los rincones; para Unamuno, una bruma de ensueño, de soñarrera más bien, un silencio y una soledad que se meten hasta el tuétano del alma, una torre oscura, tronchada; para Salaverría, panorama riente, fiesta de color; para Leclercq, montañas de belleza clásica, tintes aterciopelados, un encanto que no se puede definir; para Sagarra, fertilidad africana, insospechado exotismo, playas de azabache, y una ampolla monstruosa y volcánica, el Teide...

Para Valentín Sanz el paisaje era la emoción, el sentimiento y el detalle: una choza, una fuente, una cumbre, una ermita, un charco... La expresión plástica de aquellas estrofas de Estévanez, traducidas en colores y armonía:

Un barranco profundo y pedregoso,

una senda torcida entre zarzales,

un valle pintoresco y silencioso...

Un gallardo mancebo en la montaña

que las cabras monteses perseguía,

en la cima del monte una cabaña,

y un torrente que al valle descendía...

Y fue, después, superación, equilibrio, justeza de colorido y perfección técnica al retorno del pintor de su largo peregrinaje artístico por España, Italia y América, con su fama ya sólidamente cimentada. El que había sido discípulo predilecto de Carlos de Haes, depurador y perfeccionador de su estilo, al reintegrarse al solar nativo recluyéndose en un bello rincón -"Las Gavias", de La Laguna- muestra un sentido más cordial, una visión menos sombría de la naturaleza, y pinta aquel magnífico cuadro, "El barranco de la carnicería", y otros no menos notables de la colección de nuestro Museo. Se advierte en ellos la nueva modalidad del artista y el tono más suave, menos agrio, que pone en el colorido y en la manera de sentir y expresar el ambiente. Ya no son aquellos nubarrones oscuros, aquellos cielos encapotados y tristes, aquella sensación de "chipe-chipe" lagunero, abrumadora, amargadora, de los anteriores óleos. Ahora los horizontes tienen tonalidades más claras, las aguas brillos y transparencias de lagos, los valles y montañas, perspectivas más luminosas. Ya la Vega no es una llanura en sombras; ahora es una cinta azul-violeta en la lejanía. Ya no lagrimean las copas de los árboles sobre la tierra empapada de agua; ahora son ramas que se entrelazan y desprenden del lienzo; gajos de viejas higueras azotadas por el viento; brazos erguidos, desnudos de todo ropaje que en la primavera volverán a vestirse de hojas, a llenarse de frutos y de nidos. Sobriedad de líneas, armonía de detalles, riqueza de matices, expresión viva y palpitante del paisaje canario. El verdadero, el auténtico paisaje canario, que sólo la gran sensibilidad de Valentín Sanz supo expresar hasta entonces.

Fueron éstos, también, los últimos recuerdos del artista; su ofrenda de despedida a la tierra. El destino le llevó otra vez a correr aventuras, a entregarse en brazos del azar, buscando siempre emociones y horizontes nuevos; pero la suerte, en esta ocasión, lñe hubo de ser adversa. Trabajó y luchó con renovado empeño; obtuvo una plaza de profesor en la Academia de Bellas Artes de La Habana, y cuando le sonreía la ilusión de una vejez tranquila, sin agobios en el remanso de su hogar, al hacer una gira por las costas de Norteamérica para tomar apuntes en los lagos State Island, contrajo una afección palúdica que le ocasionó la muerte en la plenitud de sus facultades, a los 52 años de edad.

Las aguas azules y tranquilas, que habían sido fuente de inspiración del pintor, fueron también el sudario de nuestro gran artista, el genial intérprete del paisaje canario.

Pero ya había satisfecho su mayor afán: ya había encontrado la musa rubia, de ojos azules, en una bella antillana, Lola Muñoz, su amante compañera, la mujer soñada por aquel mozo de mirada triste y natural huraño, que temía acercarse a la casita blanca de la campiña tinerfeña...

* * *

González Méndez... Le conocimos en su esudio del antiguo Camino de los Coches. El artista, blandiendo en sus manos un martillo y un escoplo, daba los últimos retoques a una talla en madera. Unos relieves, estilo Renacimiento, en gruesos tablones de tea resinosa y llena de nudos, en los que invirtió sus ocios durante dos años. En aquella labor ayudábanle a ratos los inteligentes obreros, Manuel Espinosa y Francisco Quintero, sus discípulos en esta clase de trabajos, por los que demostraba especial afición.

La estancia era amplia, de grandes ventanales y elevado techo. Todo en ella denotaba el refinado gusto del artista. Magníficos tapices, trofeos, panoplias y armaduras. Antiguos bargueños, caballetes y profusión de cuadros en las paredes. En una pequeña mesa, que lucía en su centro un coco tallado, se amontonaban numerosas revistas francesas. En una de ellas, "La Revue du Bien dans la Vie et dans l'Art", aparecía un retrato del pintor y en otras páginas un amplio juicio crítico de sus obras. Lo firmaban dos conocidos literatos franceses, los hermanos Paul y Georges Romilly. Al comienzo del escrito decían: "El proverbio de que nadie es profeta en su tierra no tiene valor en España. Las Islas Canarias se enorgullecen hoy de tres de sus hijos, igualmente y diversamente célebres: un político, León y Castillo; un novelista, Pérez Galdós, y un gran pintor, González Méndez".

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