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Por amor al Teide, por amor a Tenerife

8/jul/07 01:23
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EL TEIDE, volcán eterno donde los haya, divina presencia de altura desmesurada, altar sublime de lava petrificada por los siglos del tiempo, por donde corre el agua de la nieve de invierno que, fundida en primavera, se filtra por entre las grietas de la madre tierra para fecundarla y hacerla reventar en mil colores distintos, como un ritual sagrado que se repite cada año bajo la atenta mirada de su amo y señor, el Teide. Allí despiertan a la vida el tajinaste, la violeta, la retama, los codesos, sin saber por un instante que han nacido en medio de un paisaje único, de una isla mágica, de un archipiélago extraordinario; y allá, en la frontera de su territorio, los bellos pinos canarios elevaban sus altas copas felices para alcanzar a verlo. A su vez, el pinzón de color azul intenso y el pico picapinos revoloteaban de un lado al otro, curiosos al ver que la suave brisa susurraba algo al rocío de la mañana. Los duendes del bosque se apresuraban a recoger las hojas más lindas y las flores más hermosas de rincones secretos, que solo ellos conocían y, formando un tapiz maravilloso, lo extendieron hasta el mismo Valle de Ucanca en homenaje de su Gigante Blanco. El cielo le regaló su luz de azul atlántico, que guardaba desde el principio de los tiempos para tan solemne ocación. Aquello llegaba al alma. Un poco más abajo, los brezos las fayas y los aceviños comentaban entre ellos, alegres, la noticia, ¡el Teide ha triunfado!, ¡nuestra montaña blanca ha sido elegida!, gritaban entusiasmados. Con tanto revuelo, la laurisilva que dormía apacible en medio de la bruma interrumpió por un instante su sueño de la Era Terciaria y preguntó intrigada a los barbuzanos, tilos y laureles qué ocurría; los helechos se adelantaron apresurados y le respondieron con una pregunta: ¿es que no te has enterado todavía?; sin dejarlos terminar de expresarse en el idioma del reino vegetal, una paloma turqué, que desde lo alto de un viñátigo cuidaba su plumaje delicado, añadió apresurada: "¡Pues claro que lo sabemos!", y cucando con el extremo de su ala a la paloma rabiche que estaba a su lado, las dos al unísono dijeron: ¡Viva nuestro volcán! ¡Viva!, respondieron ladera abajo acebuches, palmeras, sabinas, cinerarias, guaidiles, españeros, peralillos, cardones y tabaibas, con un grito que sólo ellos oían, pero que pronto recorrió la isla de Norte a Sur y de Oeste a Este.

En esto, la suave lluvia que intermitente empezaba a caer lloraba de emoción; mientras, el Sol empezaba a filtrarse por todo el monte, entregando a cada gota de agua un arco iris de hermosos colores en forma de ofrenda. De pronto, como salidas de la nada, aparecieron las mariposas Vanessa Vulcania danzando con el aire, que las miraba de reojo mientras silbaba lo acontecido a la curruca, el mirlo, el capirote y el lagarto tizón, que, distraído, observaba el verde frondoso de la arboleda. Desde su vergel florido, el Drago Milenario saludaba a su viejo amigo el Teide agitando sus ramas más altas, como muestra de su inmensa alegría y, rindiéndole honores, le ofreció el canto de los canarios, que ansiosos afinaban sus gargantas, posados en los brazos de su entrañable eminencia y, acompañados por la noble melodía de un timple, cantaron isas, folías y malagueñas, haciendo estremecer el Alma Guanche.

Al Sur de la isla, y vestida con el manto más precioso y celestial que imaginarse pueda, la Virgen de Candelaria premiaba al Teide con la más bella de sus sonrisas. Sobre el mar, gaviotas y pardelas volaban y relataban al mismo tiempo la noticia a las ballenas calderón y a los delfines, que saltaban en el aire haciendo piruetas en forma de corazón. Era su detalle para el rey de la isla. Luego, sumergiéndose en el océano, relataban a meros, samas, viejas y abades lo que ya todos sabían. Desde la cumbre hasta el mar, la flora, la fauna y todo tu pueblo te felicitan, Teide. Gracias, Naturaleza. Gracias, Tenerife. Gracias, Unesco, por ser como son.

Dedicado al Teide, mi tierra, mi pueblo, a don José Rodríguez Ramírez y todo su equipo de EL DÍA .

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